Diario de una desaparición: Manga will break your heart

Trabajar no siempre da situaciones placenteras y a veces solo se convierte en un generador de estrés. Ahora, vos que lees esto y quizás trabajás en una oficina medianamente cómoda durante ocho o nueve horas cinco veces a la semana, imaginate lo que es el trabajo de un mangaka. Las deadlines de diversas obras se van apilando y acercando, los problemas con los editores también, y además formas parte de ese concurso de popularidad que proponen las antologías shōnen que garantizan (o no) la continuación de las historias y el consiguiente sueldo. No todos pueden soportar este peso y algunos terminan por quebrar, como le pasó a Hideo Azuma.

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Shissō Nikki (Diario de una Desaparición), publicado por East Press en Japón y luego por Ponent Mon en inglés y español, narra las consecuencias que sufrió Hideo Azuma tras sucumbir ante las presiones laborales de ser un mangaka. Azuma es un artista de vital importancia que transitó ascenso, popularidad y caída a lo largo de los ’70 y ’80 con obras humorísticas y de ciencia ficción, además de ser uno de los impulsores del género lolicon a través del fanzine (dōjinshi, tal como le dicen a las obras autopublicadas) Cybele, impulsado por él y colegas del estudio donde trabajaba. A principios de los ’90, el autor comienza a tocar fondo y huye de su casa por primera vez para dar comienzo a la historia en cuestión.

El libro está dividido en tres partes que muestran sus dos desapariciones, los motivos que lo llevaron a tomar esa decisión, y por último, las consecuencias que le significaron el abandono y el alcoholismo que también transitaba por aquella época. Una extraña manera de tratar el tiempo, yendo constantemente para atrás y para adelante, pero el recurso funciona. Uno puede agarrar el libro ignorando si es autobiográfico o incluso desconociendo la importancia del artista dentro de la historia del manga, y así convertirse en testigo de la superviviencia de una persona que, de un día para el otro, la presión laboral lo termina alienando.

El impacto más grande lo da la segunda parte, cuando nos traslada al pasado para contar con lujo de detalles el ascenso y caída referenciado anteriormente: ¿un homeless llegó a ser par de Osamu Tezuka? ¿un deshauciado que se convirtió en gasista de un día para el otro se puso a negociar con la gente de Shōtarō Ishinomori? Así fue. Azuma, un genio que sucumbió a las presiones de su talento, muestra lo caníbal del trabajo para la industria (la editorial Akita Shoten, en este caso). Discursos motivacionales se conjugan con aprietes para ser un artista vendedor o un fracasado absoluto, volverte héroe o villano a medida que te vas atrasando con las entregas o si tus libros no venden. Su paso por la Shōnen Champion fue un suplicio donde las sugerencias del editor eran cosas que detestaba hacer, mientras se hacía una posición como artista picaresco. Hasta se podría hacer un trabajo de comparación con Bakuman, y ver cuánto cambió, entre los ’70 y la actualidad, el trato (o destrato) para con el artista, las exigencias, y sus fatales consecuencias.

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Si bien el título hace referencia a su desaparición, el tópico que más fluye a lo largo de la historia es la supervivencia. Con lujo de detalles, Hideo relata todo lo que tuvo que hacer para dormir, comer, relajarse, huir de la ley que detenía hurgadores de basura y a los que vivían en el parque. Las dos veces que escapa, debe sobrevivir a situaciones climáticas desesperantes: las nevadas en diciembre y al duro verano. La protección ya se complica y hacer fuego es revelar su posición a la justicia. Sobrevivir también es parte de su carrera como mangaka profesional, la pérdida de seguidores masivos para convertirte en un artista de culto puede ser interesante, pero a los que te dan los cheques a fin de mes no les importa en lo más mínimo. Ser un genio para pocos te hace jugar la permanencia en la industria.

Azuma relata su vida sin tapujos. No hay altruismo, heroísmo o lástima en cada uno de sus actos, él simplemente relata un período de su vida, dejando al lector en posición de juez, jurado o verdugo. En medio de las penurias nos enteramos que, a causa de las escapadas, abandona a su mujer y a sus hijos. Su familia queda relegada a simples cameos e incluso algunos bastante violentos (Azuma mismo admite en comentarios sobre la obra que son las partes más duras que tuvo que afrentar): vemos en una escena al artista arrastrado hacia un hospital por un hombre, que es su hijo adulto del cual nunca vimos aparecer salvo para este momento crucial. ¿Cómo podría reaccionar el lector ante esto? ¿Uno puede sentir lástima de una persona que abandona a su familia? Las cosas son claras: nunca tuvo un quiebre mental o algo similar, simplemente se fue, como el chiste de salir a buscar cigarrillos y no volver. Esa última pregunta te queda dando vueltas en la cabeza una vez que alcanzás el final de la obra.

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En 1980, el artista James Romberger conoció a Jack Kirby en una convención neoyorkina. Romberger tenía la finalidad de mostrarle su trabajo al Rey, en busca de un consejo. El consejo recibido fue: “Poné tu obra en un museo, no hagas cómics. Los cómics te van a romper el corazón”. En este contexto tenemos a un Kirby harto del maltrato, el manoseo por parte del Big Two, y asimismo de la indiferencia recibida por el público. Dos años más tarde de la fecha citada, Luis Alberto Spinetta publicó un disco llamado Kamikaze, donde lo acompaña un texto que se sintetiza con la siguiente pregunta: “¿lamentablemente no hay más kamikazes de la vida creativa?”, asediado por la intención que un artista solo puede ser “más” si vende, el ascenso a las grandes ligas solo te lo permite el sistema capital y no tu contenido o destreza poética. Para unir puntos, uno puede percibir que Azuma sintió su corazón y su alma rotos por el manga. Darlo todo para obtener una respuesta contestada con el bolsillo podría bastar para que largara no solo su trabajo, sino su vida. Azuma es un kamikaze de la vida creativa.

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