El humor según Carlos Trillo y Enrique Breccia

A pesar de ser escrita por Carlos Trillo y dibujada por Enrique Breccia durante la dictadura, El Reino Azul fue publicada en agosto de 1985. El doceavo número de la Revista Fierro vio la luz en el marco del Juicio a las Juntas, y con ese ejemplar (a cuatro meses de la sentencia) aparecieron ocho páginas de historieta que dejaron su marca para siempre.

Revista Fierro El Reino Azul

Historia infantil con algo de escatología. Con ese subtítulo, El Reino Azul abre su primera rama de representación en página. La muestra de habilidad total del guion a la hora de convertir la realidad más cruel en una resistencia tan rebelde como versada en escarnio. El “¿cómo lo hizo?” que suele aparecer en nuestras cabezas cada vez que leemos a Trillo, su habilidad a la hora de dejar puntos sin unir para que el lector complete, acompañado en este y muchos otros casos por un sentido del humor único.

El Reino Azul

La historia del Rey que quería pintar todo de azul, destacando a su reino para maravillar a los otros pueblos, está escrita en una cursiva pueril que es solamente interrumpida por mayúsculas autoritarias (el Rey a los gritos) y resaltados en colores, como un dispositivo despótico para convencer al reino sobre el supuesto poder del azul.

“En mi reino todo debe ser azul. Y cuando digo ‘todo’, quiero decir TODO”. El nombrado Rey no es otra cosa que una bola de nariz larga y una mandíbula que es toda comedia visual por sí misma. Breccia juega con la forma física del personaje, convirtiendo cada panel en algo con lo que un lector podría reírse por un rato largo sin mudar de foco. Su boca cambia de forma y se convierte en un círculo perfecto, o en una línea seccionada por dientes triangulares que lo asemejan a un escualo sin filo. Las medallas y la coronita que posa sobre su cabeza, gigante y rodeada de mosquitos, aportan al trastorno infinito del soberano. También es acompañado por figuras clericales, gorilas de traje, verdugos, e inclasificables seres voladores que aconsejan o asienten a todo sin chistar. Un escolta uniformado rompe la fauna fantástica, con una prominente pistola enfundada -amén de lo caricaturesco en su forma- que no nos deja olvidar de qué estamos hablando.

El Reino Azul Carlos Trillo

No hay apatía en sus pedidos, sino una pasión que cubre la falta de talante. Sus globos de diálogo son estridentes y tan angulares como sus dientes, pero sus líneas no dejan de ser un anhelo débil. La secuencia en la que nace la idea, dibujada con una síntesis punzante, lo muestra más afligido que reflexivo. Una puesta acompañada por vasallos expectantes a lo que será otra ocurrencia horrenda.

Pintar todo de azul parece sencillo. Legiones de agentes, con tachos de pintura azul por cabeza, salen marchando del palacio para colorear el pueblo y los campos. Hay un éxito breve que es suspendido por una intervención biológica: ni con el agua azul, ni con lentillas azules para los ojos, la gente ha dejado de hacer caca marrón. Esa misma noche empezó la rebelión silenciosa.

Entra en escena la precisión en las palabras utilizadas por Trillo. Hay una fuerza (o falta de la misma) en la palabra “caca” que la hace inmediatamente graciosa en contexto. La repetición aporta al humor de la situación, el término nunca deja de ser chistoso y encuentra nuevas oraciones donde pueda intervenir. “Que toda la gente continúa haciendo caca marrón, pero eso está prohibido” escribe, mientras el Rey se arranca la cara a arañazos. La palabra muta a “excrementos marrones” -diseminados acá y allá como descripción geográfica, afrenta como mote del acto- y la imagen se hace presente en todo su esplendor. Una noche estrellada con la silueta en primer plano de la deposición, gigante en relación a los guardias arrestando al infractor. La necesidad se convierte en manifiesto en dos viñetas seguidas: un habitante disfrazado de paloma hace caca sobre un monumento al Rey (con diálogo de paloma incluído) y un guardia defeca en su propio casco, escondido detrás de una pared. De fondo se divisa al monumento con algo posado sobre su cabeza, imposible de distinguir si son heces o la corona. A esta altura tampoco hay diferencia.

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El Rey, vencido, hace mímesis con su estatua y propone pintar todo de marrón. Se fija una sucesión risible, un mecimiento imposible de convicciones que no pierde sagacidad (o, mejor aún, hace que el monarca debute en la misma). El poder de las deyecciones doblega su doctrina de coerción y caprichos, pero tanto el pueblo como el lector se encuentra en un aparente jaque mate. Trillo y Breccia abren la puerta al absurdo con un movimiento tan imposible como el pretendido control total. Se genera en la última página un montaje sin fisuras, una puesta que arma el clima para el remate perfecto. Hay tanto de invitación a la ficción -la aventura sin fin de la imaginación que se proyecta en este universo, convirtiendo lo irrealizable en verdad- como de sentido encriptado, y es esa mezcla lo que hace que la conclusión sea gloriosa. Una fuerza dentro del metalenguaje de la obra, convirtiéndose en la resistencia que se hace presente dónde y cómo sea. En un reino de órdenes impracticables, con un mandatario tan cruel como inútil, la insumisión inalcanzable es concebida. En el medio de una calle marrón, iluminada por un farol marrón y vigilada por guardias marrones, había un sorete azul.

Enrique Breccia El Reino Azul

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