La adultez según Osamu Tezuka (Parte 6)

Osamu Tezuka Fuusuke

La versatilidad de Osamu Tezuka es directamente proporcional a su ambición y deseo de creación. Su apodo como “Dios del manga” no solo deviene de ser el artífice de la narrativa moderna del medio, sino también por experimentar todos los géneros y hablarle a las audiencias de casi todas las edades y géneros. Para la ocasión, una obra con la que el artista probó si podría tener éxito en los estratos sociales más sacrificados y hostiles del Japón de fines de los ’60: los oficinistas.

Originalmente titulada “El Peor Asiento Reservado” pero luego recopilado bajo el nombre de pila de su protagonista, Fuusuke Shimomura, esta serie cómica se publicó originalmente entre 1969 y 1970. En esta oportunidad, la figura retórica de la “adultez” del autor no tiene nada que ver con los conceptos que se tratan sino con su temática y público. Se trata de la primera incursión del manga no kamisama en el mundo de los manga para los “salary-man”.

Este estrato social que continúa hasta el día de hoy en Japón, aunque con ligeras modificaciones, está conformado, en su gran mayoría, por hombres, tanto por jóvenes recién graduados de prestigiosas universidades como por adultos ya establecidos en el mundo profesional. Ambos grupos trabajan en grandes corporaciones que exigen un intenso desempeño de los empleados para que cumplan con las expectativas y, acumulando años de antigüedad y sin rebeldía, puedan ascender en la escala social. Esta clase de manga viene para contrarrestar el estrés y la presión acumulados por la constante demanda laboral de estos oficinistas. En su gran mayoría se tratan de parodias a situaciones de trabajo convencionales y con un gran condimento catártico, con ciertas dosis de humor negro, para descansar de la vorágine de la oficina, soltando carcajadas al ver cómo se burlan de los superiores, orinan los escritorios o las mujeres acuchillan a quienes se propasan.

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Tezuka se adentra en esta suerte de género y agrega un factor para diferenciarse del resto de los trabajos: el delirio. En esta obra, la locura y la exageración desmedida están a la orden del día y el autor no tiene problema en hacer pasar a su protagonista por las situaciones más irreverentes e inverosímiles que un oficinista podría experimentar. Desde un arrebato sexual que invade a las mujeres durante la luna llena hasta encontrarse con pequeñas criaturas similares a órganos sexuales masculinos y femeninos que terminan cambiando a la sociedad por completo. Los relatos pueden empezar en una oficina o tener un disparador ligado a la vida profesional, pero su desarrollo poco tiene que ver con las relaciones intralaborales. El único que ahonda un poco en lo que refiere a la vida en el trabajo es “La Corporación de los Tontos”, en el cual un empleado aún más vago que Fuusuke ingresa a su empresa y se resaltan las consecuencias e importancia de tener un chivo expiatorio en cada oficina. La constante que se repite es la mala suerte de quien da nombre a la revista, quien por A o B siempre sale perdiendo al final, en una última viñeta con remates incongruentes y fríos en los que no vale la pena ni una mínima reflexión.

La constante ausencia de límites, tanto creativos como temáticos, deja que el mangaka hable de lo que a él le plazca y como se le cante. Las relaciones sexuales son el tópico más presente en la historieta, una cuestión bastante tabú para la sociedad japonesa aún hoy en día. Como uno podría imaginar, la solemnidad no tiene lugar acá y toda escena que remite a lo sexual está dibujada y escrita sin un censor en mente. La mayoría de los personajes se excitan con tan solo ver un par de piernas y no tienen ningún reparo en engañar a sus parejas o tener una aventura laboral con tal de satisfacer sus deseos sexuales. Incluso a veces suele ser el motor de la narración, lo cual también le juega muy en contra al ser historias escritas hace más de 50 años y sobre todo para y en una cultura bastante machista en lo sexual y relacional. Lo cierto es que al ser una publicación humorística se dan más concesiones, pero el gag reiterativo y con olor a naftalina es recurrente.

Pero en cierta medida esta libertad termina jugándole en contra a la obra. Muchas tramas se dispersan para lados insospechados y varias veces Fuusuke cambia de profesión, país y hasta de época. En cierta medida es desconocido si estos cambios fueron en relación a la baja popularidad de la serie o por simple capricho de Tezuka, quien dicho sea de paso también aparece en algunas historietas con su inescapable cameo. La poca cohesión que tienen los relatos, cualidad que no tendría por qué tenerse muy en cuenta por ser una publicación humorística, termina dándole a entender al lector que se trataría más de lo segundo que de lo primero, lo cual termina por dañar un poco la obra.

Todas estas aristas se unen en el lienzo que aprovecha las cualidades de esta clase de manga con el característico estilo de su autor. Así, se aprovecha del trazo simple y acelerado de los artistas de “salary-manga”, quienes en su gran mayoría suelen dedicarse a este medio a una edad avanzada luego de vivir algunas de las experiencias que relatan y, por lo tanto, no muchos tienen entrenamiento formal o talento para el dibujo. De esta manera, combina estas identidades gráficas para fortalecer su humor a través de la narración, con bruscos cambios de estilos e incluso algunas reminiscencias a sus personajes. El resultado es una mezcla casi camaleónica y extravagante para el dibujante

La historieta no tuvo una vida longeva, como varios de los relatos que se analizan en esta columna. Al final, quedó como una de las miles de pruebas del mangaka por poner su impronta en un tipo de historieta que difiere en su totalidad con su bibliografía previa a esta obra en cuestión. Los resultados podrán ser discutibles, pero si el intento es de Osamu Tezuka siempre valdrá la pena leerlo, ya sea para comprender su magnanimidad o para ver un lado autoral poco visitado en general.

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