Howard the Duck (parte 2)

El mes pasado terminamos la saga de Howard con la serie y las tiras de diarios cancelados, y con Steve Gerber fuera de Marvel. Pese a este panorama, la Casa de las Ideas veía con buenos ojos comerciales al patito, así que decidió mudar al personaje a un formato distinto y que apuntaba a otro público, el cual por desgracia estaba dando sus últimos coletazos.

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Howard the Duck pasaba de ser un comic book de periodicidad mensual a un magazine bimensual en blanco y negro que se vendía en el incipiente circuito de comiquerías y que apuntaban a un público adulto. Marvel insistió durante buena parte de los ’70 con este formato, que buscaba competir contra la Warren y su exitosa Vampirella. Ciencia ficción, espada y hechicería, monstruos, terror, humoradas a lo MAD y karate, estos fueron algunos de los tópicos predominantes de estas revistas, tratando de subirse al tren que estuviera de moda en dicho momento. Si bien el éxito fue bastante relativo (muchas publicaciones no duraron más de diez números) la editorial seguía publicándolas en cantidad, aunque para finales de la década solo seguían en pie Savage Sword of Conan, Crazy Magazine, y comenzaba la epopeya de la mítica Epic Ilustrated.

Para esta publicación vuelve Bill Mantlo, quien había sido el último guionista de la serie, junto a Gene Colan y Michael Golden en dibujos, además de Klaus Janson, Bob McLeod y Dave Simons como entintadores (o embellishers como les decía Marvel). Lo primero que deja en claro el guionista es que esto es una continuación directa de la etapa anterior y no un “fresh start”, incluso reaparecen personajes y antagonistas secundarios. Una particularidad de esta faceta del protagonista es que cada magazine (nueve en total) presenta historias cortas sin ningún tipo de continuidad entre ellas. Como un agregado extra, cada número incluye en la reiteración de tapa, pin-ups a cargo de distintos artistas, como Trina Robbins, Dave Sim y John y Marie Severin entre otros.

Teniendo en cuenta que Steve Gerber abandonó el barco dejando la vara en un estrato casi inalcanzable, uno podría darse el lujo de dudar si Mantlo era el indicado para continuar con las aventuras del pato. Pero estas revistas le alcanzan (y sobran) para mostrar que es el indicado para elevar todavía más dicha vara. Trata de insertar a Howard dentro del mercado laboral como taxista y establece a Beverly como su interés romántico y mutuo como para darle un cierto marco de “normalidad” al personaje. E irónicamente funciona, porque después de haber leído por varios números el latiguillo “a talking duck”, es Howard quien ahora comienza a cuestionarse la “suspensión de la credibilidad”.

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Buena parte de esta saga se centra, podemos decir, en deconstruir por completo el “American way of life”. La tercer revista es un especial navideño donde Howard trata de convencer a una nena con los padres separados de que la Navidad no es una mierda, en medio de un relato donde la sociedad de consumo, el concepto mercantilista de la festividad homenajeada, e incluso la utilización de la energía nuclear como fuente moderna de energía son puestas bajo una lupa. Dos números más adelante, Howard consigue trabajo de niñero cuidando a tres nenes criados bajo el yugo del Captain Americana, un soldado creyente del senador McCarthy (el del macartismo, sí) que trata de mantener a su familia con la moral y las buenas costumbres. Graciosamente, los críos son unos salvajes que estan cansados de ese estilo de vida en el que fueron criados, basado en los años 50, una burla pasada por abajo de la mesa sobre la mala influencia que tenían algunas formas de entretenimiento en los chicos.

Pero si hay un punto verdaderamente alto en cuanto a la ironía, está en el segundo número, donde se hacen cargo de un asunto peliagudo: los pantalones. Primero hay que explicar algo que fue omitido deliberadamente en la nota anterior, porque cobra su máxima relevancia en este momento. A medida que el personaje explotaba en popularidad, la gente de Walt Disney decide encarar a la editorial, alegando ciertas similitudes entre la creación de Gerber y el pato Donald, algo similar a lo que hizo la National Publications cuando Captain Marvel pateó el tablero superheróico encabezado por Superman durante la Golden Age. La editorial decide calmar las aguas con un rediseño y recoloreado de Howard, pero esto no le alcanzaba a los abogados de Disney, había que vestir al personaje.

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¿Y qué hace el guionista? Una historia donde un modista con poderes de sugestión manipula a un puñado de citadinos de Cleveland para que se manifiesten contra la desnudez animal. Si Howard quería seguir vivo, tenía que ponerse unos pantalones que completen su traje. Pero claro, este relato no es una inocentada: el modista se llama Wally Sidney que, antes de consagrarse en su profesión, quiso ser un animador de éxito, creando a una… rata que viste con pantalones y habla. Y por si no saben a quién se refiere el guionista, el local de Sidney se llama ¡Sidney Land! Pero esperá, ¿seguís sin agarrar la referencia? El enorme éxito que acumuló Sidney con sus trajes a medida, logró su llegada al cine con una “fashion film” llamada… Pantasy. Así es como La Casa de las Ideas no solo sorteó un problema, sino que además generó una de las historias más sobresalientes de este volumen, con una gran mojada de oreja.

Otra cuestión en la que el guionista recoge el guante del pasado es con el existencialismo y el sentido de pertenencia del personaje, llevándolo a un alto extremo en la sexta revista, cuando nuestro héroe, cansado del frenético ritmo de vida norteamericano, decide volver al Duckworld junto con Beverly. Allí se encuentra que, tras su desaparición, se convirtió en un Mesías. Nuevamente Mantlo pisa el acelerador, y tenemos frente a nosotros 50 páginas donde se ridiculiza por completo el mecanismo económico de los telepredicadores, que estaban en alza para este entonces, mientras hace un repaso por los convulsionados años que estaba pasando Norteamerica. Hacía no mucho había ocurrido el Watergate y el triunfo del Vietcong, un cóctel que impactó de lleno en un país convulsionado, y tanto mete el dedo en la llaga Bill, que hasta se atreve a contar los asesinatos ocurridos durante las manifestasiones estudiantiles contra la guerra de Vietnam. Por su lado, Howard se siente incómodo dentro de esta posición de (falso) mesías, y cae en la cuenta que, a donde sea que vaya, siempre se va a sentir un sapo (o más bien, pato) de otro pozo.

Además de presentarnos el origen secreto del pato, se termina de armar un worldbuilding que había comenzado, en un gran acto de metalenguaje historietístico, en el cuarto número de esta serie. En este, la revista se convierte íntegramente en un homenaje a la Playboy, parodias incluídas a Truman Capote (que tiene su espejo de alas y pico llamado Truman Capoultry, personaje clave para la historia del Duckworld) y Norman Mailer haciendo entrevistas, comentarios y reseñas de libros de ciencia ficción para adultos.

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Tanto hablar de las grandes bondades del guionista, es menester también alabar la parte gráfica. Colan permanece en la gran mayoría de las historias, siendo el artista definitivo para el personaje (como bien dijo un fan en el correo de este magazine), pero esta vez siendo en un nivel todavía más alto debido al blanco y negro además de la compañía de Klaus Janson. Su estilo realista se resalta gracias a la mejor impresión que recibían los magazines en comparación con los comic books. El otro dibujante titular es un Michael Golden que está dando sus primeros (y grandes) pasos en la historieta tras un breve paso por Batman en la Distinguida Competencia. Éste muestra estar a la altura del maestro Colan con un estilo cercano al realismo del último pero que también muestra cierto nivel cartoonesco, sobre todo en el episodio del Duckworld.

Mientras tanto, Gerber continuaba masticando el resentimiento propio del destrato con la empresa, que termina de explotar cuando se entera de la peor noticia: Marvel quería hacer una película con el personaje. Era momento de tomar las acciones legales, pero necesitaba ayuda para recaudar fondos. ¿La idea más loable? Publicar un cómic. Le faltaba alguien que le hiciera la segunda con los dibujos, y se encontró con otra persona que también le guardaba cierto rencor a la editorial neoyorkina: Jack Kirby.

(El mes que viene, el pato se convierte primero en rata y después en guerrillero)

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