Génesis y Regénesis según Jaime Delano y Richard Case

Si tuviéramos que elegir a uno de los guionistas herederos de Alan Moore que por alguna razón suele quedar afuera del radar de la crítica especializada, ese sería Jamie Delano. Desde sus memorables etapas en Hellblazer y Animal Man hasta proyectos extraños como World Without End, el escritor tiene en su carrera una cantidad enorme de miniseries y especiales de temáticas variadas junto a artistas de primer nivel. Entre las más destacables está Ghostdancing, una minide seis números con dibujos a cargo de Richard Case publicada en 1995 a la que el guionista define como una catarsis frente al exterminio de los aborígenes americanos.

Con un título inspirado por un culto mesiánico del siglo XIX que realizaba danzas para resucitar a los muertos, esta historieta está protagonizada en gran medida por el Viejo Coyote, uno de los antiguos dioses que decide abandonar a sus pares que residen en el Quinto Mundo para descender a la tierra en búsqueda de una diosa extraviada, la Mujer Búfalo Blanco. Este viaje al mundo real, o Cuarto Mundo, genera unos temblores en el desierto, que son percibidos por un músico llamado Snake y su rival, un ex-agente del gobierno llamado Cody que tiene en su poder a la propia Búfalo Blanco a la que somete a todo tipo de vejaciones.

Todos ellos cumplirán un papel determinado en el conflicto milenario entre los Mammonitas (que han despojado a los aborígenes de sus tierras y creencias) y los antiguos dioses, que a través de Snake comienzan a reclutar adeptos. Todo gracias a una droga llamada Ghostdancing y su capacidad para revelar el velo oculto de la realidad. El objetivo final del Quinto Mundo es  restaurar una antigua era de esplendor donde dioses y humanos convivían en armonía, pero los Mammonitas no se rinden tan fácilmente y tienen en su poder a Christopher (también llamado Snot-Boy), el hijo de Coyote y Búfalo Blanco.

Esta intrigante mezcla de religión, conspiración y mitología hoy suena a una fórmula trillada, pero en ese entonces era algo novedoso en el rubro. Delano logra hacer un guion repleto de personajes interesantes, donde la falta de grises entre ambos bandos es un detalle menor al lado de sus diálogos naturales y escenas donde los textos en prosa adquieren un vuelo poético inolvidable, además de transmitir un claro mensaje contra grupos de poder, sin convertirse en un panfleto.

Para que esta historieta conservara su impacto, era necesario que tenga un artista a la altura, y afortunadamente Richard Case realiza un trabajo notable. En sintonía con sus mejores números de Doom Patrol, se luce con su trazo anguloso y grotesco que se destaca principalmente en las escenas de violencia y sexo o en los momentos mas oníricos. Con el correr de los números, el trazo se vuelve más despojado y el artista empieza a aplicar más masas de negro en varias secuencias y a realizar splash-pages con varios elementos narrativos sin viñetas, que funcionan a la perfección junto a los textos del guionista. Las portadas pintadas por Case a color directo son un deleite y es una lástima que no haya podido colorear él mismo toda la historieta.

El color de Danny Vozzo no es el ideal, pero logra acompañar decorosamente el dibujo de Case. Con un final tan abierto como apocalíptico, esta miniserie seguro estaba apuntada a tener una secuela que lamentablemente nunca llegó, pero Delano siguió haciendo este tipo de proyectos creator-owned en Vertigo durante toda la década de los noventa junto a artistas como John McCrea (Cruel and Unusual), Al Davison (Tainted) o Sean Phillips (Hell Eternal). 

Ya sea por la vigencia de su temática o por lo inusual de la historia y personajes para la época, Ghostdancing merece una reivindicación por ser una de las primeras historietas en hablar de la cultura aborigen sin despreciar sus raíces ancestrales, logrando hacer una historia repleta de acción y violencia, pero también de reflexión y misticismo, que va mas allá del bien contra el mal para convertirse en una advertencia sobre la pérdida de lo natural y sagrado frente al egoísmo y la codicia sin límites. Una verdadera fuerza destructiva capaz de enfrentar hasta a los propios dioses.

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