Howard the Duck (Parte 1)

La década del setenta fue clave para el éxito que Marvel Comics tuvo en los ochenta. Era el momento de experimentar en todo sentido: aparecieron magazines que apuntaban a un público más adulto y de tirada limitada en las incipientes comiquerías que comenzaban a aflorar, y un gigantesco recambio de artistas en las cabeceras que traían promesas de quienes serían estrellas en un corto (o largo) plazo. A Marvel todavía le parecía funcionar la inundación de títulos y productos en el mercado, algo que a la Distinguida Competencia le costaría mucho. En medio de esta vorágine donde hay más prueba que error, surge un personaje que tomaría dimensiones particularmente grandes y que su vigencia sigue firme hasta el día de hoy.

Fear era una publicación bimensual que se dedicaba a reimprimir historias de terror de los años pre-Marvel, hasta que en su décima entrega decide no solo rebautizarse como Adventures into Fear, sino que, por nueve números, fue hogar de Man-Thing, personaje fruto de una discusión de ideas entre Stan Lee y Roy Thomas. Después de un primer número, quien tomaría las riendas del personaje de aquí en adelante es el héroe a quien está dedicado esta y algunas de las partes de esta mega-nota: Steve Gerber.

Él se quedará con el personaje por un tiempo largo, pero nosotros nos vamos a detener en el número 19 de Adventures Into Fear donde, en forma de cameo, hace su aparición Howard, creación del guionista misuriano y el dibujante Val Mayerik. Este pato de modales poco cordiales acompaña a Man-Thing a lo largo de una saga de dos revistas hasta que, al cruzar un punto que conecta diversos universos, cae y aterriza en Cleveland, donde hará base por un largo período. Tras aparecer como back-up en los Giant-Size 4 y 5 de Man-Thing, llega el triunfo con una serie regular propia.

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Howard the Duck es probablemente una de las parodias más ácidas jamás hechas en su momento, más a la altura de la revista MAD que de un comic book de superhéroes. Howard es condenado a pasar el resto de su vida en Estados Unidos sin dinero y convertido en un outsider de facto, se convierte en un personaje completamente amargo, cuya habilidad para meterse en problemas (y salir airosos del mismo) es tan disparatada como la idea de un pato parlante que no tiene más remedio que convivir en nuestra Tierra.

El guionista se ríe de todo y lo más importante, rescatando la impronta de la Not Brand Ecch, se ríe de la Marvel misma, con un nivel de saña que uno creería que no pasaría por un filtro. Se ríe de las historias espaciales y de terror para adultos que abundaban en los magazines, también de Shang Chi y las historietas de kung fu, de Star Wars y Kiss que estaban pronto a tener comics para la editorial. Hasta se permite satirizar la carrera presidencial de 1976, uno de los momentos más bajos de la política norteamericana con la renuncia de Nixon por el caso Watergate. Además, los “villanos” y los personajes secundarios están tan fuera de registro (caso de una vieja paranoica que cree que Howard le quiere robar los riñones) que uno no puede evitar sentirse desconcertado. Por si eso fuera poco, la narración omnisciente de Gerber es extensa, pesada y de alto nivel poético, casi un antecesor directo de Chris Claremont.

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Pero hay dos momentos donde el cómic genera un quiebre absoluto, que deja al título a años luz adelante de otros de la época. Los números 10 y 11 pegan un volantazo violento, mostrando un cómic completamente existencialista, uno que habla sin eufemismos de la depresión, que terminan con Howard internado en un neuropsiquiatrico, forzado a tomar antidepresivos junto con una nena que dice estar poseída por demonios. Acá no hay rastros de acidez, sino simplemente oscuridad, que culmina con el crossover/cameo del grupo de hard rock neoyorkino antes mencionado.

Más adelante, el final del número 15 revela lo más parecido a un némesis, el Doctor Bong. Parodia absoluta tanto del Dr. Moreau como del villano fantástico Doom, cuyo alter-ego es un gordito despechado cuyo poder es el de las ¡fake news! Sí, en el año 77, Gerber hace una denuncia a la manipulación de la verdad en las noticias, con un villano desagradable que hasta su ingeniería y computadoras son falsas. Atrás quedaron los números de parodias a géneros, el guionista se mete de lleno contra la sociedad norteamericana, involucrando también a grupos moralistas, convirtiéndolos en kamikazes contra los sectores impúdicos que inundaban Nueva York a finales de la década.

Y en el medio de todo, llega el punto cúlmine del existencialismo violento con el mítico número 16, donde Gerber abre su corazón de guionista y le revela a los lectores, mediante una ficticia charla con Howard, algunos secretos y problemáticas de ser escritor de historietas. Un momento emotivo realizado años antes que Grant Morrison se presentara como villano de Animal Man, pero que también revelaría los problemas que a futuro enfrentaría Steve contra la Casa de las Ideas.

Una historia tan bien escrita obviamente necesita artistas a la altura de las circunstancias, y vaya que las tiene. Después de que Frank Brunner ilustrara los back ups y los primeros dos números y, tras el fugaz paso de John Buscema, toma la posta Gene Colan. Él será el artista definitivo, siendo cubierto cada tanto por Mayerik e incluso Carmine Infantino, histórico de DC Comics. Sacando a Infantino, el resto de los artistas serían quienes marcarían el camino de la editorial a nivel estético. Lejos de los ejercicios vanguardistas de Jack Kirby o el expresionismo de Steve Ditko, esta troupé donde también figuraban John Byrne y Bill Sienkiewicz (al menos en sus primeros años como dibujante) mostrarían un nivel alto para los detalles, expresiones, estilos y formas de diseños. Ellos, junto con Neal Adams en la vereda de en frente, son los que comenzaron a hacer que los dibujos parecieran más realistas.

Sin embargo, no es todo lecho de rosas. A Gerber le dieron más poder que el otorgado a un guionista habitual, y se convirtió en el editor de Howard the Duck, además de creer que el personaje le pertenecía. Iluso él, ya que pertenecía a ese nefasto sistema de work-for-hire, ese que tantos otros creadores sufrirían. Pero Steve también era problemático y no entregaba el material a tiempo. De hecho, a partir del número 23, la portada de los cómics no indica el mes de publicación, ya que estaba más entretenido produciendo tiras diarias que tampoco entregaba a tiempo. Todo desemboca en un despido que el guionista no perdonaría fácil, y menos cuando se enteró de la idea que tenía Marvel para producir una película a principios de los 80. A sabiendas que no vería un centavo por dicho producto, decidió iniciarle un juicio a la Casa de las Ideas.

Tras la ida del creador en el número 27, la serie duraría hasta el 31 (aunque en 1986 aparecerían dos revistas más que continuaban la numeración original) sostenida por distintos guionistas. El último, Bill Mantlo, se quedó con ganas de más y en 1979 tendría su revancha.

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El mes que viene, la travesía continúa en formato magazine.

 

 

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