Diseccionando Ongoings: Zot! de Scott McCloud (parte 3)

Última parte del Diseccionando Ongoings dedicado a Zot! de Scott McCloud, cerrando sus ideas sobre la adolescencia y la idealización del mundo.

Por Tomás Corsi.

En el principio del tramo final de su obra, del #21 al #29, el escritor empieza a toparse con un problema. ¿Qué pasa cuando uno, como autor, se hace un montón de preguntas y no logra responder ninguna? La actitud “estos temas son importantes” de McCloud dejan la sensación de morder mucho más de lo que él mismo pudo masticar.

Las aventuras de Zot empiezan a ser de desinterés y hasta pierden un poco de la maravilla visual por la que el lector volvería mes a mes, pero cae también en mesetas de moralina que hasta ahora había evitado. Por un lado, sigue habiendo algún destello del mejor Zot en historias como la del regreso de 9-Jack-9, que remite a It’s Always Darkest y The Season of Dreams. La única diferencia es que se queda sin fuerza al final (algo que no pasaba en las otras, donde el remate era proporcional al build up) gracias a algunas salidas de guion que solamente pueden describirse como vagas, comprobando quizás que la serie ya estaba para otra cosa.

Otro de los asuntos recurrentes es la ausencia de los progenitores, esta vez hablando explícitamente de la figura paterna. El padre de Jenny, del que solamente tenemos algunas menciones, llega a un acuerdo y se va de la casa por seis semanas. En el mismo issue, Woody lee Stop-Time de Frank Conroy (entre otras cosas, una autobiografía sobre la muerte temprana de su padre y el traspaso a la adultez) y acota que era uno de los favoritos de su papá. Es en estos intercambios donde se reencuentra la magia, en especial en el número 30 (“Autumn”), un drama intimista contado en dos tiempos en el que McCloud relata la historia del divorcio de los padres de Jenny. Con una caracterización hermosa de su madre, el autor intenta espejar su narración con otro tema previo: la noción de venderse. The Blotch es uno de los nuevos villanos del ongoing, un hombre de negocios de traje y corbata que por cabeza tiene una mancha violeta y amorfa. La imagen caricaturesca de un hombre de negocios de los ’80 a la que el autor probablemente haya tenido que enfrentarse, inspirada en lo que podría haber sido un villano de Chester Gould, tan presente como caducada.

A partir del #31, la serie regular vuelve a ser inalcanzable en el mejor de los sentidos. Un comic de vuelo rasante por su cualidad de obra hangout que desarrolla personajes previamente presentados en el grupo de amigos de Jenny y que habían tenido un brillante intercambio meta de autor/obra. Ronnie y Spike, con todas sus cualidades y defectos adolescentes, recuerdan al lector refugiarse en los sitios de felicidad así se trate de un juego de rol o ideas para un What If? que le van a pasar por la cara a Jim Shooter porque, igual que él y el propio McCloud en algún momento, son unos jóvenes desvergonzados queriendo comerse al mundo.

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Es en base a esto que empieza a hablar en serio de los tópicos que antes tocaba de oído. Woody, para este punto claramente el avatar del artista en su obra, comienza a ser menos posesivo con Jenny (que finalmente consuma su despertar sexual) y habilita un debate sobre poliamor y relaciones abiertas. El alcoholismo de la madre de Brandy y su situación económica le dan una nueva dimensión al personaje. La salida del closet de Terry y la meditación sobre los crímenes de odio, en el ya clásico Zot! #33, y la posterior revelación de George confirmando su homosexualidad a Woody, no hacen más que aseverar la verdadera madurez que Scott McCloud venía buscando desde hacía tiempo. Se podría hacer una nota aparte para los últimos seis números, pero es preferible que sean descubiertos por el lector y, al igual que quien escribe, sientan la frescura y vigencia de muchos de los temas que toca.

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Tuvo sus idas y vueltas, sus virtudes y sus errores (recomiendo fervientemente leer la carta de George Greene al correo de lectores en el #27 y sus subsiguientes issues para una crítica bastante fuerte de Zot!, así como la carta del querido Howard Cruse felicitando al autor en el #35) pero es un viaje que vale la pena tomar para todo el que quiera sacarle medidas a ese lienzo infinito llamado historieta.

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