Crimen y castigo: La moraleja de Osamu Tezuka

En los comienzos de la carrera del Manga no Kamisama gran parte de su producción se basaba en la adaptación a historietas de clásicos de la literatura occidental. Así es como nace su primer hit, La Nueva Isla del Tesoro, en 1947 y pone las bases de lo que sería una extensísima y variada carrera para el número uno de la historieta en Japón. Su carrera continuó adaptando más y más clásicos hasta llegar a Crimen y Castigo, de Fiodor Dostoyevski, la cual no cuenta con la popularidad que sí tienen el resto de sus historias.

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Crimen y Castigo narra cómo el estudiante Raskolnikov, apesado por la miseria de una Rusia en vísperas de la revolución bolchevique, decide cometer un homicidio para poder obtener el dinero necesario para continuar con sus estudios. Este suceso desencadenará una serie de eventos que mezclarán a distintos personajes de las clases sociales y la burocracia rusa del siglo XIX para desembocar en un terrible conflicto que sacudirá enteramente a la ciudad de San Petesburgo.

Este relato mucho más inocente que el de la historia original, la cual se diferencia por casi un siglo de la publicación de la historieta en cuestión, va muy en sintonía con la obra y el aspiracional de Tezuka en esa época. Más ligado al estilo y narrativa del Disney de ese tiempo, el mangaka pretende suavizar un poco el transcurso del relato con su línea y agregar varios toques cómicos. Pero, lo que el autor no enmascara es la lección y moraleja final de la obra original. Los límites de la moralidad, el existencialismo, los contratos sociales, la miseria de una Rusia previa a la revolución, y cómo el ser humano es artífice de sus propios sufrimientos. Si bien la violencia no es explícita ni ocupa gran parte del relato, los temas mencionados sí mantienen su presencia casi de una manera absoluta y se respeta el peso de la obra original.

Para la época en la que salió esta obra, el autor ya era todo un maestro de su estilo caricaturesco y comenzaba a virar su carrera hacia el mundo de la animación. Sin embargo, esto no le prohíbe al dibujante desarrollar puestas en páginas únicas e intraducibles a otros formatos, como lo son la secuencia de la escalera en la casa de Raskolnikov o cuando éste elabora recuerda los maltratos de su víctima. Incluso aplica recursos muy disímiles como lo es la inclusión de siluetas para simplificar la elaboración de teorías y la utilización de páginas de diario como herramienta narrativa. Y sin olvidarse de la habilidad del maestro para elaborar páginas enteras con escenarios llenos de personajes realizando acciones diferentes y contando pequeñas historias dentro de la enorme San Petesburgo.

Cabe destacar también cómo Tezuka acerca esta clase de obra al público infantil de Japón. Además del arte previamente mencionado, otro de los puntos importantes es la permanencia de los nombres originales en los personajes, con la complejidad del idioma ruso. Incluso hoy en día es muy difícil de ver nombres originales sin traducir en obras populares. Por otro lado, el rigor histórico con vestimentas, arquitecturas, armamento y estética del siglo 18, época en la que fue publicado y transcurre el relato original. Obviamente todo esto está atravesado por el estilo Disney del autor en ese momento, pero merece un reconocimiento especial el haberse empapado al investigar estos minuciosos detalles a la hora de llevar a cabo la obra. Lo único que traduce el autor es la moneda, ya que en su historieta se utiliza el yen en vez del rublo como índice de riqueza monetaria. La teoría aquí es que Tezuka cambió la moneda de la historia para enfatizar las diferencias entre pobres y ricos manteniendo así una importante parte de la trama para el público más joven y evitarle las confusiones con otro sistema monetario.

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Últimamente las obras de Tezuka que más han gozado de notoriedad son las de su época en las que experimentaba con el gekiga y temas adultos, gracias a la labor de editoriales como Astiberri y ECC. Desgraciadamente se ha olvidado un poco el longevo trabajo de adaptaciones que ha realizado el autor, con algunas excepciones de parte de otras editoriales españolas. Crimen y Castigo cuenta con una edición de Otakuland, editorial hoy extinta, que incluye Lemon Kid, una historieta de vaqueros muy interesante de analizar para ver la interpretación de un artista japonés sobre un emblemático período de la historia estadounidense.

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