El Ultradeformismo según Pedro Mancini

Humor corrosivo, depresión, Burroughs y todo un ultramundo con identidad y dioses propios, cohesionados en la figura de Pedro Mancini. Después de un largo tiempo de militancia en el mundo fanzinero, actualmente sus libros se publican en Europa y en diversas editoriales del país, ya sea como artista integral o acompañado por los mejores guionistas. Recientemente llegado de una residencia en Francia que le llevó un año completo, el staff de 9 Paneles dialogó con Pedro.

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Una de tus primeras experiencias creativas fue en el grupo Niños [Junto a Darío Fantacci y Santiago Fredes], ¿cómo fue ese inicio en la historieta de manera colectiva? 

En esa época fue la salvación total porque era lo que necesitaba para activar. Yo venía haciendo fanzines solos, estaba medio perdido también entre la música y los cómics pero no encontraba el empuje para mandarme de lleno con los cómics. Lo que siempre hice fue tocar y mandar los fanzines al costadito en el puesto de la banda. Pero lo hacía muy tímido y no estaba para nada conectado con el mundo del cómic en Argentina. No era muy de ir a festivales ni conocer a los personajes, estaba completamente afuera. Pero me gustaban los comics. Conocí a Darío en la EAH [Escuela Argentina de Historieta] y ahí fue donde empezó Niños. Y nos conectamos rápidamente porque teníamos gustos en común, también porque éramos medio outsiders de ese mundo y eso era algo que nos unía. Además, estábamos flasheando más otras cosas como cine, música, etc. Y unimos fuerzas, pudimos hacer eso que nos pareció que estaba bueno para ofrecer y lo hicimos con la revista Ultramundo. Ahí de a poquito nos fuimos metiendo e investigando a ver qué carajo estaba pasando con el comic. Y coincidió justo con el momento en que empezaban bocha de secuencias y de cosas como editoriales independientes y que hoy en día son medianas o grandes, como quieras llamarles. Pero en ese momento, entre 2009 y 2010,  éramos todos medios fanzineros.

¿Qué desafíos te presentó esta experiencia?

Todos. El pasaje de ser un adolescente sin ningún tipo de conciencia de qué carajo estás haciendo a darse cuenta de lo que uno necesita para hacer algo “profesional”. Con Niños lo que teníamos era que hacíamos todo, desde bocetar, flashear las ideas y hasta imprimir el material, encuadernarlo, distribuirlo, llevarlo a los festivales, etc. Así que ahí cobré conciencia de la rueda total del trabajo que hay detrás de una publicación. Lo aprendimos a las piñas totalmente, curtiéndonos. A veces teníamos un festival zarpado en dos días y la revista no estaba impresa directamente. Y ahí era internarnos los dos días que quedaban a imprimir e imprimir para que salga para adelante. Pero con todo me refiero a todo, cobré conciencia del esfuerzo que representa y el trabajo que requiere una publicación.

Desde la mitad para adelante y hacia el final de Niños entendí el trabajo que tiene esta profesión que no tiene que ver estrictamente con lo creativo y lo divertido. La parte de crear, dibujar y maquinar ideas, sería lo que uno disfruta. Lo cual es lo natural porque es arrastrar lo mismo que hacía uno de niño y llevarlo a otro plano. Pero después está todo el tema de gestión, cómo ofrecer el material, cómo proponer a una editorial y cómo presentar las cosas. Yo al comienzo iba a la redacción de Fierro con unas páginas fotocopiadas medio arrugadas y el chabón me miraba y me decía: “Comprate un sanguche en la esquina”. No tenía idea, pensaba que si estaba seguro de lo que tenía entre manos y me gustaba lo que hacía ya está. Pero hay mucho detrás del trabajo del comic que tiene que ver con entender cómo funciona todo.

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Hiciste tiras cómicas, algunas obras de corte más narrativo, mucha ilustración, ¿dónde te sentís más cómodo? 

Entre todo eso que mencionaste, lo que necesito es el combo de todo, y de hecho lo necesito al mismo tiempo. Me cuesta mucho avanzar un proyecto como una novela gráfica, estar todos los días ahí metido es lo que más cuesta. Entonces todo el tiempo estoy cortando con laburos o cosas que me divierten. Las tiras generalmente empiezan con que yo me cago de risa, me copo con una idea y la hago sin especular en que eso va a ser un proyecto o un libro. Por ejemplo, Alien Triste [Hotel de las Ideas, 2015] lo empecé jodiendo y divirtiéndome, y después eso se transformó en un proyecto y un libro. Pero digo, hago una especie de combo total entre un laburo y otro. De hecho, lo separo también en el cambio de estilo. Una persona medio de afuera podría decir que siempre hago lo mismo, pero no es el mismo laburo que tiene una tira o el dinamismo que necesita un cómic como lo que hice con Damián Connelly, que tiene un estilo más limpio y más dinámico. Y tampoco es lo mismo lo que estoy haciendo ahora que tengo dos días de trabajo por página con más climas, más atmósfera, toda la iluminación y de tramas.

Eso igual lo aplicas mucho cuando haces ilustraciones o en cosas más nuevas, recuerdo que en la última época de Fierro publicaste una historia corta con un estilo y trama más desarrollado a diferencia de otras de tus obras

Esa historia es una que hice con Ale Farías y claro, no es lo mismo laburar de a dos que solo, con todos los vicios que conlleva. No te digo que te tiras a chanta pero a veces ahorras un poco de energía en el trabajo de fondos porque sentís que el cómic funciona igual. En cambio, cuando un guionista te exige un poquito más siento que está buenísimo porque suma laburo. Cada cosa tiene su encanto y con Ale me pasa que él está más acostumbrado a una grilla de varios cuadros por página, entonces hace una concesión conmigo y mete menos cuadros. Pero así y todo son más de los que hago normalmente, con más texto también porque él escribe, y entonces nos encontramos en un punto intermedio. Pero me exige amoldarme un poquito a su forma.

El grueso de tu trabajo se compone básicamente de obras donde vos te encargas del guion y dibujo, ¿cómo fue trabajar con historias ajenas, como Felicidad [Rabdomantes, 2018] y Hermano [Panxa Comics, 2016]?

Hermano fue una consecuencia natural de todo el trabajo que veníamos haciendo con Niños. Ahí por momentos se armaba un cuarto ser, una mezcla de los tres muy conectados con ideas muy parecidas. Parecía que éramos una extensión del otro, creando un mundillo propio y aparte. Con Darío sucedió que estábamos haciendo un taller con Juan Bobillo y yo venía muy en plan de hacer cómics hiper cortos. De tres o cuatro páginas, muy flasheros, deformes pero muy caprichosos. Y Juan justamente me exigía un poquito mas, me decía: “Todo bien, ya dominas al alien que vomita cosas, eso lo tenes, ¿por qué no tratas de ir a otro nivel y te exigís un poco en el tema de laburar más fondos, ir a una narración un poquito más convencional, por qué no te propones hacer un chabon que va a comprar puchos?” Y yo me embolaba. Darío ve esta secuencia en vivo y me dijo: “Yo te escribo un guión”, porque la tenía más clara con los guiones, se exigía también con el laburo de guionista y se hacia sus propios cómics. Pero tenía una conciencia mayor que la mía de cómo elaborar una historia un poquito más larga y profundizando mas los conceptos.

Me escribió tres páginas, las hice y se las mostré a Juan. Era un delirio deforme y todo, como lo mismo que venía haciendo porque yo lo llevé para ese lado. Darío también estaba en la misma que yo, pero me exigía un poco más de laburo narrativo y de fondo. Nos gustó mucho lo que salió, y dijimos de extenderlo. Y fue simplemente tironear un poco de esa misma idea y se armó lo que es Hermano. Nuestra forma de laburar era tomar cuatro birras, me dictaba y yo bocetaba. Era super poco ortodoxa y funcionaba de maravilla, nos entendíamos muy bien. No creo que sea una forma que uno pueda llevar con cualquier guionista, porque nos conocíamos mucho.

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¿Y en el caso de Felicidad?

Damián es un crack total, un super genio con un oficio zarpado. Y hay que decir la verdad, él se arrimó un montón a lo que yo manejo, me escribió un guión que iba sin esfuerzo con mi estilo pero de una manera más profesional. Siempre el profesional lo pondría entre comillas, porque es raro decir qué es profesional y qué no, porque yo ni me dí cuenta cuándo me volví profesional. Pero digamos que Damián me entregaba un guión con todo pautado. Pero, como pasa con la mayoría de los guionistas con los que tenes buena onda, todo es susceptible de charlarse y modificarse. El proyecto empieza a cobrar vida cuando uno empieza a bocetar, a diseñar los personajes y le podés devolver algo a las ideas que él te tira. Funcionó perfecto, de comienzo a fin anduvo super fluido el laburo con él.

Con Damián tuviste un guión hecho y derecho y con Darío algo más informal ¿con qué te sentiste más cómodo?

Los dos estuvieron bien para cada momento. Lo de Darío era más como uno se junta a tocar música y cagarse de risa. Tiene que ver con mi cronología, estar en un momento haciendo las cosas con poca conciencia de publicar, más jodiendo y divirtiéndonos. Y lo de Damián viene en un momento en donde yo publiqué unos libros y tengo más idea de proyectar a futuro, pensar un proyecto que se pueda publicar y proponer en otros países y otras editoriales. Creo que esa manera un poco más profesional está bien para el momento actual.

¿Este tipo de colaboración se da con algún autor en especial o podrías llevarla a cabo con cualquiera?

Yo no creo que pueda laburar con cualquiera, la verdad. También trabajando solo te malacostumbras a no negociar mucho nada, entonces claramente no podría laburar con cualquier guionista. Me dan ganas y realmente pienso que suma un montón, pero tiene que haber onda primero. No veo la dinámica del mercado yanqui de un guionista mandando el guión. Para mi, no te digo que tengas que ser amigo del guionista ni emborracharte juntos, pero sí una mínima conexión. Tener data en común o gustos parecidos, ver algo ahí que digas: “Está interesante que hagamos, creo que nos suma a los dos laburar juntos”.

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¿Cuánto tenes de personal o autobiográfico en Alien Triste y en No soy Hordak [Loco Rabia, 2017]

Bocha, un porcentaje altísimo de autobiografía. Pasó algo clave: yo estaba haciendo las tiras porque sí. Cuando sentía algo que me perturbara o lo que sea, mandaba una tira. Las hacía a un nivel de inconsciencia de que sea algo que tenga valor, más allá de reírme un rato, hasta las escaneaba en baja calidad. Entonces Claire Latxague, mi editora en Francia, en ese momento estaba empezando con Éditions Insula, el proyecto editorial con el que ahora publicaron dos libros míos. Ahí proyectamos a futuro cosas y todo, en ese momento me dijo: “Me entusiasma publicarte al Alien Triste, estaría bueno pensar un libro”. Eso me hizo reparar en el personaje primero, como decir: “Tengo entre manos algo que puede estar interesante”, pero también me presentó el desafío de convertir algo que era muy íntimo y muy personal en una publicación. Pasó un tiempo, yo empecé a hacer más tiras avanzando muy lentamente, y un día Claire me dice un par de cosas que me ubicaron bastante: “¿Qué pasa con el libro que avanza tan lento? ¿Y estas tiras que no se entienden qué son de consumo para vos y cuatro amigos?”.

Vos para hacer un libro no podes esperar a que te pasen cosas extraordinarias, porque ninguna vida de nadie es tan increíble como para que tengas material. Entonces hay un punto donde tenes que ficcionalizar. Está bueno que surja todo de un sentimiento genuino, pero también hay un montón de tiras que no son tal cual. No me camina una rata por la cabeza mientras estoy dibujando o la psicóloga no me caga a puteadas de la manera que aparece en la tira. Exagerar, agarrar y encontrar una esencia real en ese personaje que sí me representa un montón. Pero exagerar también, porque hay cosas de mi vida que no entran ahí porque son muy felices para que estén en un personaje que se llama Alien Triste. Y también hay un punto donde yo no estoy deprimido las 24 horas los siete días de la semana. Entonces uno tironea de ese costado de la personalidad que sé que existe y es real. Pero lo exagero y juego con eso.

¿Qué posibilidades te dio este tono?

Creo que me desenroscó un montón, porque yo lo tengo medio dividido en ese plano. Las historias más enroscadas de mayor atmósfera de deformidad tienen una cosa más hermética también. Al comienzo me pasaba eso, que hacía cómics más herméticos, muy cerrados de significado que para mi tenían un montón de sentido pero eran bastante incomprensibles para los lectores. Con el humor me relajé, es una piña directa, un impacto más certero y preciso, incluso en el estilo mismo. Cuando voy al humor, probablemente despojo un montón el estilo de quilombo y de adorno. Es una línea clara y siento que tiene que ser algo así, que pega de una. Me parece que tuvo que ver con una etapa mía en la que estaba super enroscado y me fui simplificando, más claro en lo que quería expresar. Está buenísimo porque después puedo volver a una historia como Felicidad, donde tengo un estilo más simple para contar algo un poquito más complejo que una simple tira humorística. Pero digamos que ahí pude fusionar las dos vertientes y funcionó porque la historia necesitaba una cosa mas ágil, mas dinámica y entonces el estilo me venía bien para eso. Son recursos que están buenos que aparezcan, los capte y los tenga ahí conmigo, los pueda sacar y poner cuando uno lo necesita.

La figura de William S. Burroughs está muy presente en tu obras, desde caemos hasta en textos tuyos que parecen hechos a base del cut-up ¿cómo fue el desafío de pensar una biografía casi ficcional de su niñez? [Detrás del ruido, la infancia de William Burroughs; Bang Ediciones/Hotel de las Ideas, 2017]

Eso fue parte de un encargo, aunque no tanto. ED es un dibujante argentino que es parte de Bang Ediciones y me lo crucé en un festival en Lyon. Buena onda, se acercó a mi laburo y en un momento me escribió con intenciones de publicarme algo nuevo, y yo le pasé cosas. Para mi, él tuvo el plan maestro siempre en su cabeza y medio avanzadas las charlas y me dijo: “Sos insistente con Burroughs, ¿por qué no ir al grano y laburar con el personaje directo?”. Vimos que había una biografía de él ya hecha, entonces se le ocurrió laburar sobre su infancia. Parecía que conectaba todo, porque yo también tengo mucho laburo de la niñez siempre en clave medio pesadillesca con niños alucinados y perturbados. Claramente yo fui un niño así, y entonces era encontrar el punto en común entre todo mi laburo y agarrar a Burroughs. En España no me junaba nadie, entonces para mostrar a un autor nuevo de otro país lejano tenes que hacer un entre y engancharlo por algún lado. Él lo pensó de esa manera y me pareció una buena estrategia agarrar y poner en el centro a un personaje que tiene magnetismo propio. Mucha gente me imagino habrá ido al libro por Burroughs y no por mi, porque ni sabía quién estaba atrás de eso. Estrategias de editores que a uno nunca se les ocurriría y por ahí las tiene en las narices.

¿Qué te parece lo más interesante de su obra? 

A mi me fascina en 18.000 niveles. Desde la escritura experimental y deforme, la estética que te presenta con eso y hasta la conexión que él tiene con la música, porque mi primer impacto con Burroughs es a través de la música. Con él se fascinó todo el punk, el post punk, Psychic TV, Ministry. Yo dije: “¿Quién este viejo que aparece en todos lados, que está en un sillón maltrecho con Patti Smith y que todos le andan atrás?” y ahí entré. Y después me cagaba de risa porque a él siempre le chupó un huevo el grunge y el rock, era más del jazz. Pero estéticamente, hay algo en su escritura que tiene ruido. Después está la vertiente más política, anti sistema, todo esa parte de experimentos. No sé, es un personaje que por donde lo mires es atrapante. También me fascina la secuencia más narrativa, los tres primeros libros son increíbles. Cuando vas conociendo cada capítulo de su vida, cada perfil y cada parte, te vas fascinando.

Pasaste más de un año en Francia laburando para una editorial, ¿cuán formativo fue estar en el epicentro de la movida de la historieta europea? 

Fue un flash total. Con Claire tengo una relación de hace bocha. Ella apareció cuando estábamos con el grupo Niños, vivía en Argentina en esa época y estaba gestando Éditions Insula, que se dedica a publicar gente de Latinoamérica en Francia. Desde ese momento empezamos a laburar y desde ahí entramos a hacer exposiciones. Primero a distancia, después gracias a ella fui a Lyon y Angoulême en distintos viajes. Y esta vuelta yo tenía el proyecto estancado de Niño Oruga, lo tenía hecho por la mitad y como tiene que ver con mi abuelo que falleció mientras lo trabajaba, me trabé por completo y encontraba bastante difícil seguir. Yo también soy muy quejoso, se me complicaba apartar tiempo porque me había enroscado en una secuencia de dar clases o hacer laburos de ilustración, y me estaba costando desarrollar una novela. Le cuento a Claire que tengo este libro, ya habían pasado como seis años desde que yo lo había detenido y al volver a esas páginas no me gustaba, no me encontraba. Son súper sutiles los cambios de estilo que hay, pero para mi son super importantes. Le decía: “Lo quiero hacer de cero, y revisarlo, pero para eso necesito encerrarme a dibujar y que no me perturbe el mundo exterior”. Entonces ella con eso en mente me ofrece hacer una residencia en Francia, que me  representaba estar ese año entero laburando. En ese momento me parecía lo más certero, le dije que sí, vamos para adelante y salió.

Me fui un año ahí y representó un flash total. Supongo que hubiera sido parecido en cualquier lado, pero en Francia con la importancia que tiene el cómic allá, las cosas que se pueden hacer y la magnitud de los festivales. Fui a bocha de ciudades a firmar libros, hice una base ahí que creo que va a quedar. Participé en un montón de festivales en España y Bélgica, me hice muy amigo de gente que hace cómics allá, conocí a los personajes, editores y gente que organiza festivales. Es increíble la cantidad de data y cosas que me traje, el lazo que ahora creé y que sigue, que continua ya a base de amistades y buena onda con gente que fui conociendo. Y también entender al cómic de otra manera. Pensar como un mercado tan monstruoso como es el francés, que tiene por un lado toda esa cosa gigante y desmedida, pero por otro el palo más alternativo, más underground. No es tan distinto a las cosas que se viven acá, las formas en que se maneja, la gente auto editándose. Tienen más plata, pero el espíritu a veces es lo mismo. El gran mercado es para algunos y no es para todo el mundo, entonces uno haciendo lo que hace también siempre esta en una linea mas outsider y eso es para todo el mundo.

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Toda tu obra se puede resumir bajo el concepto de “absurdo”. ¿Te sentís cómodo en esa posición donde lo que domina es un libre albedrío? 

Yo tengo un amor por el absurdo total y no tengo ningún problema en que se me ponga el rótulo de absurdo. Tengo un gusto que va desde Boris Vian hasta Max Cachimba y está perfecto. Capaz mis cómics del comienzo me dominaban a mi y entonces eran absurdos a fuerza de que no entendía qué carajo estaba pasando. Y creo que con el tiempo uno empieza a ser más consciente de lo que está queriendo contar y puede tomar un poco más el control. Dosificar ese componente de absurdo como uno quiere. Habrán obras que tengan mayor cantidad de absurdo en juego y otras en donde funciona o no. También es difícil, para mi toda la realidad es absurda, la vida no tiene sentido, entonces trabajar con el absurdo es trabajar con la materia prima básica con la que contamos. Digamos entonces que el absurdo está presente.

¿Como mechas el absurdo con un estilo tan marcado con la línea clara?

Nunca lo pensé, desde Little Nemo que tenía un condimento de absurdo bastante importante y viene con la línea clara total, me parece que se llevan bien, puede funcionar. Mœbius mismo tiene un componente de absurdo total y es un soldado de la línea clara absoluto. No lo pensé, pero yo tengo una cosa por los climas también, me interesa mucho que meterse en un libro mío sea meterse también en un pequeño mundo que te puede absorber y puedas estar un rato ahí. No estoy pensando tanto en el absurdo o no absurdo, sino que el absurdo es algo como muy natural, me sale de esa manera. En algunos cómics lo exprimo un poco más. En Cocaine Bergoglio [Musaraña Libros, 2018], estaba bien marcada la clave de que sea completamente un delirio absurdo, raro, deforme, muy de peli yanqui berreta mezclado con novela de la tarde, Black Sabbath y cagarme de risa con eso. También me interesa y me gusta cuando mezclas cosas que aparentemente son incompatibles y pueden llegar a dar algo interesante. Ahí está la consigna clara de trabajar con eso.

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