Metaficción según Paul Chadwick

El primer número de Dark Horse Presents es un punto significativo para los fans de Paul Chadwick. La primera aparición de Concrete marca un antes y un después en su carrera con una historia magnífica que se mantiene, más allá del hito, como la carta de presentación de un mundo hermoso. El entusiasmo por el arte, las posiciones políticas y sus pasiones. Leerlo es recibir un paneo de toda su vida y una reafirmación sobre la humanidad.

Para los que quieran leer una versión condensada de todo ese universo de pensamientos, el autor cierra el número con Brighter!: una magistral historia corta que oficia como lección de narrativa y declaración de principios.

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La propuesta de metaficción en los comics es una que reside en cuán transparentemente se use el medio. Limpidez o falta de tal, así como se puede hacer una lectura constantemente irónica (el imagine how your 3-D world appears to me de Allen Adam viene a la mente como un apropiado resumen) que mucha gente considera incapaz de evitar, en la otra punta del espectro aparece un “verdadero creyente”: alguien que acepta la realidad representada y abraza ese mundo ficticio sin concesiones. O, por un camino distinto, un lector que no para nunca de buscar nuevos contactos, que se adentra en ese mundo y pega la vuelta sobre la exploración como aventura. La posible lectura que, sin dejar jamás de creer, elude la capacidad del comic como narrativa sencilla. La noción de que cualquier obra está abierta a la interpretación como comentario del arte sobre la que se expresa. Estos sujetos se unen, eventualmente, en la innegable y compartida felicidad por la historieta.

Los personajes y eventos presentados en un comic aparecen, para los protagonistas de ese mundo, tal como son descritos en los paneles. Se sabe que no existe Superman, pero que se convierte en otra persona cuando se pone lentes es una verdad inexorable dentro de la ficción. La línea del descreimiento respecto a su identidad y la capacidad de sus poderes es borrosa en ese sentido, pero funciona en una sólida diégesis que solamente se rompe ante la presencia de un Mr. Mxyzptlk: un registro de realidad diferente hasta en el trazo. Los superhéroes son un buen punto de partida para hablar de Brighter! porque hay un lazo secreto, un origen alternativo a un personaje que reniega del conflicto. En la segunda página habla de una sociedad que le teme debido a una anomalía genética que le permite proyectar luz. Una poco velada mutante que quizás tenga contacto con Dazzler y los últimos números de la serie regular que a Chadwick le tocó dibujar (retocado más de una vez por John Romita, para su desagradable sorpresa). Un probable juego de análogos que requieren algo de investigación editorial y un poco de imaginación.

En la página uno, la protagonista dice: “Quise ser una intérprete. No, eso no está bien. Soy una intérprete. Lo que quería era que ellos me amen”. ¿Cuál es la importancia y la fuerza de este texto? Antes que nada, la utilización de la palabra performer, aquí traducida más bien rudimentariamente. No hay un lugar preciso para el término “artista”, que quizás Chadwick desechó pensando que era demasiado autorreferente (vale decir que si alguien puede hacer alarde de la expresión, ese alguien es Paul Chadwick). Se puede pensar como intérprete a esa persona ficcional, a ese ser hecho de pensamiento que vive en el tiempo congelado del papel, en miles de copias conservadas por distintos lectores. Cada uno leerá esto distinto, la hará interpretar en su propia manera lo que el autor dejó sellado.

Sobre ella se forma el título. Brighter!: cada letra encuadrada en su propia viñeta, incluído el signo de exclamación. Una historieta aparte.

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Hay un parlamento hermoso en el que ella expresa su dilema. Puede crear luz y belleza. Sombras, colores y chispas. Un láser para pelear contra esos personajes fantásticos que tanto la cansan. El lápiz cambia de registro, de dos paneles con ángulos picados que parecen de manual para una heroína con esa clase de poderes a un claroscuro con una figura solitaria. Un rayo es lanzado hacia la nada misma, a un cielo negro que solamente es interrumpido por esa misteriosa fuerza lumínica. En las formas también pueden aparecer imágenes que se mueven con solo pensarlo. A modo de ejemplo, arma un monigote cuyo movimiento trabaja en tres planos. Para empezar, la habilidad artística del autor le otorga fluidez total a una imagen fija. La protagonista expresa verbalmente lo que está sucediendo y describe el milagro que acaba de generar. El lector finalmente puede mover ese dibujo tal como la imaginación se lo permita. No solamente se piensa Chadwick como el maestro de esta energía luminosa; también invita al público a ser su propio mago.

Decide que va a inventar películas con mundos fantásticos y situaciones imposibles. La impulsa una creatividad febril que le permite elucubrar miles de imágenes -impracticables para 1986- haciéndole afirmar, con su puño cerrado e iluminado, “y todos serían yo”. El concepto hacedor, crear algo y que eso sea uno, quizás el diálogo más autorreferencial o perceptivo de la obra puesto en página. La luz tapa la cara, generando una difusión entre el personaje y el autor.

Sobre estos paneles, una exhibición de imaginación pura. Una inventiva que realmente parece más el trabajo de una proyección mental que de un artista integral invirtiendo horas frente a un papel.

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No sorprende que uno de los guionistas más indagadores de la condición humana termine esta historia con un optimismo tan puro. Un personaje, al que la sociedad trató pésimo, decide devolverle lo mejor al mismo mundo que la quiso destruir. Su reflexión final trata sobre los sueños, sobre dejar instituciones de paz y sabiduría que vivan más allá de uno mismo. La última página: ese no-lugar, esa casa vacía con las luces encendidas, la lechuza que mira al lector a los ojos porque busca cómplices más allá de su realidad. Hay una sensación de comienzo de algo nuevo en el traspaso de la viñeta en primer plano a la figura pequeña que se pierde en el prado.

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El siguiente número de Dark Horse Presents excede el nivel de autoconsciencia aquí presentado, con cartas que verbalizan lo que había sido sugerido en el primer número. Dos de ellas señalan el parecido con Dazzler, una simplemente insinuando similitudes, la otra odiando abiertamente al personaje marvelita y la posibilidad de un clon (aunque asume que Dark Horse es lo suficientemente inteligente como para no seguir ese camino, más una amenaza que una recomendación). La más importante -y la mejor escrita, obviamente- es la de Harlan Ellison. En un mar de opiniones cáusticas, la carta se centra en su amor por el personaje mientras insulta el New Universe de Marvel y golpea severamente a Jim Shooter, quien “debería re-aprender su oficio leyendo Concrete”. Habla de su programa de radio, de las similitudes de escenas en el comic con su vida propia, la extensión de la ficción que empieza a tocar realidades además de la del autor mismo.

Baja la guardia en su derroche abrasivo y detiene su escrito con honestidad para referirse a Brighter! como “una historieta resonante de la conciencia social que Paul Chadwick manifiesta en Concrete”, como si hubiese visto mucho más allá de su primera aparición.

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