Howard the Duck (Parte 4)

El nuevo milenio trajo consigo un gran renacer para Marvel Comics, después de una década infame que casi destruye a la compañía. La llegada de Joe Quesada al poder tras el nefasto reinado de Bob Harras trajo buenas ideas. Por un lado, la de revitalizar y recontar conceptos arcaicos de los clásicos personajes trajo el nacimiento del Universo Ultimate. Por otro, retomar imprints que apunten a un target adulto y sin censura trajo MAX Comics. Un sector ideal para que Steve Gerber haga las paces con la editorial (para la que ya estuvo trabajando unos años antes) y, sobre todo, con Howard the Duck.

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Este tercer volumen de Howard the Duck es una miniserie de seis números publicados entre marzo y agosto del 2002. El espíritu de esta encarnación es bastante similar a la serie original de los ’70: una historia sobre la nada misma, que golpea y destruye todo lo que se cruza en el camino, donde estos ataques están focalizados, en este caso, sobre la modernidad del nuevo milenio. Esto puede dejar la impresión de que la obra peque de estancarse en un tiempo pasado, pero durante sus momentos más brillantes la vigencia sigue estando ahí.

Por enésima vez, Howard y Beverly siguen enfrentando el desahucio, esta vez dentro de una casa ubicada en un basurero. Bev consigue un trabajo dentro de la corporación Globally Branded Content.com, que se encarga de manufacturar boy bands en el sentido más literal de la palabra: cada cantante se crea a base de minerales y proteínas, y aquellos que no sirven, terminan convirtiéndose en materia cruda para reprocesar y armar nuevos cantantes. Primera crítica certera a las discográficas del Siglo XXI con su intento de replicar, a su modo, nuevos grupos que puedan triunfar, y de paso, dejar tras de ellos, mensajes subliminales para moldear las mentes de las jóvenes chicas que los siguen. El punto alto de la parodia es que la eficacia de los chicos se mide usando a hombres maduros, con aparatos conectados a sus penes para medir la excitación.

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Howard, al enterarse de esto, irrumpe en las oficinas donde se revela que la mente maestra es el Dr. Bong, clásico villano del personaje, y tras una pelea, termina cayendo a un barril donde una alteración de la sustancia proteínica lo convierte en un ratón. De esta manera, Gerber recoge el guante que le tocó levantar a Bill Mantlo a finales de los ’70 tras ponerle pantalones al personaje luego de las presiones de Disney por su parecido con Donald (demanda que existía desde la primera serie). El protagonista se pasa el resto de la miniserie con esta forma, defendiéndose diciendo que es un ratón (mouse) y no una rata (rat).

La forma de como se cuentan las historias de Howard the Duck se puede pensar como una road movie, donde un personaje se mueve de un punto A a uno B, mientras varias cosas ocurren en el camino. La diferencia es que nunca hay un punto B claro, los caminos se mueven de manera impredecible y Howard, siempre secundado por Bev, se mueve a ciegas, directo hacia una aventura que él no desea atender, pero de la que no puede salir. Y lo que pasa en el medio son excusas holísticas para que el personaje no necesariamente atienda un “camino del héroe”, pero al menos comprenda su lugar en el mundo ajeno donde vive. Y obviamente son los lugares donde Gerber aprovecha para armar una crítica extremadamente abierta a la sociedad norteamericana del siglo XXI, cuyo consumo cultural se ve reducido a fórmulas esterilizadas en la música, personalidades de televisión con una veta de autoayuda tóxica y con más parentesco a un culto que un intento por optimizar la vida humana. Todo esto dentro de un clima enrarecido por el reciente atentado hacia las Torres Gemelas, que convirtió la vida norteamericana en una más hostil y racista.

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Además de eso, Gerber no tiene ningún problema en apuntar el arma y vaciar el cargador completo hacia los cómics de la década pasada. El tercer y cuarto número están dedicados  a la serie Witchblade (una burla a la hipersexualización de los personajes femeninos de finales de siglo) y al sello Vertigo, respectivamente. Resulta curioso este último lugar de ataque, ya que el guionista venía de hacer Nevada junto con Phil Winslade (dibujante de esta serie) cuyo personaje principal aparece parodiado. Howard y Bev terminan parando en una Casa del Misterio (parodia al viejo título de DC), cuya estructura es un homenaje al artista M. C. Escher, y sus habitantes son parodias de los clásicos personajes del imprint: Sandman, Hellblazer y sobretodo Transmetropolitan, cuya burda interpretación de Spider Jerusalem es fundamental para los últimos números.

Sin embargo, entre los números se arma un conflicto proveniente desde la religión, probablemente en el momento más sensible para hablar del asunto. Desde el cielo, se escapa el Deuteronomio, uno de los libros que conforman el Antiguo Testamento, que en esta historia toma forma de diablo. ¿Su objetivo? Poseer a Iprah, clara parodia a la conductora de televisión Oprah Winfrey, cuya forma de conquista mundial es a través de la autoayuda insoportablemente positivista. Obviamente, qué mejor némesis puede tener este demonio que Howard, un misántropo y pesimista absoluto, que no puede sucumbir ante el discurso empalagoso de Iprah. Todo esto para llegar al punto cúlmine de la obra: un diálogo entre el pato y Dios sobre la falencia de la religión y la creación. Probablemente el punto más alto de escritura de Gerber.

Cinco años después de publicada la miniserie, a Steve Gerber le detectan una fibrosis pulmonar, que lo obliga a estar en lista de espera para un transplante de pulmón. Desgraciadamente el 10 de febrero de 2008, el maestro muere en un hospital de Las Vegas tras complicaciones con la enfermedad. Un guionista rebelde e inconformista que nos deja de legado una gran pila de historias y un personaje tan irreverente como él. Pero este no es el fin de Howard. El mes que viene, otra miniserie donde además se revela que el pato es hincha de ¡Club Atlético Boca Jrs.!

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Stephen Ross Gerber, 1947-2008

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