Regénesis según Alan Moore

Marvelman es, con total seguridad, el número uno dentro del panteón de héroes malditos. Nacido por la necesidad de un editor inglés para seguir facturando con un título que en Estados Unidos se había cortado por problemas legales, este rip-off del Captain Marvel fue el rey indiscutido de la industria comiquera británica durante una década. Tras una cancelación generada mitad por problemas internos y mitad por la “invasión norteamericana” de Marvel y DC a las islas, el personaje terminó en absoluto ostracismo, sin saber que tenía entre sus filas a un fan enfermizo, quien años después se convertiría en el guionista más relevante de los últimos 40 años.

Para la década de los ’80, la renovación de la historieta británica venía en las antologías, con la (hasta hoy vigente) 2000 A.D. de Fleetway a la cabeza. A posteriori, varias editoriales intentaron apostar con lo mismo, con resultados irregulares. Uno de estos editores, Dez Skinn comenzó a armar la revista Warrior con una idea en mente: revivir a Marvelman. En paralelo, una joven promesa llamada Alan Moore, que venía de militar el underground fanzinero en la revista musical Sounds, era un fan confeso del personaje que clamaba por su regreso. Con el guionista Steve Moore de intermediario, Skinn y el mago de Northampton comenzaron a trabajar juntos en la vuelta. La aventura en la Warrior no dura mucho por conflictos de intereses entre guionista y editor (y también con el segundo dibujante, Alan Davis) y es así como en 1984, la editorial Eclipse Comics compra los derechos de un personaje que, como el nombre original no tenía razón de ser contra las presiones de la gigante Marvel Comics, “renace” como Miracleman, pese a la negativa de Moore. Cabe aclarar que el tema de los derechos es un berenjenal eterno que nadie (ni guionista, dibujantes o editores) sabía bien a quién le pertenecían, pero eso no impidió que la serie durara 23 números.

La primera parte, mitad publicada por Warrior y mitad retomada por Eclipse, se conoce como “A Dream of Flying” e implica dos conceptos que, a partir de este momento, serían utilizados ad nauseam en la considerada Dark Age de la historieta que inició unos pocos años después, también de mano de Moore y de Frank Miller: el mito del eterno retorno y que las cosas no son lo que parecen, ni tampoco son tan sencillas. Por un lado, el “guionista original” se hace cargo del lapsus entre el Marvelman de Mick Anglo (el creador del personaje) dándole al alter-ego, Mick Moran, una “amnesia” causada por la última aventura del superhéroe luego explicada. Y por el otro lado, y adelantándose algunos años al mítico “The Anatomy Lesson” de Swamp Thing, se trata de explicar con “realismo” qué pasa con el personaje.

Porque “realismo” es el término que más figura cuando se habla de Moore y su obra, junto con “deconstrucción” o “postmodernismo”. Sí, Miracleman es eso, pero probablemente sea más existencialismo puro antes que nada, una obra crepuscular antes del “Dark Knight Returns”, porque los superhéroes ya no son la cosa más cool y colorida que fueron en los ’60 y ’70. Este mundo moderno, enraizado en la Guerra Fría y con una Latinoamérica sitiada con dictaduras ya no es un lugar brillante donde gente en calzas brillantes pueden combatir al “mal”. No por nada, el regreso de Miracleman, que además se da en un marco de un intento de robo de plutonio (más signo de los tiempos no se consigue) tiene un optimismo que dura más bien poco y solo despierta células dormidas del gobierno británico que tienen intenciones oscuras para con los héroes, desembocando en el final del Libro Uno.

Pero no hay que confundirse. Porque, otra de las cosas que más se menciona atrás de nuestro escritor es que él odia a los superhéroes. Y lo primero que resalta en la obra es todo lo contrario, un amor inmenso por el género. Por supuesto, el aura de estas revistas no será de las más luminosas, pero la deconstrucción se plantea en el capítulo “Zaratustra” (y un poco en el entrenamiento de Liz Moran, la mujer de Micky) en el que se explica que la Familia Miracleman (compuesta por un Young y un Kid Miracleman) son en realidad experimentos gubernamentales, en el que estos personajes viven atrapados en una simulación de fantasía, una extravagante respuesta a los armamentos nucleares de Estados Unidos y la Unión Soviética. Sin embargo, esta explicación “realista” posee un giro fantasioso, donde lo utilizado para el experimento son… Aliens. No importa qué tan real sean las explicaciones, seguimos en una publicación ficcional, el deseo de la aventura y la ciencia ficción influyendo al noveno arte sigue vigente. Detrás de todo ejemplo de “adultez”, hay un Alan Moore deseoso de divertirse con los personajes que siempre amó de chico, y que cuya versión de adulto cuarentón la tuvo presente desde que el Superduperman de Harvey Kurtzman impactó en su mente.

Y esto último es clave, porque, al margen de lo paródico, hay una intención de “culto a la personalidad” dentro de la dualidad Moran/Miracleman, más notorio en el segundo libro cuando a Micky lo dibujan como un panzón mal afeitado. Por supuesto, para Liz, que funciona como la descreída de la fantasía impresa en papel que ve inverosímil la figura del superhéroe, queda completamente atónita frente al Adonis casi jesuítico que tiene frente a ella, que reemplaza la dejadez que el Moran real representa, una persona con un trabajo freelance que no alcanza para pagar las expensas. El sueño de volar está en el escapismo del hombre común, derrotado por la “realidad” y que, con solo decir una palabra clave, puede llegar a un estrato similar al de Dios…, pero las consecuencias no son tan buenas como la sensación.

Y por supuesto, hay un aura de lo doloroso del crecer, con la aparición del némesis de esta epopeya, que es Kid Miracleman/Jonathan Bates. Si Moran representa el dejar atrás la fantasía al momento de crecer, Bates es la consecuencia de no haber soltado el pasado, y dejarlo pervertirse con el crecimiento. Tras ser una figura ingenua, virginal e inocente se convierte en un sádico empresario multimillonario, una representación más cercana a la interpretación nazi del übermensch, aquel poderoso que puede subyugar a una raza inferior, distinto a la intención que planteó Superman en 1938 y que, de ahí en adelante, fue repetida por todos. Para la obra, la existencia de la figura superheróica no es inverosímil, sino que es menos inocente de lo que plantean las historietas yanquis, representado en Miracleman atrapando a un niño que Bates revolea, pero en el camino le quiebra los huesos por la velocidad de la atajada.

Por supuesto, Moore no estuvo solo en esta. El primer acompañante fue Garry Leach, de una duración bastante escueta porque, más acostumbrado a la ilustración que a la narrativa, no aguantó más que tres números la presión de la velocidad que necesitan los cómics. Su reemplazante fue el ya mencionado Davis, que conocía al guionista por su anterior colaboración para Marvel UK con Captain Britain, aunque Leach ofició de entintador por un tiempo largo. El segundo lapicista duraría más tiempo hasta que la relación con Alan se cortó por su negativa a publicar en Estados Unidos al alter-ego de Brian Braddock. Davis, talentoso pero primerizo, se iría acomodando al personaje con el correr de su participación, con algunas primeras inconsistencias que luego se irían corrigiendo, como el aspecto final del Moran cansado.

Sería una pena reducir la epopeya existencialista de Miracleman a una sola nota, por tanto, con esto arranca una mega-nota de cuatro partes. Será hasta el mes que viene.

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