Marshal Law: Danza en la tumba de Superman

¿Por qué el grim & gritty británico es mejor? Este interrogante seguramente lo tiene más claro el dibujante Quique Alcatena, pero no hay duda alguna que el género satírico contra los superhéroes llegó a su pináculo con Pat Mills y Kevin O’Neill. Aunque habría que aclarar que no fue en las páginas de una editorial británica, sino que en el mismísimo epicentro de estos semidioses modernos, durante la era de Epic Comics y bajo el amparo del recordado Archie Goodwin, los veteranos autores de 2000 A. D. presentaban al cazador de héroes Marshal Law.

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Tal es la importancia de esta obra que incluso Grant Morrison y Alan Moore están de acuerdo en algo: si en 1986 los arquetipos heroicos del sueño americano murieron con Watchmen, la obra de Mills y O’Neill terminó por sepultarlos y convertirlos en meras copias de la idiosincrasia corporativa de la era. Tal es la crueldad realista de este personaje que incluso el propio Oliver North, el condecorado héroe de Vietnam y posteriormente sentenciado por venta ilegal de armas en el pacto Irán-Contra, podría formar parte del panteón de superhéroes de San Futuro.

Durante la primera miniserie, Marshal es un cazador de héroes, aunque nunca se encontró con ninguno de ellos, como a él le gusta decir. Está en constante lucha entre los designios del gobierno y los secretos ocultos de una comunidad que pinta ser color de rosa mientras la humanidad vive bajo los escombros de ideales hipócritas.

 

 

Junto al guion ácido y crudo de Pat Mills se encuentra el arte escatológico y vociferante de Kevin O’Neill. El mismo desenvuelve la mejor línea británica de realismo brutal y duro que lleva al lector a estar enredado en páginas llenas de violencia y sátira que no escatiman en ningún sentido.

Mientras el mundo editorial lanzaba alabanzas a Watchmen y Dark Knight Returns, en Epic tiraban todo por la borda y creaban ensayos más cruentos de lo que significa ser un encapuchado en un mundo confeccionado por Ronald Reagan o Margaret Thatcher. Incluso el pasado del protagonista tiene un hilo unificado a la obra de Moore, si el Doctor Manhattan junto al Comedian eran la fuerzas de ataque contra el Vietcong, los superhéroes de Marshal Law habían tenido su propia guerra contra las fuerzas subversivas de izquierda, llamada “The Zone” en donde cada héroe se había embarcado en una guerra a lo largo de Latinoamérica.

Sin estar completamente felices con esta denuncia propagandista del “plan cóndor”, Mills y O’Neill desarrollan en la primera serie un segmento de cartas especiales. Algunas mostraban rasgos virtuosos de los héroes y en la otra página mostraba las secuelas y crímenes de guerras de estos mismos.

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Sin lugar a dudas, el lector que se aproxime a esta obra podrá ver atisbos de crítica política, social y un halo de sexualidad reprimida que los autores logran vislumbrar en toda la mercancía superheroica. Como un deseo reprimido que se mantiene en alto y latente del cual ninguna editorial puede escapar.

Los ochenta fueron una época de creativa esplendorosa, pero también fue el umbral para terminar de liquidar un negocio perpetuo y encadenado a un solo género. A partir de ahí, la historieta más comercial tendría muchas oportunidades de escapar de los engranajes industriales construidos en los ‘30. Lamentablemente la maquinaria siempre se adapta pero durante un tiempo parecía cambiar todo.

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