La adultez según Osamu Tezuka (Parte 9)

1966 y 1967 son años clave en la vida de Osamu Tezuka. No solo está atento a lo que pasa en el creciente ecosistema de los mangakas, con la fundación de la revista COM ante el avance de los artistas avant-garde en la mítica Garo dándole inicio a su período gekiga, sino que también se sube al tren de los yokai, donde Shigeru Mizuki brilla con GeGeGe no Kitaro. Para acompañar esta evolución, el ídolo comienza a pulir su estilo de dibujo, algo más refinado, casi cercano a un estilo realista (algo que para la época, tanto en oriente como en occidente no era una norma) y con menos abuso de recursos propios del cartoon que hicieron tan distintiva la primera obra. Y con toda seguridad, la obra que mejor muestra esa transición es Vampires.

Es inevitable comenzar con el siguiente disclaimer obligado cuando se habla de Vampires: no hay vampiros a lo largo de este manga. “Vampire” es el gentilicio, digamos, de los habitantes de una aldea antigua que se convierten en… hombres lobo. Lo más divertido es que estos pueblerinos no se transforman en hombres lobo con la llegada de la luna llena, sino que cada uno tiene un motivo distinto, tanto como observar un objeto puntual o por alguna reacción emotiva. Sin embargo, para Tezuka tiene su sentido, y hermana el concepto del licántropo con la figura literaria del vampiro, basándose por un lado en que el hombre en su etapa más primitiva era algo cercano a una figura animal, carente de reglas y raciocinio, mientras que los vampiros, si bien poseen forma humanoide, no dejan de tener un nexo cercano con el costado más “animal” de nuestros antepasados homínidos. Aún así, y curiosamente, un patriarca de los “vampires” está representado (y se presenta) como Drácula. En fin, esta rebuscada explicación fue dada por el artista pero aún así se toma la libertad, o el chiste, de hacer que un personaje sea similar a la representación más icónica del vampiro.

Vampires es una obra extraña y hasta en cierto punto vanguardista, no tanto por la historia en sí misma sino por lo exacerbado del metalenguaje utilizado. Si bien comienza con el éxodo de la aldea de los “vampires”, lo primero que hace Toppei, el protagonista, es llegar a Tokio para trabajar en el incipiente mercado del animé. Y el lugar donde va a buscar trabajo es Mushi Productions, la productora de Tezuka, donde es recibido por el manga no kamisama “en persona”, quien pasa a tomar cierto protagonismo. No solo eso, sino que, al ser una obra transicional, hay diversos componentes humorísticos metatextuales, como cuando aparece la mujer del artista, primero dibujada como una gorda que comienza a cambiar de apariencia cuando el Tezuka dibujado se queja de que así no es su esposa. Curiosamente, es cuando se dibuja a sí mismo que la interacción personaje/artista se manifiesta, con una intención más divertida que seria. Incluso, va más allá y por momentos los personajes pasan a ser conscientes de estar dentro de un manga, y cuando tienen quejas al respecto, por alguna decisión artística, el mangaka en “persona” les reprocha las críticas.

Por donde también se mueve la transición es en el tono que tiene la historia, por momentos bastante difuso, y que genera anti-climas ¿A qué voy con esto? Estamos en una historia de misterio, suspenso que involucra una conspiración que busca dominar el mundo con personajes que cuando se exaltan, actúan como dibujitos animados. Esto va en consideración a lo que nombré en el párrafo que abre la nota: Tezuka está experimentando a nivel storytelling, busca una voz adecuada para contar este tipo de historias más alejadas de los arquetipos shōnen que ayudó a fundar décadas atrás. Por supuesto, el nivel narrativo y artístico está alto como uno esperaría, pero las formas de plasmar algunos sentimientos parecen ir a contramano de lo que ocurre “en” la historia, a cosas más serias. Hay momentos donde el villano explica un plan, mientras monigotes tiernos, a modo de insert, explican cómo es que funciona dicha estratagema. Choca ver páginas donde el dibujo parece más cercano a Alabaster o cualquier otra obra del período setentoso y otras donde esa influencia Walt Disney sigue presente. Aún así, hay un interesante manejo en algunas partes del claroscuro y sombreado, raro de ver en su dibujo previo, más claro y con menos trabajo de sombras, dándole un aura noir a varios pasajes.

La otra diferencia de este manga con otros de los ya mencionados en este apartado del sitio, es una presencia mayor del Star-System que el manga no kamisama plasmó a lo largo de su carrera. El villano de turno es el multifacético Rock, quien toma el nombre de Makube (por Macbeth) Rokuro, un extorsionador vanidoso que aprovecha la rebelión de los “vampires” para convertirse en el dominador del mundo, representando mucho del costado negativo de la humanidad que ya tanto nombramos en las obras previas: el egoísmo, el culto a la personalidad, la pérdida absoluta de empatía por el otro. Muchos de estos tópicos no solo se ven representados en Holmes, sino en varios de los conflictos que azotan al resto de los personajes de la tribu que van tomando parte central de la historia. Quienes también figuran son el inspector Geta, el tributo viviente al Dick Tracy de Chester Gould, y su tío, Shunsaku Ban como las figuras de la ley que van en contra del villano.

Y mucho de lo que ocurre a lo largo de Vampires tiene que ver con “la ley”, no necesariamente referido a la policía, sino con el libre albedrío. Esta tribu de humanos que pueden convertirse en animales (a la larga descubrimos que los “vampires” no solo se convierten en lobos sino en otros animales), tienen un plan secreto que se devela a mitad de camino, cuando el tono de la historia parecía ser más “simplista”, que es retomar las raíces de la humanidad, cuando carecía de ley y orden de autoridades. Podríamos decir que esta es la obra más conservadora de Tezuka, si la ponemos en comparación con otras obras donde el villano es el protagonista principal y en ningún momento se baja una línea sobre su accionar aunque tampoco se lo endiosa, simplemente es villano y sus motivos son válidos. Acá, en una historia tal vez más convencional, tenemos de los últimos enfrentamientos entre el “bien” y el “mal”, la ley y orden versus la anarquía, incluso con un fallido mensaje anti-LSD, aduciendo que en Estados Unidos hay una “epidemia” con esta droga que se ingiere por la boca en forma de polvo (sic).

Vampires es una obra clave, ya que es de los últimos momentos en donde Osamu Tezuka viste el traje del artista fanático de la aventura, y está a punto de convertirse en uno de los exponentes más retorcidos del manga para adultos, aún incluso cuando su fuerte inventiva lo llevó por tintes de ciencia ficción, a diferencia de otros colegas del gekiga, más retraídos a mostrar historias reales y urbanas.

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