Anual por Keith Giffen y Tom y Mary Bierbaum

Desde su aterrizaje en Image de la mano de Trencher en 1993, el paso de Keith Giffen por la editorial estuvo marcado por colaboraciones casi tan extrañas como el creator-owned que había presentado. De todos los encuentros del autor con Supreme, cada uno merecedor de una mención aparte, destaca el Annual #1: una historia que lo reunió con Tom y Mary Bierbaum, y en la que el juego de análogos se hizo más presente que nunca.

Los cuatro números que componen Trencher signan una relación entre Image y Keith Giffen casi tan extraña como la serie, la cual merece un análisis aparte, desde su desquicie artístico general hasta el escandaloso letreado. Pero sería complejo hablar del Supreme Annual #1 sin armar un mapa que comience en Trencher #3.

Julio, 1993: el antihéroe Gideon Trencher continúa su tarea de eliminar almas que han sido erróneamente reencarnadas. Un personaje de estilo sobre sustancia, en cuyos cuatro números el artista integral exploró nuevas posibilidades artísticas que incluyeron hasta un polémico lettering por computadora. En el issue 3 se junta a su creación con Supreme, metiéndolos en una batalla larguísima donde el sinfín de encuadres de Giffen y los colores de Lovern Kindzierski son los auténticos protagonistas. Sus siguientes incursiones con el superhéroe fueron en el hiperviolento Bloodstrike #5 (un número de una brutalidad absoluta, con algunos Giffenismos inconfundibles) y The Legend of Supreme, una miniserie de tres números con su habitual colaborador Robert Loren Fleming y nuevas ideas con respecto a qué debería suceder con el personaje. Clones, complejos mesiánicos, una incursión en la retrocontinuidad que le daría un origen “canónico” -y otras herramientas recurrentes de la dupla- pavimentaron el camino para que este héroe comience a ser algo más interesante.

Uno de los conceptos que plantea el guionista en esa historia es el motivo de la ausencia del protagonista durante los cuarenta años que no estuvo en la Tierra. Sabiendo las oportunidades que presenta un hueco temporal para la narración, ese lustro de posibilidades que ya había explorado en su Legion of Super-Heroes, dio rienda suelta a la imaginación y a la creación de un mundo distinto. Siendo el que más quiso explorar este concepto en el título, no es casualidad que esté acompañado por los Bierbaum, sus escritores legionarios. Aquí no empieza solamente el juego de las coincidencias con el legendario run de DC en base al conjunto de autores, además se trata de casi un anexo deliberado al volumen 4 de la Legión como continuidad estilística. El trío nos sitúa en un planeta con todos sus vicios presentes. Ruinas que chocan contra super-tecnología, atuendos que oscilan entre lo colonial y el cyberpunk, el pasto y el humo que conviven con cristales y naves espaciales. La imagen clásica del futuro sucio de Keith Giffen, esta vez entintado por Charles Adlard haciendo una imitación aceptable de Al Gordon.

La historia es simple. En la Segunda Guerra Mundial, Supreme mata a un nazi llamado Vergessen. Bajo circunstancias que nadie se gasta en explicar (clásica indiferencia Giffen, aún más clásico desliz Bierbaum), Vergessen sobrevive y desarrolla el poder de mutar en elementos de su entorno. Un genocida que lanza chascarrillos cuando mata inocentes y es un asesino a sueldo galáctico, “muy parecido” a Roxxas, el villano principal de la Legion of Super-Heroes en sus primeros doce números. Es contratado por un crimelord espacial que actúa en las sombras, “muy parecido” a Universo, otro villano clásico. Todo esto está enmarcado en una disposición de página habitual del dibujante, alternando viñetas con pantallas y hasta tomando dibujos exactamente iguales a algunos utilizados previamente por el conjunto creativo: cada primer plano de Supreme, tanto en las ruinas como en el espacio profundo, son recreaciones del issue #4 de la Legión, donde se da el gusto de dibujar a Mon-El y Superboy en el mismo número.

Cuando los adversarios se encuentran para la batalla final, Vergessen utiliza una técnica para convertirse en el mayor miedo de su contrincante y así poder vencerlo. El villano explota, porque el héroe no le teme a nada. Un remate que vale más que mil explicaciones. Y es que hay una honestidad total por parte del equipo a la hora de contar una historia de superhéroes en treinta páginas, en especial si se tiene en cuenta el recurso del tiempo perdido en que todo es posible. La lógica de narrar de a poco, a pesar de ser tildado de hermético -y a veces con mucha razón- que utiliza Giffen para este tipo de relatos y en esta época particular, es un truco muy difícil de llevar a cabo. La utilización de la grilla de nueve paneles, con detalles a veces indescifrables y diálogos deliberadamente confusos, le pide al lector que se aleje y vea la suma de las partes. Hacer todo esto mientras se cuenta una historia cohesiva y llena de emociones, incluso en el anual de un personaje ajeno y con lectores por ganar, es la labor de un profesional consumado.

Por otro lado, está la relación/maldición de los Bierbaum con los comics en general. Muchas veces por errores propios, otras por simple mala suerte, el matrimonio nunca terminó de consolidarse en el mundillo más allá del siglo treinta. Hicieron los guiones de los issues #39 y #40 de Supreme (ambos con historias de Jim Valentino) que finalizaban una etapa en el título y homenajeaban al recientemente fallecido ídolo legionario Curt Swan, un último hurra agridulce. En el número siguiente, empezaba el run de un guionista de Northampton.

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