Volver a clases con Grant Morrison y Frank Quitely

Grant Morrison siempre va a ser un nombre presente cuando se hable de revolucionar títulos. Lo vimos en Animal Man y en su paso por New X-Men, pero en esta nota nos vamos a detener en una saga de cuatro números, donde nuestro escocés favorito hace gala del poder de las juventudes que deciden tomar el poder del cuestionamiento y la revolución, por más que no estemos de acuerdo con el promulgador de semejante mensaje.

Riot at Xavier’s dura entre el número 135 y 138 del New X-Men que capitaneó Morrison (junto con Frank Quitely, de manera intermitente) en el alba del nuevo milenio. El foco está puesto al completo en Quentin Quire/Kid Omega, un mutante de habilidades telepáticas categoría omega que cuestiona los lineamientos pacifistas de Xavier. Parado en las antípodas, arma su propio grupo, la Omega Gang, con la intención de tomar la justicia mutante por mano propia. Todo esto se da, además, en el marco de un día donde el jerarca mutante tenía pensado abrir las puertas de su escuela hacia el público, tanto homo superior como sapiens.

Si escucharon el quinto episodio de Gen Mutante, estas lineas pueden sonar (o leerse, más bien) redundantes, pero es necesario repetir esto: como siempre que le toca sentarse en la cabecera de algún título, el guionista toma el status-quo y lo da vuelta como una media. Hace que Xavier se anuncie al mundo como mutante, arma un genocidio descomunal en Genosha, y genera algo mucho más importante: rompe la hegemonía de los personajes habituales.

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No solo expande el concepto de escuela (algo que no siempre ha sido explotado en su totalidad) al poner alumnos que van rotando como personajes secundarios y principales a cada rato, sino que los hace… mutantes. La mayoría de los estudiantes tienen malformaciones en el cuerpo o la piel como si fueran enfermedades (una parece sufrir progeria), o algunos directamente son figuras abstractas como un cuerpo hecho de humo o algo más alienígena. Puede sonar algo menor, pero Morrison extiende en ribetes grotescos la percepción que tiene el homo sapiens del mutante.

Volvamos al tópico de estos cuatro números. Un mito urbano estableció en su momento que Stan Lee concibió a Xavier y Magneto como versiones superheróicas de Martin Luther King y Malcom X, por como estos líderes se manejaban con los problemas de su raza, en el caso de Uncanny X-Men, la segregación pasa obviamente por los mutantes. Esto en realidad es más una percepción más reciente de la coyuntura de los ’60, siendo que Eric Magnus en los cómics, parece más un villano terrorista que un fanático radical. Sin embargo, el que mejor toma esa radicalizacíon es Quentin.

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Su historia se ve durante el New X-Men #134, donde descubrimos (a la par de él) que es adoptado. Algo que lo margina todavía más de sus compañeros, que lo ven como un sabelotodo insufrible. Entre los alumnos jóvenes se corre la noticia de la muerte de un diseñador mutante, presumiblemente asesinado por una horda de humanos. Con tal de sentirse uno más, decide relucir un costado opuesto.

Lookeado por completo al estilo skinhead, Kid Omega ve en Xavier lo mismo que vieron las juventudes del punk en el rock mainstream del momento: atraso absoluto, una transa definitiva con el poder dominante, entregadores de una juventud que busca más un ícono de rebelión y no tanto palabras amables. Para Quentin es inadmisible que los X-Men no reaccionen con las muertes de los mutantes marginados en sus barrios. De golpe entre número y número, el joven quiere darse importancia tomando por asalto la escuela.

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Morrison, siendo alguien que pasó su infancia acompañando a sus padres en marchas por el desarme nuclear, adoleciendo en pleno ataque ’77 británico, deja acá constancia que la revolución quedó, queda y quedará siempre en manos de la juventud. Capaz este mensaje final suene ambiguo, usando como base una historia donde el radical es el villano y lo conservador son los héroes que salvan el día. Pero parte de la rebelión es cuestionar día a día nuestros actos, nuestros pensamientos, qué es lo que está bien y qué es lo que está mal. No hay crimen con empatizar con Quentin Quire, alguien que quiso algo mejor para sus hermanos, aunque sus métodos puedan parecernos incorrectos. De todos modos, no hay crimen en cuestionar a tu profesor. Es hasta un acto de absoluta valentía.

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