Volver a clases con Kurt Busiek y Stuart Immonen

Hay un Clark Kent en Kansas que no tiene poderes. No es un pájaro, no es un avión, es solamente un chico normal cuyos padres se creyeron muy graciosos. Sus otros padres, los amos del destino y diseño de este Superman, son los legendarios Kurt Busiek y Stuart Immonen (con el histórico Todd Klein), que toman la libertad total que les da el concepto elseworld y lo explotan a su mayor potencial en Secret Identity #1.

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El guionista presenta un mundo de juego doble. Por un lado una historia imaginaria en el sentido más duro, como las clásicas historietas Silver Age que rompen las normas del canon y presentan un cambio para los personajes tan jugado e inmenso que solamente puede justificarse como un sueño febril de Lois Lane. Un concepto implacable que en su lectura intertextual, probablemente alejada de la intención original de los autores de antaño, nos hace elucubrar que a fin de cuentas todas las historias que nos contaron son imaginarias.

Por otro lado, Busiek cuenta un relato de un mundo palpable. El nuestro, de quien escribe y de quien lee, que sabe exactamente de qué se trata la figura de Superman. Un mundo donde se puede comprar esta obra y ver que los personajes usan la misma remera con la “S” en el pecho que el lector probablemente lleve puesta. En la inmortal síntesis de Grant Morrison, “Planeta condenado, científicos desesperados, última esperanza, pareja bondadosa”, todo eso es lo que sabe el protagonista de este comic: que se llama igual que el personaje más grande de historietas y que su vida ha sido un poco más difícil por eso.

Como habrá pasado con todos los Bruno Díaz del planeta, Clark Kent de Picketsville es constantemente burlado por sus compañeros de secundaria. Los deportistas matones no dejan de molestarlo por su nombre, y hasta los geeks de una mesa solitaria intentan usarlo como fuente de recursos, uno de ellos le pregunta cuál es la formación original de los Titanes para poder ganar un debate. Como si él fuera una enciclopedia de DC o íntimo amigo de Aqualad. La frustración del protagonista, que cuenta con un perfil mucho más literario, blandiendo su máquina de escribir y referenciando a J. D. Salinger, se concentra en una fantasía de poder adolescente que no requiere tanto de superfuerza sino de la habilidad de escapar de ese pueblo.

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En su núcleo, Secret Identity es un recuento moderno de Superboy Prime. La gran diferencia con la creación de Elliot S! Maggin -apologistas del signo de exclamación, uníos- y Curt Swan es que ese Clark era mucho más optimista desde el vamos, haciendo chistes con su apelativo y hasta disfrazándose de Superman casi sin ironía. Tiempos más simples para los personajes de comics, o al menos en ese DC Comics Presents #87. Vale agregar que también, casi trabajando a favor de la obra, hubo otra versión moderna de Superboy Prime en forma de imbécil presuntuoso que arrancaba brazos en comics olvidables. Para el asombro de nadie, tanto Busiek como Immonen son mucho más nobles y secundan el concepto de la inevitabilidad de Superman a través de una figura sin la cualidad beatífica que lo caracteriza. De hecho, lo más extraordinario de Clark no es cuando se despierta flotando a veinte metros del suelo o cuando decide salvar al pueblo de una explosión armada por una periodista desesperada por la primicia, sino cuando atiende a las reacciones que su alter ego genera en la secundaria.

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Incorruptible por sus poderes y su fama, uno elige creer que este Superboy de Picketsville estaría mucho mejor leyendo a Spider-Man. La responsabilidad del día a día que enfrenta en esa escuela, donde un intimidante mariscal de campo decide golpearlo y, en lugar de quedarse quieto y ver cómo sus nudillos de deshacen contra su cara, Clark simplemente elige moverse a super velocidad para esquivar el golpe y dejarlo desconcertado. Páginas más adelante, ese mismo personaje sueña con las cosas que haría si tuviera esos poderes: Hollywood, dinero, chicas, hacerse jugador de básquet y no decirle a nadie que es un ser de poderes supremos. El choque de lo innato y lo adquirido, la reacción de cada uno a esas habilidades. Un nuevo elemento en la realidad de estos adolescentes que los hace volver a soñar como niños e ilusionarse con la fantasía, sea eclipsar a Larry Bird o salvar al mundo.

Mientras que el guion de Busiek es de una maestría a la que nos tiene acostumbrados, el vuelo total del comic no sería posible sin Stuart Immonen, un camaleón de estilos y decisiones artísticas que lo pone en una liga distinta. El realismo de las caras y el entorno de colores apagados para resaltar los elementos superhumanos son la clase de determinaciones estilísticas que lo convirtieron en un “artist’s artist” a lo largo de los años. Un dúo que en Secret Identity #1 (y sus siguientes números) ofrece una inspección de la juventud, el control de lo que hacemos y la experiencia universal de cualquier persona que aún no ha encontrado su lugar en el mundo. Clark Kent de Picketsville, Kansas, todavía lo intenta.

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