Metaficción según Satoshi Kon

El mes pasado hablé de lo ingrato que puede ser el trabajo del mangaka y cómo afecta a su creador. Pero, ¿qué pasa cuando lo que te afecta no son tus superiores sino tu propia creación? ¿Puede el artista sentirse interpelado por su obra pasada y por cómo el designio de “el fin justifica los medios” afecta vidas, sin importar que éstas sean ficticias? Satoshi Kon plantea otra mirada sobre el aplomo artístico del artista, que de paso carga con algunas maldiciones.

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Opus es la obra maestra de Satoshi Kon serializada dentro de la Comic Guys de Gakken y desarrollada en el punto más alto del maestro. Para este momento, año 1995, estaba avocado fuertemente a la animación bajo el ala de Katsuhiro Otomo, de quien supo ser asistente y colega en varios proyectos tanto de manga como de anime.

Chikara Nagai es el mangaka detrás de Resonance, una historia distópica publicada en la revista Young Guard. El relato cuenta con relativo éxito, con ocho tomos publicados y acercándose hacia su final, momento ideal para que el autor, a efectos de generar impacto, mate a un personaje querido por la audiencia llamado Rin. Sin embargo, éste logra ingresar al “mundo real” y secuestra la hoja donde se visualiza su muerte a manos del villano principal. En lo que el autor no logra discernir entre realidad y sueños, termina entrando a sus bocetos, ubicados justo en el clímax de la historia.

La llegada de Nagai en un momento tan crucial termina alterando la historia. Obviamente el final planeado (y robado) no llega a darse y de repente la historia avanza en total estado de autoconciencia, sin depender de un guion. Su aparición y su conocimiento de lo que pasa con el villano principal deja atónita a Satoko, la protagonista de Resonance, que no entiende cómo una persona aparecida de la nada sabe todo. En paralelo, y resguardado en su hogar, Rin y su hermana ciega con habilidades precognitivas logran deschavar lo que sospechaban desde un principio: ellos son personajes ficticios. 

Los personajes se quiebran por completo al saber que, no importa qué ocurra con la resolución para bien o para mal, sus días están contados. En la toma de conciencia se imprime una gota existencialista en la trama y es también el momento en el que más se apega a cuestiones “burocráticas” propias de la industria del manga. El haber roto la cuarta pared, dentro de un mundo donde el manga existe, les hace saber que gane quien gane, la historia se cierra con un fin y sus vidas también. ¿Valió la pena para los involucrados haber pasado por todo un calvario para de golpe cesar con su existencia? En el medio del peligro, Nagai vuelve a su realidad para descubrir que, luego de todos los cuestionamientos que le hicieron sus personajes, decantó en una traba artística. No puede matar al que necesita para cerrar como quiere y esto altera a sus editores. El tiempo pasa, los últimos capítulos se van aplazando y la historia en modo piloto automático avanza por un carril que ni siquiera el artista sabe cuál es.

Satoshi Kon, al igual que Grant Morrison, utiliza la metaficción con propósitos teológicos ¿Por qué tenemos que sufrir tanto? Le preguntan los personajes a Nagai, quien sin escalas pasa de ser un presionado mangaka a una figura mesiánica para Satoko. Por supuesto, ella no comprende el funcionamiento del “camino del héroe” al que su “Dios” la somete. Para el artista/Dios nada es más importante que sus creaciones crezcan, y si tienen que ser sometidos, lo serán. La diferencia clave que separa a Opus del final de Animal Man es que, en esta obra, Dios es más compasivo al ver y escuchar las súplicas de sus torturados personajes. Irónicamente, los personajes quedan manchados y pervertidos al entrar en contacto con su ser superior, mientras que Nagai queda desconcertado ante el mal que tuvo que conjurar para que las figuras avancen casilleros. Apenas Satoko logra un baño de humildad cuando ingresa al “mundo real”, y descubre que lo que su creador le impregnó a su mundo es parte de sus vivencias y problemas  tanto a nivel personal como propios de un panorama mundial de violencia. E incluso así como Dios hizo al hombre a imagen y semejanza, ella está hecha a imagen y semejanza de Kanae, el interés romántico de Nagai, a quien nunca logró conquistar del todo.

Hay inteligencia en cómo se desarrolla el plot de Nagai dentro de su manga. Kon no solo hace un gran uso de la interacción personaje/creador, sino que integra con clase el concepto del “viaje en el tiempo” cuando Rin, en un intento de evitar su muerte, decide viajar a uno de los primeros tomos de la saga para detener el ascenso del villano principal. El autor de Opus aprovecha estos flashbacks para seguir explicando Resonance, dándonos más información que nos permita un vínculo más empático con los ficticios personajes. Este viaje en el tiempo además es una contrariedad, ya que se aplica una de las leyes básicas de no alterar los sucesos ocurridos en el pasado, so pena de afectar el presente, que en este caso sería borrar de la existencia al manga.

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Otra pata gran aprovechada en esta temática es el arte y cómo se integran a la trama los gutters y, sobre todo, los fondos. Como un meta-comentario, Nagai habla de la importancia de los fondos, en parte como una explicación de la importancia del ayudante para el mangaka (algo que Satoshi fue mucho tiempo). De golpe, un scooter dibujado “porque sí”, sirve como Deus Ex Machina para poder escapar. Asimismo, los fondos menos trabajados sirven como escondite para los personaje, y las partes más alejadas de la urbe pierden tamaño por un truco de percepción y quedan como si fuera una arquitectura básica hecha de cartón.

Quiso el destino que la Comic Guys fuera dada de baja en 1996 por falta de ventas y justo cuando a Opus le faltaba tan solo un capítulo que, obviamente quedó archivado. Durante la pausa generada por la cancelación, Kon se dedicó a su primera película, Perfect Blue, y el manga jamás fue terminado o recopilado. Sin embargo, el mangaka llegó a bocetar un final donde la idea metaficcional se retuerce todavía más: Satoshi se dibuja a sí mismo en el momento que los editores de Gakken le comentan el fatídico final de la revista y editorial. Y mientras decide dejar las cosas congeladas y dedicarse a su película, Nagai mismo rompe la cuarta pared descubriendo que él también es un personaje de historietas. Un Dios algo arrepentido de sus actos, conversando con su propio Dios para poder salvarse del olvido.

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En 2010, victima de un cáncer pancreático, la vida de Satoshi Kon terminó de manera abrupta a los 46 años. A finales de dicho año, la editorial Tokuma Shoten, bajo el imprint Ryu Comics, decidió recopilar la obra en dos tomos. Esta edición fue posteriormente recopilada por Planeta DeAgostini para España, mientras que en Estados Unidos, Dark Horse armó un único libro, ambas incluyen el final sin terminar. Este rescate permite apreciar a un artista en total estado de gracia, dejándolo todo, incluso cuando las contrariedades no se lo permiten. Nuevamente, esto es entregarse al arte con cuerpo y alma.

 

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