Diseccionando ongoings: Zot! de Scott McCloud (Parte 1)

Pocas personas toman el concepto de “el medio es el mensaje” y juegan con con él como Scott McCloud, y es probable que nunca lo haya hecho mejor que en Zot! El autor integral devenido en teórico presenta “el lejano futuro de 1965” de un mundo paralelo donde todas las invenciones y lecturas optimistas de un brillante porvenir se hicieron realidad. (Spoilers adelante).

Por Tomás Corsi.

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Al igual que muchas grandes obras, Zot! se presenta como una cosa y se termina abriendo como algo probablemente muchísimo más oscuro de lo que el lector puede llegar a imaginarse. Por un lado, Zachary T. Paleozogt (Zot) es el héroe de esta Tierra repleta autos voladores y maravillas tecnológicas que McCloud se encarga de describir en los primeros números, incluido Peabody, el robot mayordomo/tutor de Zot.

En contraste, la Tierra de Jenny Weaver: normal, mundana y llena de injusticia. Jenny, la protagonista y el corazón del comic, tiene una lista de problemas que incluyen mudanzas constantes y un hermano muy pesado (Butch, al cual empezaremos a tolerar cuando lo transformen en un mono parlante). Tiene todo lo necesario como para ganarse la aventura de su vida junto a un superhéroe.

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Pero en sus primeras aventuras se empieza a desenmarañar lo terrible. Villanos como Dekko, el artista antes conocido como Arthur Dekker, al cual un dramático giro de eventos y amputaciones lo terminan despojando de su humanidad hasta llevarlo a una locura sintética. Este es la clase de personajes que comienzan a dejar descubiertas las maquinaciones que su artífice tiene preparadas.

 

El macguffin principal de esta primera parte es la Llave Dorada que abre una puerta en los confines del universo. Pero esta llave abre también la puerta de los verdaderos temas que quiere tocar el joven autor. Con la voracidad de un tipo que decide llevarse puesto todo, y ayudado por la mano del maestro Kurt Busiek como consultor, Scott empieza a tirar de los hilos. Sabe lo que quiere contar y cómo contarlo, así que la historia raudamente nos empieza a narrar sus ideas sobre la mortalidad, la religión y el más allá.

El número 6 sirve de bisagra y grita desde su título (It’s always darkest…) que el giro será desgarrador. Logran verse los hilos de los que está tirando y quizás sea por eso que McCloud no esté particularmente loco por esta primera etapa de su personaje insignia. Pero el lector puede disfrutar de la avidez con la que decide llevarlo de las narices. Así, luego de cinco números para aclimatarnos con los personajes y encariñarnos particularmente con el pobre Príncipe Drufus (el menospreciado heredero de la Corona del planeta Sirius) y el aventurero Vic Taylor (un sinvergüenza muy querible), se decide por un golpe bajo pero certero.

La muerte de Drufus a manos de un torpe agente de la ley y la subsiguiente emboscada a Vic, que termina siendo inculpado por el crimen. La opresión de un gobierno autoritario como el de Sirius IV no es algo nuevo para una historia de esta índole y quizás el subtexto del guionista no sea necesariamente velado. Pero es en decisiones como las presentadas aquí que deja ver su prestancia para la narrativa. La decisión de presentar a la ley tan inútil como cobarde agrega una nueva dimensión a la ya conocida trama de complot y magnicidio que va gestando a lo largo de los números. Un efecto lateral, una situación alterna y, en algún punto, ajena a la maquinación quintacolumnista realmente planeada por un grupo de villanos.

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Con el mismo criterio, el artista pone su juicio sobre la monarquía insensible del planeta e incluso llega a revelar que 9-Jack-9, el implacable asesino a sueldo que sirve de antagonista, fue el asesino de los padres de Zot y que la Reina lo sabía todo este tiempo. Un subvertir de las expectativas que no cae en facilismos y sirve para mostrar la pérdida de la inocencia del protagonista, que pasa de ser un joven idealista con pocas pulgas, a un héroe que debe hacerle frente a la idea de ser un nuevo mesías.

El poder de la Llave se muestra en su totalidad en el número 8, donde el autor decide jugar con conceptos filosóficos y muestra lo que hay detrás de la puerta: el paraíso literal, un jardín eterno donde confluyen los muertos con entidades más grandes que la vida misma. En la tapa reza un imperativo “It had to happen!”, consciente de que la aventura sin fin de Jenny y Zot llegaría a los bordes de la existencia misma y no se quedaría ahí, quizás adelantándose al Infinite Canvas que el propio autor después desarrollaría como teoría. En este número se resuelven varios de los misterios que venían asediando a los protagonistas e incluso le da un hermoso cierre a la historia de Drufus, que encuentra la paz que nunca pudo tener en vida.

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 Las inquietudes de McCloud van desde poderes eclesiales que logran atrasar incluso en el futuro más brillante, hasta de-evolucionarios que claman por el regreso del australopithecus. Está obsesionado con el funcionamiento de su propia sociedad y una constante de este comic es la cantidad de información que detalla: fichas de personajes, descripciones de los lugares y política.

La construcción de ese mundo en página es tan admirable como personal, puesto que además cada número termina con el artista explicando sus intenciones e influencias, Osamu Tezuka a la cabeza. Incluso teniendo tardías revelaciones que le hacen replantearse algunas cosas. Por ejemplo en una carta del correo de lectores que le señala el parecido de su obra a la de C.C. Beck, incluyendo el entrecerrar de los ojos de Zot y lo similar de su traje y logo al del Capitán Marvel. McCloud hace un mea culpa: jamás había leído al autor.

El lienzo infinito de aventuras con Jenny y Zot continuará, de ahora en más a blanco y negro, en la siguiente entrega de esta sección.

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