Howard The Duck (Final)

Sexta y última parte del recorrido sobre los títulos del pato más irreverente y ácido del universo Marvel, y terminamos como empezamos: hablando de un título regular. Después de 39 años, Howard sale del formato miniserie para adentrarse en un ongoing que, de todas maneras, no dura demasiado ya que son 16 revistas a lo largo de poco más de un año.

La dupla artística encargada del quinto y sexto volumen de Howard the Duck fue Chip Zdarsky (pseudónimo de Steve Murray) y Joe Quinones, y desde el primer número cambian por completo el statu quo del personaje: sin su mítica acompañante Beverly, Howard se muda a New York para asentarse como investigador privado. La profesión y la nueva ciudad obviamente son una excusa para jugar a fondo con la relación del pato con el resto de los personajes marvelitas porque, si bien hubieron apariciones en los volúmenes anteriores, siempre fueron en menor medida y casi sin afectar el flujo de la historia. Acá, vecinos amigables como Spider-Man o Dr. Strange van tomando cierta importancia a lo largo de los números, sea para ayudar al protagonista en algún contratiempo o para directamente sacar las papas del fuego cuando las cagadas (que las hay y muchas) del pato van en aumento, además de funcionar como chistes recurrentes. El guionista se divierte al mostrarnos varios intentos de integrar a un personaje que nunca tuvo poderes y que trata de ponerse al nivel del resto de los héroes. Todos los intentos son un sonado fracaso, pero la gracia está siempre presente.

Y acá reside el cambio más radical que tiene este título, que tanto lo diferencia de los anteriores. Por supuesto, la sorna, la crítica social ácida está presente, pero no hay rasgo absoluto de la mala onda que Steve Gerber le puso al personaje: estos volúmenes son el opuesto absoluto a lo leído en los ’70. Zdarsky aplica niveles de parodia y comedia que se van superando número a número, pero sin dejar de lado la imperiosa necesidad del personaje de apuntar con el dedo a lo que está mal. Pero acá, en lugar de un halo pesimista, hay muchas risas y no solo a apuntadas a “lo social”, sino también al universo Marvel. Al integrar personajes clásicos, Chip no los coloca dentro de su physique du rol, sino que se los pervierte y moldea a necesidad de la aventura del momento. Y por supuesto, al estar publicada en plena explosión del universo cinematográfico plantado por Disney, la serie aprovecha para reírse de (o reivindicar) la ultra-fallida película de 1986 al integrar a la actriz Lea Thompson, quien hiciera de Beverly Switzler, a la trama, y en cierta manera “justificar” que la película se hizo para llenar baches en la historia de Howard, refiriéndose a los momentos en el que el personaje no aparecía en los cómics.

Es llamativo cómo este título demuestra la versatilidad del personaje cuando tiene un buen escritor, más aún con algunos momentos intimistas. Al principio de la serie, Howard es secuestrado por el Collector y termina como prisionero junto a Rocket Raccoon (lo cual también sirve para que haya un cameo de los, en se momento populares, Guardians of the Galaxy). La intención de Taneleer Tivar es juntar una especie por raza para conservar su cultura, pero también tiene un lado secreto: generar clones de sexo opuesto de las criaturas. Lo cual lleva a que existan unas versiones femeninas de Howard y Rocket, cuyo número de origen es lo más cercano a una tragedia que una comedia, dándole un trasfondo muy rico a unos personajes que, de todas maneras, no volverían a tener más apariciones. También está el número #8 del sexto volumen, en el que se vuelve a juntar a la mítica dupla Howard/Bev, donde la colorada de Cleveland nos cuenta por qué se separa de “Ducky”, mostrándole a éste las consecuencias de tantas aventuras impertinentes sufridas por estar a su lado y dando a entender que ella siempre lo bancó pese a que él nunca le dio la atención que buscaba, un número completamente movilizante. Y siguiendo con el pato, se vuelve al deseo de regresar a su casa (parte principal del segundo arco), pero es bien visible su frustración por no poder volver, y sintiéndose incómodo al ser un imán de situaciones peligrosas para él y quienes lo rodean.

Por primera vez el personaje principal se cuestiona el por qué de estas calamidades y su falta de tranquilidad, escalando en la locura cada vez más alta hasta llegar a una explicación retorcida y metaficcional que desemboca en el final de la serie. Una conclusión bien cargada de comentarios un tanto amargos en relación a que le pasa a los personajes de bajas categorías (como él mismo) cuando cada muy tanto les llega la posibilidad de un título propio. Es interesante observar el contraste del nivel exacerbado de comedia que presenta los primeros cinco números que integran al quinto volumen y cómo la serie se pone, no necesariamente seria, pero sí con tópicos bajados un poco más a tierra, mientras las aventuras transcurren en el espacio e involucran a Galactus. Todo un trabajo de artesano de Zdarsky que, no le interesa ser un Gerber, pero sin dudas eleva al personaje con total elegancia.

Pero aún así no todo se pone “solemne” a medida que transcurre el sexto volumen que, cabe aclarar, esto ocurre porque los primeros cinco números se llevan a cabo antes de las Secret Wars de Jonathan Hickman. El evento marcó cierto “quiebre” en la continuidad de la editorial para que todos los títulos vuelvan a un nuevo número uno, por más que las aventuras sigan como en el caso de Howard the Duck o también el Silver Surfer de Dan Slott. Hay un momento de respiro en un breve crossover de dos números compartido con el título de The Unbeatable Squirrel Girl, escrito en ese momento por Ryan North y dibujado por Erica Henderson. Esta saguita simpática pergeniada a cuatro manos entre Zdarsky y North sirve para burlarse de algunos personajes “salvajes” como el querido Hank McCoy y nuevamente Rocket, que son secuestrados junto con Squirrel Girl, Howard y un Kraven completamente fuera de personaje para parodiar los realities de cacería. Un momento ideal para alivianar la tensión antes del encuentro del pato con Bev.

Muchos párrafos para hablar de las virtudes del guion pero sería imposible pasar de largo la excelsa labor de Joe Quinones en la faz gráfica. El primer volumen de cinco números lo vemos con Rico Renzi como colorista hasta que el propio dibujante se encarga de dicha labor. Hay una gran diferencia estética con el cambio de colorista, Quinones solo (aunque siempre acompañado por Joe Rivera en tintas), le agrega una tridimensionalidad al dibujo con el trabajo de sombras y degradé de colores. Su diseño lo acerca más a la idea de Gene Colan de personaje antropomórifco que al diseño más “animal” que planteó nuestro valor Juan Bobillo en el volumen anterior. Y por supuesto, Quinones se encarga vestir por completo al pato, pantalones y saco incluidos, además de prohibirle (o más bien, además de la prohibición de Joe Quesada y después Disney) el mítico habano. Para destacar y para deleitarnos, uno de los dos fillineros que tiene la serie es el mítico Kevin Maguire, que se encarga de ilustrar una aventura en la Tierra Salvaje con Daredevil, She-Hulk y Steve Rogers. Ojalá que en algún futuro, el tridente cómico por excelencia que es Giffen, DeMatteis y Maguire hagan algo con este personaje que, desde 2016, no asoma su pico en un título propio.

Hasta acá llegamos con las aventuras del personaje más irreverente de Marvel Comics. Pasaron los años, los guionistas y dibujantes, los formatos, los editores, el mundo siguió girando y cambiando, pero el sentido del personaje siguió ahí, estoico. Sus apariciones podrían ser reducidas, pero el árbol no tapa el bosque: cada uso fue hecho, si no fue por el creador, por fanáticos que supieron siempre qué hacer con él. No importa si llegan o no al talento visceral y desencajado de Steve Gerber, el amor por Howard the Duck siempre estuvo presente y los fans, agradecidos.

(dedicado a Steve Gerber y a la salud de Bill Mantlo)

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