Carlos Trillo, o cómo quebrar los límites de lo que no se habla

Pocas fechas en la historia argentina tienen una carga emotiva tan pesada e ineludible como el 24 de marzo de 1976, momento en el que se dio inicio a la última dictadura cívico-militar. Un reinado de terror que culminó con 30.000 desaparecidos y un conflicto bélico perdido contra el Reino Unido por la disputa territorial sobre las Islas Malvinas. Tras esto, una seguidilla de juicios e indultos de forma casi intermitente que dejaron una herida a lo largo y ancho del país que no termina de sanar, y que por consiguiente, la forma de referirse a este momento histórico sea delicada para todos. Todos, excepto para Carlos Trillo.

El clima opresivo de la dictadura no le fue indiferente a Trillo, cuya carrera comenzaba a ubicarse en su merecido pináculo a medida que transcurrían estos años oscuros. Ejemplos claros se encuentran en Bosquivia, (junto a Guillermo Saccomanno como co-guionista y Tabaré Gómez), Cosecha Verde (con Cacho Mandrafina) y Puertitas del Señor López (con Horacio Altuna), en las que la dictadura funciona como una excusa histórica o simplemente (y a veces sin tapujo) como una metáfora del síntoma de la época. La necesidad de decir cosas sin decirlas como son, pero para que un sector instruido y atemorizado lo supiera.

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El nuevo milenio nos encontraba si bien en democracia, también con la plana mayor de los partícipes directos e indirectos de este momento nefasto, indultados por leyes y decretos. Y también encontró al guionista trabajando principalmente para Francia. La editorial Albin Michel le encarga una obra policial cuyo dibujante, impuesto por la editorial, resultó ser Juan Sáenz Valiente en la que sería su primera publicación profesional. Publicada en 2004, Sarna sigue a Lucho Lasabbia, teniente de la policía federal, en su afán por salirse de la suya quebrando la mayor cantidad de leyes posibles con absoluta impunidad. Para Trillo, esta figura representa la “podredumbre de los que siempre ganan”, gente que no importa cómo, siempre se va a salir con la suya.

Lasabbia es la total cara de la corrupción policíaca, donde su deber se limita a ser un cafiolo maltratador. Su prontuario también lo señala como un partícipe activo en la última dictadura, lo cual atrae abogados que van en búsqueda de memoria, verdad y justicia. Esta novela gráfica se encarga de relatar cómo el Teniente logra salir airoso de un abogado con pruebas contundentes. Lasabbia no juega limpio, y en el medio su historia no hace más que empantanarse aún más.

Por otro lado, la Revista Fierro serializó a lo largo de 2007 y 2008 El síndrome Guastavino, esta vez dibujada por Lucas Varela y recopilada por Reservoir Books. En este caso, el protagonista Elvio Guastavino es un opuesto absoluto: un hombre de mediana edad cuya única ambición es poder comprar una muñeca de cerámica antigua, atormentado por una serie de parafilias y traumas del pasado, generados por su padre, un coronel respetado que solía llevar “trabajo a casa”.

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Entre 2003 y 2005, el presidente Néstor Kirchner decide revertir la situación judicial en la que se encontraban los ex-dictadores, nulificando la Obediencia Debida y el Punto Final, polémicas leyes del alfonsinismo, retomando los juicios y futuras encarcelaciones. Además, como declaración de prinicipos, Kirchner ordenó retirar cuadros de Videla y Bignone colocados en la ex-ESMA. Bajo este contexto de recuperación histórica, Trillo cuenta dos historias donde el foco, si bien no está bajo la dictadura (ambas historias ocurren durante la democracia, de hecho), sí está en sus personajes principales, que se encuentran atados directa e indirectamente a estos años. Un ex milico y el hijo de un coronel, ambos protagonistas, ambos victimarios con relaciones muy estrechas con victimas, ambos son dueños de una sordidez de la que no pueden (o no quieren) liberarse.

Tanto Lasabbia como Guastavino representan distintos grados o “tropos” de maldad, y aún así ubicados en puntas muy opuestas en cuanto a la fortaleza de su personalidad. El teniente es un ser detestable que vive utilizando cualquier ventaja que tenga a mano, y si no la tiene se la inventa. Elvio es absolutamente patético y unidimensional, pero no por falencia de escritura sino porque así la historia lo requiere. A Guastavino le conviene olvidar (o más bien, adulterar sus memorias) qué cosas pasaban en casa con su padre. Quedarse en el molde lo convirtió en este personaje supuestamente carente de ideología o motivaciones. O más bien, lo dejó con una única motivación bastante perversa. Pero aún así de distintos, ambos complementan combinados una mirada sobre la dictadura de una forma inusual: con humor negro.

Pero desde el vamos, sin importar que sean protagonistas o si triunfan en sus respectivas tretas, el autor deja en claro desde el vamos que no son personajes fáciles. Ronda en ambos un halo de desagrabilidad que no es esquivo. Lasabbia tiene tendencia a rascarse y olerse todo el tiempo, gráficamente representado con maestría por las constantes e invasivas onomatopeyas diseñadas por Saenz Valiente. Contraste maravilloso de un policía ojos azules que viste trajes caros.

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Guastavino, por su lado, lleva la suciedad hasta el paroxismo, a niveles insoportables. Su vivienda se degrada por el paso del tiempo y por la obsesión de Elvio por juntar la imposible suma de dinero que cuesta la muñeca de sus amores. Un nivel de masoquismo donde el impacto le alcanza a su pobre madre, completamente matada de hambre por su propio hijo.

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Otro aspecto de resonante desagrado es la forma que se trata el sexo, que ronda constantemente por las obras. En ambas historias no existe el amor, o más bien, es utilizado para demostrar debilidad. Lasabbia no solamente es un proxeneta que tiene aterrorizada a sus prostitutas, sino que además las usa para sus fines macabros, para destruir el único acto de pureza presente en la obra: el matrimonio del abogado Ferrer que lo persigue constantemente. Por su lado, Guastavino solo siente placer con las muñecas después de observar a su padre usándolas como testeo de torturas. La parafilia está todo el tiempo en momentos tan poco indicados, como en un parque donde una niña sostiene su ansiado objeto de deseo. Tanto Elvio como su padre Aaron representan la cara de la represión sexual, aquella que portaban los milicos rectos en su ordenanza religiosa, pero que desquitaban sus ansiedades sobre mujeres secuestradas, pero siempre como un acto de tortura. La falta de amor y la lujuria perversa sobrevuela junto a la incomodidad que generan ambas obras, y definen a fuego a sus personajes.

Una de las palabras más resonantes de la última dictadura militar es “complicidad”. Una sociedad que, aterrorizada o por conveniencia eligió mirar para un costado mientras los crímenes de lesa humanidad se multiplicaban y jóvenes comenzaban a faltar en sus casas, y es bajo este “high concept” que se puede englobar El Síndrome Guastavino. La pregunta resonante sobre el final acerca de las actitudes tomadas por el personaje es “¿es o se hace?”. Una de las revelaciones más importantes tiene que  ver, justamente, con cuál fue el rol de Elvio durante esos años, un recuerdo que antes lo perfilaba como un niñito inocente, a las pocas páginas lo convierten en un jóven con el mismo nivel de ingenuidad, o eso nos hace creer. El rol de las familias era tratar de mantener una cordura donde obviamente no lo había, y más cuando afloraban las represiones internas. Aaron Guastavino comete el error que signa a toda esta obra, que es la idea de “llevarse el trabajo a la casa”, un acto de inconsciencia que dispara un gatillo en la cabeza del joven Elvio.

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En Sarna, por su lado, la complicidad es el motor que impulsa a Lasabbia a ser como es. Además de saberse canchero e inimputable, sabe que nunca le van a morder los talones por ser funcional a un sistema igual de podrido que él. Las instituciones corrompidas por el poder y el gusto de la sangre son sus aliadas, y es además, lo que mejor lo representa. Así como abunda la complicidad, carece la culpa cristiana. Incluso cuando las cosas parecen escapárseles, el teniente cumple su “deber” sin un ápice de arrepentimiento, no mira para otro lado: le hace frente a las consecuencias de sus actos. Pero a su modo, siempre perverso, siempre a favor. La podredumbre de los que siempre ganan.

El Proceso de Reorganización Nacional sigue siendo un tema sensible por todos los motivos válidos ya conocidos, más aún luego de haber transitado un gobierno de derecha que intentó “suavizar” o “amigarse” con un pasado que, muchos, elegimos no hacer. En el contexto histórico que continuamos transitando desde 2003 hasta la fecha, Carlos Trillo utiliza dos figuras macabras como personajes principales para llevar a cabo obras en las que el humor negro se carga la solemnidad con la que se aborda el tema. Pero es inteligente: no los presenta como héroes o villanos, sino como humanos. Y aún así, casi como una propia contradicción, ellos no están humanizados, producto de la parodia absoluta de situaciones reales que acá se representan. El guionista no buscó dar lástima por Elvio Guastavino, así como tampoco logró mitificar a Lucho Lasabbia, sino que expuso al desnudo lo que son en realidad, dentro de un marco, imitaciones caricaturizadas. Está en los lectores determinar si son actos de mal gusto, o simplemente, obras maestras donde las cosas se dicen de formas que nunca nos contaron. O que elegimos, por respeto, que no nos cuenten. 

 

Aclaración: las opiniones políticas vertidas en la nota son subjetividades ideológicas que pertenecen únicamente a quien firma la nota y no necesariamente representan al sitio en su totalidad.

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