El legado de Ronin

Ni su guion ni su arte son el factor más importante que ha dejado esta obra, que resultó haber estado años luz adelantada a su tiempo. Como suele suceder, la data más jugosa e importante para la industria de los comics, se encuentra en el detrás de escena del proyecto. ¿Por qué Frank Miller decidió cruzar la calle para comenzar a trabajar para la competencia si tenía todas las de ganar en Marvel luego de su éxito en Daredevil? ¿Qué incluía la oferta de Jenette Kahn y por qué fue tan importante para el futuro de las historietas? ¿Cómo recibió el público y la crítica a la obra?

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Corría el año 1982, en las oficinas de Marvel Frank Miller concluía su enorme etapa en Daredevil junto a Klaus Janson y barajaba las posibilidades que tenía como uno de los artistas más hot del momento. Mientras tanto, DC Comics se recuperaba y afianzaba nuevamente en el mercado luego de su implosión a finales de la década de los setenta. Jenette Kahn, Paul Levitz y Dick Giordano fueron responsables de esta revitalización de las publicaciones y de sus personajes gracias a distintas estrategias editoriales y de venta. Los ejecutivos de la Distinguida Competencia no tardarían en coquetear con los talentos más codiciados de la industria, entre ellos el propio Miller.

La propia Jenette cuenta en el prólogo de Ronin sobre sus charlas con Frank. La Presidente y Publisher de DC en ese entonces, confiesa que le ofreció al autor total y completa libertad para publicar la historia que quiera y de la manera que mejor le pareciera. Miller, quien luego de su experiencia en Marvel había comprendido varias cuestiones sobre la manufactura de las historietas y la dureza de los mandatos editoriales, le pide a la ejecutiva 5 condiciones:

. Ser reconocido como autor y creador de la obra así como la retención de sus derechos de copyright.
. Ningún anuncio en sus páginas.
. La posibilidad de trabajar a color directo sin los procesos de coloreado mecánico.
. Papel de alta calidad que más tarde sería conocido como Baxter Comics.
. Que las historietas tengan lomo en vez de estar sujetados por grapas.

 

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En la década de los ochenta estas condiciones parecían ser el Paraíso para cualquier guionista o dibujante en la industria y algo completamente desquiciado para quienes ocupaban cargos ejecutivos. La posibilidad de no sólo crear la idea y materializarla a través de dibujos sino también formar parte de la elaboración del producto mismo que serviría como medio para llegar a la audiencia era algo impensado. Algo similar se había puesto en marcha con Camelot 3000 de Mike Barr y Brian Bolland, pero esta maxiserie de 12 números tardaría más tiempo en completarse y estaría atada a procesos de trabajo más rudimentarios. A fin de cuentas, el trato fue fructífero y Miller obtuvo aprobación de casi todas sus condiciones. Lo único que quedó en el tintero fue el lomo de la revista, lo cual debía ser denegado porque incrementaría el precio de la publicación.

Hace algunos años Jerry Siegel y Joe Shuster habían logrado establecer una suerte de retribución económica con DC por la creación de Superman. Los setentas y ochentas fueron épocas beligerantes para con los derechos de los autores. Artistas como Neal Adams e incluso la propia Jenette Kahn, impulsaron la lucha y lograron establecer nuevas políticas de contrato para el trabajo freelance. Miller, muy alineado con esta ideología al ser una suerte de pupilo de Adams, logra hacer que Ronin se convierta en la primera obra dentro del mainstream cuyo autor sea el único propietario de sus derechos de publicación. Algo que en la década de los noventa será retomado por otros jóvenes autores que fundarán su propia editorial, Image Comics. Y es justamente en esta empresa que hoy en día existe la posibilidad de negociar el formato, estética, publicación, temática y derechos de una obra para los autores.

El ejemplo de Image suena casi de manera automática, con ejemplos de publicaciones recientes como All My Heroes Are Junkies, de Ed Brubaker y Sean Phillips; A.D. After Death, de Scott Snyder y Jeff Lemir; The New World, de Ales Kot y Tradd Moore, y aún más ejemplos. Todas las obras mencionadas tienen una estética bien definida y diferente entre sí, tocan temas distintos, tuvieron y tienen un cronograma de salida particular dependiendo de las fechas de sus autores, y cuentan con formatos de publicación muy distintos entre sí. Incluso Miller fue pionero en la participación de autores en el marketing y publicidad de sus comics, elaborando frases e ideas para los anuncios que saldrían en las revistas, algo que hoy en día ya forma parte de la identidad de una serie.

 

El apartado artístico también significó un hecho importante para el mainstream ya que significó una suerte de nexo con otros mercados y estéticas. La influencia más clara y distintiva es la obra de Kazuo Koike y Goseki Kojima, Lone Wolf and Cub. La obsesión de Miller por este manga puede rastrearse desde su etapa en Daredevil, investigando sobre mitología japonesa, artes marciales y ninjas. También aprovecha y vierte algo de la narrativa de Kojima en las páginas del Hombre Sin Miedo, pero en Ronin está más conectado con la estética de la época feudal japonesa, su armamento, vestimentas y personajes, e incluso con la narrativa de las peleas, casi gritando a través de las páginas el origen de sus influencias.

La otra pata artística que sostiene a la obra es el comic europeo, más en específico Mœbius. En 1977 la Heavy Metal, el hijo americano de la Métal Hurlant, ya se publicaba en Estados Unidos y en cada número traía páginas del maestro francés conocido también como Jean Giraud. La tecnología, la anatomía, los colores, las técnicas de sombreado, la narrativa y gran parte de la temática de la historia está conectada intrínsecamente con el comic europeo de la época. La publicación de esta fusión significaba abrir las puertas de otros mercados a los lectores del mainstream, descubrir otras sensibilidades y estéticas, algo muy arriesgado para el autor ya que significaba, de cierta manera, traicionar a su audiencia al cambiar radicalmente su estilo.

 

 

El resultado final de la obra es un híbrido entre comic americano, europeo y japonés, algo que le jugó muy en contra a Miller tanto en la crítica como en las ventas. Ronin no pudo conquistar a sus lectores durante la época en que salió, a pesar de contar con una producción, estética y público objetivo alineado con el mercado directo, el cual sería el futuro de la industria. La crítica tampoco ayudó, la mítica reseña de Kim Thompson en The Comics Journal puede parecer hoy algo desfasada, pero gran parte de sus observaciones no dejan de tener algo de verdad aún hoy en día. Luego de este fracaso, el historietista trataría de trasladar las mismas lógicas de producción pero para un personaje de la compañía, creando así un hito para la historia del personaje. Y consiguiendo, al fin, el preciado lomo para su historieta.

Al fin y al cabo Ronin fue un capricho de Miller, pero significó grandes pasos en los caminos correctos. Tanto desde la producción como en el involucramiento de los artistas en la venta de sus productos. Sin esta obra la figura y poder de cualquier autor podría no ser lo que es hoy en día en el mundo de los comics.

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