Swamp Thing por Len Wein y Bernie Wrightson

A Swamp Thing se lo puede considerar parte de una casta de creaciones que, a pesar de estar bajo los estándares del mainstream de DC, nunca parece salir del apartado de personaje de culto. No por desconocimiento, porque La Cosa del Pantano tiene una cantidad alucinante de seguidores y es un comic que, basado en su calidad, no hace más que seguir ganando lectores. Es más una cuestión de respeto: las cabezas giran cada vez que se anuncia algún proyecto que implique a Swampy, y todos los artistas implicados ponen a disposición su mejor labor posible. Hace cincuenta años, le tocó a Len Wein, Bernie Wrightson y Nestor Redondo ser los primeros en dejarlo todo, marcando para siempre la manera de hacer las cosas en el título.

Todo empieza en House of Secrets #92, donde Wein y Wrightson ofrecen sus dos centavos sobre la larga y extrañamente compleja tradición de Monstruos del Pantano en los comics. El lector que no esté familiarizado con el estreno de 1971 se encontrará con una versión muy distinta del personaje, con una ubicación temporal previa, nombres cambiados, y un viraje mucho más explícito hacia lo gótico. El Dr. Alex Olsen sufre el boicot de su compañero de laboratorio y se convierte en una versión menos refinada de la Cosa, con su esposa Linda Olsen ahora en manos del hombre que lo asesinó. Un año después, la historia sería reescrita para la serie regular: en Swamp Thing #1, con la trama situada en el año de publicación, el Dr. Alec Holland es saboteado y dado por muerto por fuerzas mucho más oscuras que un enemigo envidioso. Esta vez Linda Holland sufre el cruel destino de morir, y un esperpento mucho mejor diseñado camina la Tierra en busca de venganza.

Hablar sobre los mencionados Monstruos del Pantano requiere una investigación que otorga resultados demenciales, con The Heap -basado en el cuento “It” de Theodore Sturgeon- como el primer personaje de estas características. Fanático de estos comics, Roy Thomas ofrece su propia versión en The Incredible Hulk con The Glob, pero sin ser esta la primera criatura similar en la que Marvel había incursionado: varios números de Strange Tales habían presentado cenagosos monstruos marrones con escasos meses de diferencia.

El historial continúa e implica algunos problemas de derechos, pero quizás lo más caótico venga de la mano del propio Wein en un acto de auto canibalización asombroso. En Astonishing Tales #12, dentro de una historia de Ka-Zar, el guionista neoyorquino es el encargado de escribir un flashback de Man-Thing dibujado por Neal Adams. Se ha debatido desde su concepción sobre los similares conceptos de ambos personajes, pero es acá donde explotan cabezas: la publicación de este comic fue, al igual que Swamp Thing #1, en el año 1972.

No resulta extraño hablar de raíces, en el sentido literal y figurado, cuando se trata de Wein en Swamp Thing. Después de todo, Roots of the Swamp Thing es también el nombre dado a las reediciones de los primeros diez números dibujados por Bernie Wrightson, previo a la instalación definitiva del magnífico Nestor Redondo. Raíces como mutación en el cuerpo de Alec Holland, que comienzan a salir de sus pies cuando se queda demasiado tiempo quieto, buscando su lugar en el fango y borroneando esa fina línea entre hombre y planta.

Raíces, también, de los conceptos posteriormente explotados por Alan Moore en su trascendente y absoluto run a cargo del título.

Existe una tendencia pronunciada hacia el olvido en algunos comics, en especial cuando un autor patea el tablero y rearma la historia de lo contado, que suele enterrar los orígenes menos sofisticados en apariencia. El efecto es tal que se arman pactos tácitos, clubes de opinión y tradición oral que, aunque cíclica -dejando así la chance a futuro de cambiar de parecer y abrir las puertas a nuevos análisis-, puede soterrar una semilla de reputación. Cuando un creador deja tal impresión, en especial sabiendo que estaba en la cúspide de sus poderes y en lo que popularmente es considerado el mejor momento de su carrera, resulta lógico leerlo como un punto de quiebre que parte todo al medio. En The Comics Journal #93, Mark Burbey hace una ferviente aseveración -probablemente reduccionista, pero comprensible dentro del texto- al decir que Wein y Wrightson fueron los primeros en hacer bien al personaje y que Moore, Bissette y Totleben fueron los segundos. Pero Moore, más allá de la entusiasta defensa, también hace otra lectura: la del Swamp Thing original como algo monolítico, que a partir de poco más de una docena de issues ha cimentado una historia que se extiende por cincuenta años. Una serie tan sólida e implacable que, como un largo rizoma, permite la adición de prácticamente cualquier concepto.

Sobre la naturaleza de un personaje, Wein determina explícitamente a través de Arcane que se trata de una planta con forma humana, y no al revés. La sugerencia de Holland perdiendo control del cuerpo (las raíces que echa, la dificultad para expresar palabras, la fuerza insondable de su nuevo organismo) da a entender que tal vez quede muy poco de humano en esa entidad. Es más un ansia de “ser” que de “regresar”, aferrándose a los recuerdos de su esposa o su propia muerte como un motor para seguir adelante. La búsqueda en reversa de los villanos que ansían su poder para convertirse en algo superior.

Alec poco a poco descubre, poniendo en práctica su conocimiento científico, que su forma actual es claramente superadora a todos los antagonistas que enfrenta y que su experimento -en la versión más Pata de Mono posible- es un éxito a niveles que jamás pudo anticipar.

Otra cosa con la que juega el guionista son las dualidades, dándoles a sus personajes-monstruo (si por “humanos” se considera a todos los individuos que no mutan de cuerpo en la historia) dos versiones de sí mismos. Arcane, un anciano que busca la inmortalidad, convertido en una masa deforme y poderosa. Patchwork Man, otrora un padre cariñoso transformado en un Monstruo de Frankenstein. Y Swamp Thing, obviamente, el mohoso superhombre que oculta a un ser sensible. Todos productos de la ciencia, todos de una fuerza física imparable.

Los humanos que acompañan las historias paralelas sufren otra clase de cambio, una que no requiere brazos extra o ensayos aberrantes. Matthew Cable, quizás el personaje más cansino y repetitivo de la historieta, pasa de cazar a La Cosa del Pantano por una vendetta personal a defenderlo de quienes buscan hacerle daño. Abby Arcane, sorpresivamente secundaria teniendo en cuenta su protagonismo posterior, deja de temerle al horroroso Patchwork Man cuando se da cuenta de que es su padre. Las transformaciones de estos personajes son internas, mientras que los monstruos siguen siendo ellos mismos con apariencias cambiadas.

Este es un comic explícitamente norteamericano y la dupla hace gala de ello cada vez que puede, desde la ubicación pantanosa del Sur Profundo hasta el desdén por el gobierno de Nixon. Wein se encarga de expresar todas sus opiniones políticas y se compromete en serio con sus creencias, dejando en claro que los villanos son los militares y las oscuras corporaciones que manejan el destino a su parecer, con The Conclave a la cabeza (una organización cuya falta de definición permite ponerle el rostro que al lector se le antoje). Personas cuyo odio irracional hacia todo lo que sea diferente termina siendo su perdición, sea una cacería de brujas o tratar de asesinar a un alienígena que viene en son de paz.

Abby Arcane y Matthew Cable recuperan un poco de espacio en la revista para recordarnos dónde había quedado el hilo narrativo, pero a veces ellos también se pierden en su propia aventura, generando más historias que otorgan profundidad y enriquecen al relato. La travesía de Alec Holland parece totalmente distinta a esta línea paralela, como una fuerza operando para que la criatura comience a perder interés en su búsqueda y comprenda su lugar como fuerza de la naturaleza encarnada. ¿Cuánto tiempo puede sostenerse esa necesidad por la carne luego de ganarle a un oso y a una deidad Lovecraftiana en el mismo número?

Wrightson es el artista que le otorga peso y verdad a estas cargadas historias. Un joven de 24 años que ya ilustraba con el profesionalismo de la leyenda en la que se convertiría, transformando musculaturas imposibles en belleza pura y detallando fondos pantanosos con un nivel de inmersión inabarcable. Su mano se mueve sobre la página con la certeza de que todo esto tiene una delicadeza absoluta, no importa cuánto supure un personaje derretido o la cantidad de venas protuberantes que contengan los brazos de una bestia: Bernie Wrightson se funde con sus composiciones y, lejos de caer en su propio virtuosismo, trabaja en pos de una narración legible. La precisión requerida por los comics de terror no es un desafío para el maestro, que jamás se deja tentar por las convenciones más solemnes del género y siempre tiene una imagen delirante para ofrecer en los márgenes del horror.

Nestor Redondo hace lo suyo sobre el final y continúa hasta el #23 con David Michelinie y Gerry Conway, generando en todos los issues algunos de los diseños de página más imponentes de la década. Ninguna viñeta tiene desperdicio, logrando mezclar la marca indeleble de la “Invasión Filipina” con el estilo extremo que la serie requería para ser vigente. Reestructura los diseños para darles un aspecto más sci-fi, acercándose más a las ideas y convenciones de los guionistas que siguieron en la colección. Ambos artistas se dejan la vida y otorgan el carácter que define al título hasta hoy: para estar en Swamp Thing hay que entregarlo todo.

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