Memorabilia: Moon Knight #26

Con la confianza de un segundo año publicando Moon Knight y la marcha incesante hacia la experimentación de Bill Sienkiewicz, la serie guionada por Doug Moench llegó a un punto cúlmine en diciembre de 1982 con Hit it!, una obra maestra de la narrativa que sigue influyendo casi cuarenta años después.

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La proeza editada por Denny O’Neil (al que el mundo despide con un dolor tan incalculable como su aporte a las historietas) abre con una página editorial tan especial como el número al que precede. Sabía lo que tenía entre manos, preguntándose a sí mismo cuáles eran los límites a los que podía llegarse sin perder la esencia del personaje. Desde ese texto blanco en minúsculas, como reforzando su filosofía de “la mano invisible del editor”, deja ver las intenciones e invita a los lectores a ser críticos con las decisiones tomadas.

Dos hilos conductores en el clásico splash de Moon Knight #26: los dobles sentidos a veces se multiplican y la batería siempre toca un rojo sangre. La narración de Moench, un titán del diálogo y la prosa equisciente, marca el ritmo de la historia con un compás específico. Una descripción de la primera página explota en las dos siguientes, la forma de los comics por venir se arma a partir de un lienzo negro donde comienzan a formarse colores musicales. Bill Sienkiewicz deja caer cuatro líneas de tinta sobre la figura de una banda de jazz, el punto exacto donde se encuentran los intereses artísticos de Austin Briggs y Norman Bluhm. El escritor define a la perfección una pieza polifónica que se encarga de separar al baterista con la frase “but the drum…” y el dibujante inclina el trazo para más énfasis. Una viñeta aparte, alejada de los colores de Christie Scheele, que pronostica un repentino cambio de cadencia.

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I. Los dobles sentidos a veces se multiplican

Hit it!: un baterista marcando el ritmo, una mujer golpeando su televisor, un bateador siendo arengado por la multitud, el derrumbe programado de un edificio. Si los dobles sentidos a veces se multiplican, también la exactitud de Moench para el relato que continúa en el siguiente splash. La figura de Moon Knight, representada con el detalle anatómico y el aplomo otorgados por un lápiz atlético, se lanza entre los edificios hacia su nueva aventura. La expresividad en su rostro, esa mancha negra atravesada por dos puntos blancos, es la proeza final de Sienkiewicz: imbuir de gesto a una cara vacante, en lo que parece ser un agradable paseo para el héroe nocturno.

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No muy lejos de su trayecto, un hombre llamado Joe lee un obituario que cambiará su vida. Es poseído de inmediato por un recuerdo infantil, oculto debajo de años preparándose para la venganza contra su padre, al cuál le hubiese retribuido años de golpizas y maltratos en una paliza infernal que ahora no tiene receptor. Su ira explota y comienza a recordar todas las noches sin dormir por el dolor, el modo en que su padre lo abandonó sin dejar el gusto de devolvérsela, y la memoria (más representativa) del niño siendo golpeado por tocar un tambor. La batería siempre toca un rojo sangre, esta vez en el registro de un John Bonham dibujado, que lo obliga a golpear transeúntes al azar que se crucen en su camino.

II. La batería siempre toca un rojo sangre

Hay un traspaso muy marcado a la locura entre dos páginas. La puesta cambia, empieza un montaje de movimiento con el detalle del tambor rojo que nunca deja de sonar. Es notoria la falta de onomatopeyas, de un “Sound FX” de guión de comic reemplazado por trazos y espacios vacíos, como si se estuviera haciendo con una mano atada a propósito.

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Motivos deliberados terminan por definir una estética que explota en la casa funeraria, una página basada en la repetición de paneles con el fin de meternos en un estado catártico. La ira es palpable en los cuerpos, dibujados con un movimiento preciso y logrando que cada viñeta reiterada parezca una nueva. El brote y el delirio son tales que el lector (y Joe, dado el caso) sale del trance ante la aparición de un Moon Knight rezagado. Sus ojos miran desde arriba la figura de un hombre que necesita ayuda, y por un momento las voces se callan en un brillante uso del espacio en blanco.

Hay un cura en ese lugar, tan aterrorizado y humano como el pobre Joe, pidiéndole al héroe que golpee al agitador. Le dice que debe pararlo, porque eso es lo que el justiciero hace. Pero, como decía el querido Denny en la página editorial, ¿qué es lo que hace Moon Knight? ¿Qué acción sería la solución en un comic contado de esta manera? Llega un punto donde un trauma tan real no tiene un desenredo lógico en el supuesto escapismo comiquero, donde a veces el conflicto no es tan maniqueísta como el héroe o lector quisiera. Joe y Doug Moench le tiran un hueso, haciéndole notar que negarse es ser traicionado: sus buenas intenciones, estériles, lo obligan a resolver esto a la vieja usanza. En la coronación de la locura, larga vida al Rey.

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