Venga, saca las joyas: La empatía de Yoshihiro Tatsumi

Así como toda acción tiene una reacción como consecuencia directa, el manga en la década del ’50 más infantil, aventurero y comandado por Osamu Tezuka tuvo su contraparte con la aparición de Yoshihiro Tatsumi. Este último concentró su obra en retratar los oscuros rincones del Japón de posguerra, llenando sus páginas con historias de tragedia, odio, tristeza, vergüenza y la bajeza más extrema de los humanos. El autor comprendió a estos miserables y fue eco de su voz, la de aquellos desafortunados y echados a un lado por los designios de la vida.

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En la primera mitad de la década del 2000, la editorial española Ponent Mon desembarcaba al mundo con la idea de publicar el material conocido como Nouvelle Manga. Tanto la editorial como el término, acuñado por el mangaka francés Frédéric Boilet, se propone unir la estética, los conceptos y la narrativa de la historieta europea con la japonesa. Es así como la editorial propuso, a través de la publicación de autores como Jiro Taniguchi, Kiriko Nananan y Kan Takahama, fusionar estos dos mundos que a simple vista parecían muy distantes.

Dentro de su aspiración por publicar autores japoneses alternativos, surgieron dos tomos con historias cortas del mismísimo Yoshihiro Tatsumi, La Gran Revelación y, la obra en cuestión, Venga, saca las joyas. Ambos tomos cuentan historias cortas sobre la vida de los parias del Japón que pululaban en las calles entre las décadas del ’50 y el ’70, época de producción con mayor notoriedad para el artista. Este período sería clave para el artista, ya que en un medio sin géneros ni distinciones, Tatsumi logró diferenciarse lo suficiente a través de estas trágicas historias que fue uno de los impulsores, sino el más grande, de una suerte de género distinto conocido como gekiga.

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Cinco historias componen al tomo, Passing bell, La carrera del Nembutsu, El hotel del paso subterráneo, Crónica de la guerra de las putas y La ciudad en la palma de la mano. Todos relatos costumbristas protagonizados por seres horrendos, desdichados, abandonados u olvidados por la sociedad japonesa de la época, que buscan subsistir de alguna manera ante la adversidad que les arroja su destino. Un boxeador dueño de una mano asesina,  un vagabundo de la calle y una prostituta de la guerra, son solo algunos de los protagonistas de estas trágicas narraciones. Las mismas buscan retratar tanto las asquerosidades de las que son capaces los humanos como de la luz que encuentran aún en el más bajo lugar de la sociedad.

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Tatsumi no busca cambiar la vida de los lectores con sus relatos, no hay moralejas, aprendizajes ni grandes recompensas, estos funcionan como una suerte de catarsis. Un desenfado en búsqueda de retratar la vida de aquellos menos afortunados cuya existencia pareciera un pecado, pero que encuentran cierta rebeldía o dignidad en continuar su camino. Incomodar al lector pareciera ser uno de los objetivos del autor, sacarlo de su zona de confort a través de una suerte de grito conformado por estas obras con historias indecentes y protagonistas desgraciados. Conforme pasó el tiempo, esta clase de mangas, más violentos y de temática adulta, fueron bautizados como gekiga, previamente conocidos como “mangas dañinos”. Esta suerte de género tendría grandes exponentes como Takao Saitou, Ryoichi Ikegami, Kazuo Koike e, incluso seducir al mismísimo Tezuka para que experimentara con sus obras.

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Y es que hasta en su dibujo se nota su intención, con figuras humanas básicas pero casi atosigadas por un fondo que no escatima en detalles para representar la cruda realidad de sus días. Con muchas referencias fotográficas y un gran trabajo en el encuadre y de las viñetas, lejos está de la caricatura o la acción clásica de la época. Incluso hasta sus páginas de más acción, protagonizadas por el boxeador Tetsuya Gunji, no son un espectáculo sino todo lo contrario. Casi no hay dinamismos, con viñetas estáticas que retratan la crudeza y lo mortal de cada golpe. Este es uno de esos casos en los que el dibujo está al servicio de la narrativa, y funciona de maneras muy variadas gracias a los distintos contextos de las historias.

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La importancia de estos relatos, y de la obra en general de Tatsumi, fue en la apertura del juego para otras voces. No sólo sirvió como eco de los desplazados sociales, sino también de una generación de autores que veían el potencial del manga con otros ojos, más vinculado hacia la narrativa adulta y con posibilidades de experimentación. Y por si fuera poco, Tatsumi también abrió puertas internacionales al  ser publicado en la revista antológica española El Víbora, durante los años ochenta. Y más allá de la importancia dentro del formato, el mangaka conecta a los lectores con una realidad ajena a ellos, gracias a su manera única de entender a estos personajes derrotados. Los acerca más a quien, quizás, les pasa todos los días por al lado en una estación de subte.

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