Drogas según Dennis O’Neil y Neal Adams

No es intención de esta semana especial glorificar o condenar el uso de estupefacientes, sino más bien comentar y observar qué ocurre con este tópico tabú dentro de un medio que generalmente apuntó (y apunta) a un público ignorante del asunto y protegido por un país conocido por mantener una política más bien conservadora al respecto. Dos números publicados en 1971, sin embargo, se tomaron el delicado trabajo de correr el bochornoso velo que tapaba la problemática con las drogas.

La historia es más o menos conocida: los años ’70 no fueron los mejores para DC Comics, que comenzaba lentamente a perder terreno frente a la Marvel que publicaba títulos con calidad semana tras semana. Sin embargo, y pese al mal momento, cierto recambio generacional (y manera de trabajar) comenzó lentamente a cosechar algunos frutos. Uno de los primeros encargados en empezar a levantar la vara fue Dennis O’Neil. El guionista de una marcada ideología política de izquierda, que para inicios de la década trabajaba en la Justice League of America dejando su impronta, comienza a interesarse por Oliver Queen, personaje que carecía de título propio y sus apariciones se limitaban a la revista de la JLA y un cameo cada tanto en la Brave and the Bold de Bob Haney.

Mientras tanto, Green Lantern, que tenía título propio, estaba al borde de la cancelación por sus bajas ventas, por lo que Dennis arregló con su coordinador, Julius Schwartz, para una última oportunidad. Así es como en abril de 1970, la revista es bautizada Green Lantern/Green Arrow a partir del número 76. El aliado del guionista no fue otro que su gran colaborador Neal Adams. Si bien el tiempo puso al renacimiento del título en su lugar merecido, la dupla solo duró 13 números, ya que el reconocimiento y la chapa cosechada no alcanzó para doblegar los magros números de ventas, pero la revolución había comenzado sin importar el resultado económico. La idea de poner a dos héroes cuyos ideales se paraban en antípodas. Un héroe del pueblo contra un policía. Las temáticas abordadas en las revistas iban aumentando en complejidad, hasta tocar un punto alto en los números 85 y 86 (dichosos los años en que las grandes historias se podían contar en pocos números).

Snowbirds Don’t Fly y They Say It’ll Kill Me… But They Won’t Say When son, basicamente, los números donde se revela que Speedy, el sidekick de Green Arrow es un yonqui heroinómano. Pero dentro de ese breve resumen, hay mucho más para hilar ya que estas dos revistas tratan más sobre el abandono y sus consecuencias. No por nada, la historia comienza con un Ollie herido de gravedad a causa de un enfrentamiento con jóvenes drogadictos, quien es completamente ignorado por la gente, la policía e incluso por médicos en un hospital. La primera derrota al ego del arquero visualizada: la gente que vos elegís cuidar te da la espalda.

El segundo golpe al ego se lo lleva Hal Jordan, que descubre de primera mano qué pasa con la droga, sus efectos y, por sobre todo, sus consumidores. Somos testigos del momento justo donde al héroe se le rompe la burbuja de contención en la que está rodeado. Los problemas espaciales que recaen dentro de su posición como el guardián del Sector 2814 dejan de parecer importantes mientras problemas mínimos pero más graves asolan al planeta que juró proteger. En el medio de estas revelaciones, la dupla trata de detener a los distribuidores de la droga.

El tercer golpe, y probablemente el más duro, se lo lleva Ollie, no solo por el descubrimiento fatal, sino por los momentos discursivos protagonizados por el joven Speedy: la droga como un canalizador de la soledad. Roy, sintiéndose “a la deriva” cuando su mentor estaba más enfocado en su relación sentimental, termina refugiándose en lo que considera “un síntoma”:

Trastornos mentales se vuelven invisibles, al no dejar una marca reconocible, y terminan siendo menospreciados por atacar otros “síntomas” generados por la consecuencia de dicho trastorno o enfermedad. La soledad, no solo de Roy sino de cualquier adolescente real o ficticio, termina dejando secuelas más visibles y que, al no ser comprendidas, son reprimidas con violencia. La criminalización del consumo de drogas no deja de ser, en cierta manera, un chivo expiatorio para seguir ignorando cuestiones sociales más importantes, urgentes y necesarias. La droga a veces es solo una excusa barata para seguir reprimiendo juventudes.

Si bien el anecdotario cuenta que Denny tenía pensado un final más optimista pero Neal Adams lo convenció a él y a Schwartz de hacer lo contrario, hay algo de luz al final del camino. Speedy reconoce su error, pero él no es el único que tiene que aprender una “lección de vida”, sino también Green Arrow. El problema de la drogadicción no se resuelve golpeando dealers y castigando a los consumidores, sino entendiendo el por qué del acto de rebeldía, que se esconde atrás del chute. La idea del guionista de poner cara a cara a dos fuerzas que representan lo opuesto ideológicamente para que “aprendan una lección” mutuamente llega a su punto más alto acá, cuando son ambos quienes reciben el baldazo de agua fría que representa una sociedad aislada y reprimida, y las consecuencias de llegar tarde. Irónicamente, a continuación de este “punto alto” vinieron los dos últimos números y la temida cancelación. Pero el mensaje quedó claro e impreso. Ahora solo queda aprenderlo, algo que, cincuenta años después, no parece haber quedado claro.

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