Black is the color: Los muertos no llevan nombre

Recopilada y publicada por Fantagraphics en 2013, luego de salir bajo formato digital en Study Group Comics, Black is the Color cuenta la historia de un marinero obligado a naufragar hasta que llegue su muerte. Julia Gfrörer escribe y dibuja una obra donde la agilidad narrativa se mezcla con las emociones más crudas.

Para hablar sobre Julia Gfrörer se necesitan pocas cosas. El agua, los cuerpos, el clima, el viento. El tiempo que pasa y que parece quedarse quieto a la vez. Las largas líneas de tinta en representación del oleaje, que se fusionan con los cabellos y las maderas de los barcos, en oposición a los espacios en blanco y la calma del océano manso. Su estilo gráfico es un excelente acompañante para la historia de Warren, el joven marino que es dejado a la deriva por su capitán en las primeras páginas. Hambriento y al borde del delirio, el solitario condenado (su compañero de exilio, un chico con una tos severa, muere rápidamente) es visitado por una sirena que lo acompaña hasta el final.

Eulalia, la sirena, le ofrece sexo y conversaciones sentidas. Él le revela sus intimidades y secretos, los pequeños momentos de apertura en su dura vida profesional que poco espacio tiene para la misericordia. Warren se hace más flaco y más enfermo a medida que avanza la historia, evidenciando el excelente panorama temporal que Gfrörer posiciona en página cuando los cuerpos enflaquecen o el mar se hace indomable, que a su vez juega con la grilla de seis paneles y hace eco de los fondos continuos de Frank King en Gasoline Alley. Una imagen única dividida en recuadros que juega con los espacios y las horas, quizás el recurso más vistoso de una artista que todo el tiempo tiene un truco detrás del lápiz.

Negro es el color de las nubes de tormenta que acaparan las páginas, un panel a la vez, cerrándose sobre un barco destinado a la destrucción. Negro también es el sentido del humor, que no pierde oportunidad para utilizar a sus sirenas como comentaristas del desastre: un grupo de amigas con el lenguaje de personas actuales -un pariente cercano a los acentos en The Last Temptation of Christ- disfrutando del caos y divirtiéndose con la desgracia de los marineros.

Estos momentos hacen que el amor de Eulalia se convierta en algo dudoso. La disimilitud entre las escenas de Warren viviendo sus últimos días y las sirenas es algo deliberadamente chocante. Quizás sea en estas decisiones donde la historietista se juega todo, arrimando al desagrado y la posible pérdida de su audiencia. No le alcanza con tener protagonistas distantes; debe también generar un disgusto probable. El anacronismo abrupto parece diseñado para filtrar, para soltar la mano del lector con referencias inmediatas y situaciones que no pertenecen al ambiente presentado: ellas hablan de sus amantes moribundos como levantes y observan naufragios como si estuvieran en un cine, mientras el protagonista vomita sangre sobre el agua.

El motor narrativo es la lucha del personaje por agarrarse a la vida mientras la sirena, su amante, lo deja morir lentamente. No interfiere con su destino, pero sus ojos negros son observadores pacientes del lento proceso, intercalando más y más la ternura de Eulalia con sus elementos más oscuros. En la noche de su muerte, una versión espectral de Warren visita a su esposa por última vez, dejando el mundo maldito del barco y llevando a tierra los componentes sobrenaturales.

Las despedidas en Black is the Color son tristes y honestas, haciéndonos creer que Julia Gfrörer bajó una guardia que realmente nunca estuvo tan arriba. La del marinero fantasma que deja una estela indescriptible a su paso y se acuesta con su amada por última vez tiene horror y amor en partes iguales, mientras que el último adiós de Eulalia, llegando únicamente a ver el cadáver y negándose a creer lo obvio, es de una crudeza total. Los últimos coletazos generan una melancolía vívida, se siente el peso del final para los personajes y la ilustradora se encarga de que ese cierre sea total cuando un cardumen de peces negros literalmente se come la página, terminando definitivamente con lo contado. Que no quede evidencia, que el último recuerdo sea la visita de unos fantasmas en nuestras casas; que la paz sea negra, como el color.

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