El romance en Swamp Thing según Alan Moore

La participación de Alan Moore en Saga of the Swamp Thing es uno de los momentos más rupturistas ocurridos en los albores de la Dark Age. Su arribo a Estados Unidos estuvo a cargo de Len Wein, quien para 1984 era editor de un título venido a menos en el que Martin Pasko no terminaba de convencer con sus guiones. Wein conocía a Moore por medio de la antología Warrior, por lo cual sintió la apuesta segura, y vaya que lo fue. Los 64 números que tuvieron la firma del Mago de Northampton tuvieron un alto impacto y el escriba se encargó de, no solo reescribir y reformular la historia del personaje, sino también de dejar en claro sus influencias. Pero además de cranear uno de los títulos de terror más impactantes de las últimas décadas, dejó una particular visión sobre el amor.

Tras el fresh start propuesto en el número #20, donde el guionista se propone a limpiar tramas que no servían del run anterior para comenzar de cero con, el a estas alturas mítico, Anatomy Lesson (número 21). Así, Moore reorganiza las cosas para poder sentirse cómodo con lo que sigue, con un notorio in crescendo en el desarrollo de las historias. Luego de este inicio, comienza la sofisticación (nunca mejor dicho ya que a partir del número #31 a la revista se le adjudica el subtítulo “Sophisticated Suspense”) pero más allá del fuerte componente terrorífico, de influencias tan marcadas como solapadas, si hay algo que también está de manera presente en el título es el amor. Porque, si bien Swamp Thing ya no es Alec Holland, ni siquiera a niveles de conciencia, la criatura no logra soltar el único vínculo de su vida pasada: su amor por Abby Arcane. Amor que comienza a desarrollarse lentamente, para desembocar en dos puntos altos: el segundo anual y el número #34.

En el Anual #2, Moore revisita el mito griego de Orfeo, la criatura toma el lugar del torturado músico para buscar a su moderna Eurídice de pelos blancos, con ayuda del elenco estelar de las figuras sobrenaturales más poderosas del Universo DC (Deadman, Phantom Stranger, Spectre y Demon). El descenso al Hades en este caso se da de manera sobresaliente, desembocando en Rite of Spring (#34), donde Swampy y Abby consuman sus sentimientos en un trip lisérgico (literal: ella consume una fruta psicotrópica que la criatura genera de sus “entrañas”) inspirado en las lecturas de Timothy Leary y Carlos Castaneda con los alucinógenos como protagonistas principales de un capítulo conocido en joda como la del “sexo en el pantano”, aunque es de las favoritas del guionista y de Stephen Bissette, excelso dibujante que tuvo a su cargo ilustrar un poema de Moore. Al margen de la lisergia, se trata en definitiva de una alegoría sexual casi inocente: ambos se confiesan el amor de manera boba, arrepintiéndose al instante porque la situación incómoda no estaba a la altura de los sentimientos que callaban. Bella y Bestia se besan y el guionista le da a los personajes torturados un momento de intimidad, como antesala a la saga American Gothic que iniciaría tres números después.

Por supuesto que la historia de amor perdura contra viento y marea, interrumpido quizá por la saga mencionada anteriormente, que tuvo al protagonista recorriendo codo a codo con John Constantine todo Estados Unidos para detener una conspiración chamánica surgida en la Patagonia. En el medio de esto, Abby es detenida por supuesta perversión al estar vinculada sentimentalmente con el monstruo, relación que fue “capturada” azarosamente por un fotógrafo. El escándalo es mayúsculo, propio de la pacatería yankee ridiculizada al extremo en estos números, lo que lleva a que ella tenga que huir a Gotham, donde nuevamente es detenida debido a la orden de captura. Para este momento, La Cosa del Pantano estaba al tanto del alcance de sus poderes, lo cual, cuando llega a su conocimiento el destino de Abby, decide largar un acto considerado como “eco-terrorismo” sobre la ciudad.

Lo que Moore quiso demostrar en teoría con American Gothic es, básicamente una lucha entre el bien y el mal, sus causas y consecuencias y cómo el último existe porque está el primero y viceversa, en estos números se ve la “practica” de dicha teoría. The Garden of Earhtly Delights (#53) es un combate entre Batman y Swamp Thing dentro de una Gotham selvática, dominada por la naturaleza para regocijo de hippies y otras figuras contraculturales que tanto representan al guionista. La pelea es obvia, es por el destino de la ciudad, pero Swampy no desea presentarse como un villano, sino como alguien justo que viene a rescatar a su novia de un destino injusto y amarillista, pero para alguien que ya comprende cuáles son los límites de sus poderes, sabe que trasciende a cualquier humanidad y que, por ende, puede estar por sobre todas las cosas y con ese recurso rescatar a su amada. Batman sabe que no solo no está lidiando con una figura de fácil dominio, sino que está en presencia de alguien que hace lo imposible por amor… Y además está de acuerdo con él, salvo por los métodos. Tal vez sean los números más irregulares, o más bien, con menos relación con el resto del corpus de la obra, que estaba a 10 números de finiquitar, pero es importante para mostrar los gestos más humanos de la criatura más sorprendente del Universo DC, gestos movilizados por el amor.

Sin embargo, y a modo de anexo, el “romance sofisticado” no está únicamente en la relación Swamp Thing/Arcane que tomaría diversos rumbos dramáticos (difamación mediática incluida), sino también en algo todavía menos obvio y que generalmente el comiquero promedio ignora, sobre todo cuando se replican ciertas declaraciones poco felices: el romance entre Moore y las historietas. En primer lugar está Pog (#32), número navideño de enero del ’85, donde unos pequeños aliens llegan a la Tierra, huyendo del pavoroso final de su lugar de origen. Esta revista de corte cuasi anti-especista (las criaturitas ven como inviable un planeta donde el consumo de carne es habitual) encubre un homenaje al Pogo de Walt Kelly, personaje de las tiras diarias sindicadas. Tanto el guionista como el dibujante Shawn McManus hacen un homenaje respetuoso, tanto con el estilo caricaturizado del dibujo (McManus en un registro distinto al habitual) como en los diálogos de los funny animals.

Cuando se habla de Moore, y sobre todo de Watchmen (que se iba publicando en paralelo a esta serie), se deja caer el término “postmodernismo”, y su Saga of the Swamp Thing no es tampoco ajena a esta idea teórica: el guionista despoja de su humanidad al personajes, dando paso a una reconstrucción y deconstrucción a la vez. Pero, incluso con esta postmodernización, él no deja de mirar hacia atrás, hacia donde comienza esta epopeya, a diferencia de otros creadores, más propensos a barrer todo lo que se pueda abajo de una alfombra. Moore siente un sofisticado romance hacia esos cómics bobos de la Silver Age, y cada tanto elige mostrar su cariño a su manera, justamente con sofisticación. Después le diría a Len Wein, el creador original del personaje, que nadie entendió mejor al personaje que él mismo, pero mejor dejemos las historias de egos -correspondidos, en mi humilde entender- para otro momento.

Hoy, cuando se habla de uno de los guionistas más importantes para entender la historia moderna del comic-book americano, se lo hace siempre denostando sus opiniones, aquellas que tienen que ver con las producciones audiovisuales y, en menor medida, a los hijos pergeñados post Watchmen que no entendieron hacia dónde quería ir él (y/o Frank Miller con su Dark Knight Returns). Nunca se dieron cuenta que en buena parte de la obra de Moore hay un componente más importante que el grim and gritty o la postmodernidad: el amor hacia el medio y hacia los personajes. Y de esa manera, Swamp Thing y Abby Arcane pueden amar y amarse.

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