Slaughterhouse Five: todo era hermoso

Basada en la novela homónima de 1969 escrita por Kurt Vonnegut, la adaptación de Ryan North y Albert Monteys editada por BOOM! Studios en su imprint Archaia, relata con maestría la historia de Billy Pilgrim, un veterano de la Segunda Guerra Mundial cuya mente viaja de manera azarosa a través del tiempo. Previamente llevada al cine, radio y teatro, este recuento destaca por examinar la narrativa del tiempo congelado en un medio que opera con las mismas herramientas.

A pesar de experimentar una vida desordenada, el evento principal que define a Billy (y a Vonnegut) es sobrevivir al bombardeo de Dresde en 1945. Un ataque táctico sobre el final de la guerra que dejó cerca de 25.000 muertos y una ciudad, conocida por su belleza, devastada. El autor utilizó esta circunstancia como vehículo narrativo para hablar de la culpa y las dificultades del trastorno de estrés post-traumático que inundaron los cuerpos de toda su generación; nunca pudiendo descifrar el por qué de sus acciones y su lugar en la sociedad luego de esas experiencias.

Vonnegut hace un trabajo metaficcional excelente, metiéndose a sí mismo en la novela como personaje y narrador, algo que Ryan North reutiliza cambiando la primera persona del relato por una tercera persona; toma y resignifica pasajes de su prosa para trasladar esa voz inimitable con un respeto que casi nunca roza el poco imaginativo recuento literal. Énfasis en “casi nunca”: es cierto, también, que jamás le suelta la mano al texto y que los momentos más creativos vienen por elementos gráficos y ubicación de globos de diálogo a cargo de Albert Monteys. Tampoco se puede hacer caso omiso a la tapa, en la que el nombre de Vonnegut es más grande y vistoso que el del dúo autoral, y quizás sea la clave para entender cómo funciona esta versión. Esta dedicación al original resulta en una representación absolutamente fresca a nivel visual, llevando a cabo decisiones de color y viñeta que dialogan perfectamente con el mundo creado por el escritor. El lector familiarizado con la novela puede ir marcando cajas con todas las referencias exactas, mientras se va sorprendiendo con las nuevas formas que la imagen otorga a la obra. Destacan las páginas de transición temporal, representadas como viñetas panorámicas que sirven para saltar de escena, así como los cambios de colores que marcan la metamorfosis espacial entre páginas. Vale la pena resaltar el detalle en los tonos cromáticos de personajes apareciendo en recuerdos o en marcos de tiempo ajenos, un nivel de atención increíble.

Los mejores momentos suelen venir en la geografía de las viñetas, donde cada angulación está estudiada al detalle y el artista juega con el match-cut que cambia personajes de los entornos y los devuelve en su misma posición. Cada escenario, sea un campo de prisioneros o el consultorio de Billy, tiene una identidad característica. Cada punto de fuga, cada ubicación del protagonista, todo está puesto de manera precisa y sin nada librado al azar. Estas páginas, probablemente llamando poco la atención sobre sí mismas, están puestas en contraste con esquemas poblados de detalles: el listado de pertenencias de los soldados, algo muy poco trasladable a la historieta, está resuelto con virtuosismo, emulando los avisos de G.I. Joe, comentando qué artículos traía cada figura. Es en estos momentos, basándose más en las reglas del comic que en la novela, que la obra encuentra una voz distinta. El cambio más certero es convertir las historias de Kilgore Trout, el autor de novelas ficticias que el escritor imagina en su obra, en historietas que remiten al estilo EC.

El comic-dentro-del-comic de Monteys le otorga una nueva vida a lo que los lectores previamente solo podían imaginar en la prosa inexistente de Trout (amén del ejercicio metaficcional de Philip José Farmer narrando como él en Venus on the Half-Shell) y vuelve a probar que esta adaptación busca nuevos horizontes. La estructura no-lineal del libro trabaja en viñetas y siempre con la lógica del mosquito en el ámbar, con todo sucediendo al mismo tiempo. Los Trafalmadorianos, esos aliens que le explican a Billy Pilgrim cómo se maneja el universo y piden que deje de buscarle un “por qué” a la vida, también forman parte de la estructura que le enseñan. Nadie escapa, ni siquiera el propio Vonnegut, al que retrucan su introducción al libro en la graphic novel (la visita a la casa de su amigo Bernard y su esposa Mary, los primeros atisbos de sus intenciones para la novela, el marco para que los lectores no queden perdidos en la narrativa desmontada) poniendo varias páginas de experimentación con formatos antes de caer en la historia principal. Constantemente imaginan nuevas formas de adaptar y de homenajear a sus ídolos comiqueros y literarios para generar una idea absoluta de lo que intentan narrar, sin guardarse nada y sabiendo que no pueden fallarle a algo tan enorme.

Sobre el final, cuando estos horizontes están totalmente señalizados por North y Monteys, cuando Vonnegut se convierte en un personaje recurrente y cuando la puesta en página comienza a romperse en espacios vacíos, la novela gráfica demuestra su genialidad a pleno. La recreación de un libro bestial e inalcanzable, que sin embargo sigue coleccionando adaptaciones que le hacen justicia, suma con Slaughterhouse-Five a la que tal vez sea su compañera más preciada.

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