Hedra: Mapa de las estrellas

“Hedra”, originalmente publicada de modo independiente en 2016 y luego en 2020 de la mano de Image, cuenta la historia de una astronauta buscando la manera de salvar al mundo. A través de sus viajes espaciales, esta historieta muda de Jesse Lonergan se expande más allá de su premisa original y se convierte en un descomunal ejercicio de estilo.

Desde la portada, un sobrio diseño de colores pasteles impresos sobre una grilla de treinta paneles, hay un mapa a seguir. De lejos, antes de empezar, las páginas de Jesse Lonergan deben parecer una pila perfecta de cajas por llenar. O algún tipo de botonera que, en manos del artista indicado, de un piloto diestro, contiene una secuencia secreta. Si se sigue analizando la tapa, los misterios de sus figuras se revelan solos: la textura del planeta rezagado, la explosión que dirige al cohete (a la vieja usanza), el modo en que la trayectoria atraviesa las viñetas. El patrón se repite dentro, pero esta vez es un misil eyectado de izquierda a derecha. La parte derecha responde, la izquierda devuelve el tiro y los gutters son cruzados por una danza infinita de trayectorias blancas. Los suelos se tornan rojos y sembrados de huesos. Así termina el mundo en Hedra”.

En una ciudad destruida, se sortea al piloto. Quizás el gran elemento de azar que introduce Lonergan sea ese, el de la lotería que literalmente decide el resto de una historia marcada por una geometría absolutamente deliberada. Un trabajo que de a momentos resulta en una ficción matemática pura y dura -el viaje espacial parece una visita a Flatland de Edwin A. Abbott, casi una adaptación de dominio público- encuentra su sentido de la aventura a través de la influencia. Los terrenos inexplorados de Alex Raymond, el “Buck Rogers” de Dick Calkins, las puestas imposibles de Jim Starlin en “Captain Marvel”. La protagonista aterriza en diversos planetas y toma muestras del entorno, pero la travesía hace que se encuentre con un ser gigante que la acompaña por el resto de la historia hasta un destino desconocido.

Lonergan se presenta como alguien que quiere y puede hacer todo, pero no como una persona que se resista a editarse a sí mismo. Es lógico que cuando se habla de los comics como un medio estático, uno deba detenerse con la obra y saber apreciarla. Esta práctica resulta particularmente necesaria a la hora de referirse al comic silente; obras en las que la narración y el montaje de viñetas ha requerido un detalle excruciante por parte del autor y que, sin embargo, suelen ser hojeadas a una velocidad poco recomendable.

El truco de este artista integral es ser un obsesivo del lenguaje. Lo que propone desde la obsesión es mezclar la exactitud con lo lúdico (páginas que parecen una tabla periódica se transforman lentamente en un juego de mesa) y jamás se permite aburrir. En cada movimiento hay algo nuevo para ver y cada página es un ejercicio artístico distinto: disposiciones nacidas del exceso (todas vienen ajetreadas de información literal y figurativa) que detienen y le dan un peso a la historieta, como si realmente el lector no pudiera levantarla y pasar a lo siguiente sin hacer un esfuerzo. Para algunos, esto resultará un lastre innecesario. Para otros, un anclaje que pause la travesía por unos necesarios momentos.

Luego está el elemento de edición en papel. El formato original de “Hedra” era en newsprint y contaba con un tamaño similar al A4, mientras que la versión de Image es un poco más pequeña y sin el papel traslúcido. Es inevitable pensar que esa decisión era, más allá del costo de producción, algo planeado. Resulta imposible no remitirse a los “Wednesday Comics” de Mark Chiarello y el continuo maridaje de elementos a la Chris Ware que atravesaron la cabeza de Jesse Lonergan, alguien al que definitivamente no habrá que perder de vista.

El mindset obsesivo al que debe someterse para leer el comic abre una serie de interrogantes. Cuestiones casi de laboratorio, del papel, del gramaje, de cuán límpidas eran esas páginas en la primera edición y en la reproducción de blancos, siendo la lectura del espacio negativo como estilo el elemento más interesante de la historieta, que sin dudas serán de los más prístinos que el dibujante haya tenido. ¿Se lee con igual intención el trabajo narrativo ahora que requerimos de menos espacio para decodificarlo? ¿Está el dibujante absolutamente cansado de revisar “Hedra” o será este su work in progress permanente? Da la impresión de que la versión definitiva sería una especie de instalación gigante, donde Lonergan podría acompañarnos o dejarnos perder en su mundo. Un terreno sin orden de lectura y caminos sin indicaciones, sin importar lo bien que estén marcados bajo nuestros pies.

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