Swamp Thing por Andy Diggle y Enrique Breccia

Tras un revival del título de la mano de Brian K. Vaughan y Roger Peterson para el nuevo milenio, Swamp Thing volvió a la carga en 2004 con su cuarto volumen. Esta vez de la mano del exeditor de la 2000 AD, Andy Diggle, y del gran valor argentino Enrique Breccia. Una dupla que, a pesar de su corta duración, supo echar raíces a un personaje que hace tiempo no tenía protagonismo en DC Comics y generar unos cimientos de alta calidad para una longeva serie.

Bad Seed es el arco inicial de esta nueva oportunidad para el pantanoso como parte de la línea Vertigo, como ya había ocurrido en su iteración previa y a partir del número 129 de su segunda serie regular. En tan solo seis números, los artistas logran crear un nuevo status quo para el personaje honrando su pasado y dictando un nuevo camino de aquí en adelante. Esto es posible gracias a que la narrativa se divide en distintos puntos de vista que actúan como variables de una trama que se va cociendo a un ritmo estable e in crescendo.

Casi como emulando las clásicas apariciones de Swampy en el pantano, en las que suele espantar a los cazadores o pueblerinos, esta vez el encargado de dicha tarea es el propio Alec Holland en carne y hueso… Bueno, en realidad solo hueso. El cadáver del científico es animado por John Constantine, quien sabe que se avecina una catástrofe por el despertar de su contraparte monstruosa. Esta última, a la que la ausencia de su humanidad le provocó una adopción total de su identidad como elemental de la vegetación y con el control del poder de las demás deidades. Mientras tanto, Abigail Arcane Holland busca alrededor del mundo los indicios de su esposo, lo cual la lleva a toparse con la bestial aparición de La Cosa del Pantano, completamente poseído por el poder que representa. En su encuentro, el titán le confiesa que tiene en la mira a su hija, Tefé, por ser la responsable de intervenir en The Green y rehacerlo bajo sus propios términos.

Al otro lado del mundo, la joven canosa escapa de las garras de su padre y necesita una manera de poder combatir contra sus fuerzas. Esto la lleva a encontrarse con el hechicero Sargon, personaje de la Golden Age que siempre encuentra la manera de revivir o de encarnar nuevas identidades. El mago, quien se encuentra en el cuerpo de un viejo decrépito, le ofrece enseñarle a controlar los poderes de The Red para contrarrestar la amenaza de su progenitor. No obstante, las acciones de estos personajes que siempre eluden a la muerte generalmente tienen un motivo ulterior por lo que su agenda no está del todo clara. Las tres puntas narrativas convergen en un desenlace que cumple todas las promesas que realiza a lo largo de la trama.

La alquimia que supone juntar todos estos elementos a lo largo de las páginas parece no ser un desafío para Enrique Breccia. Con su estilo sumamente cargado para los detalles pero con un uso económico y utilitario de las viñetas, en ningún momento uno puede encontrarse con dibujos de alguien que podría estar completamente ajeno a este mundo. Y quizás es uno de los detalles que más destaca de la labor del dibujante, además de su virtuosismo a la hora de crear climas y generar un marcado ritmo en la lectura. El logro del dibujante argentino radicado actualmente en Italia es su mímesis con la identidad visual del longevo título, tanto desde el detalle pictórico como desde la puesta en escena.

Gran parte de ese último punto se define por la ambientación y el uso de los elementos que componen al escenario. Desde el primer número, Breccia pone el énfasis en la naturaleza y todo lo que ello significa, desde la manera de representar la vegetación, cómo la suciedad impregna a los personajes o un coro de animales parlantes cuasi espectrales. Su gran ayudante para esta tarea es su propio hijo, Martín Breccia, quien potencia la labor de su papá con una versatilidad envidiable a la hora de adaptarse a atmósferas sombrías, urbanas o putrefactas. Lúgubre es una palabra que surge a la hora de describir esta clase de labor, tanto desde la tinta como del color, pero lo cierto es que el apartado gráfico va aún más allá de ese tono, ya que no solo hay escenarios disímiles a lo anteriormente descripto sino que las secuencias humorísticas o sentimentales entre los personajes reciben la misma calidad en su tratamiento. Tampoco hay que menospreciar la labor de Enrique en las tapas, quien no solo respeta lo que otros artistas dejaron como “regla” implícita en las portadas sino que también impone su estilo e identidad sin la necesidad de patear un tablero.

Sin dudas la puesta en escena dominante resulta ser una sombría, la cual, sumada a los personajes torturados y monolíticos, encuentra una yuxtaposición con el ácido humor que el escritor logra introducir entre las páginas. Sin destilar ni arruinar los climas, con un magistral uso de Constantine y sus conocidos, se le agrega un ingrediente a la historieta que marida perfecto con el tono apoteósico de la trama. Con suma audacia, los diálogos brindan una cuota de irreverencia o de humor ante el posible fin de los tiempos, ayudados muchas veces por la viveza joven de Tefé y la presencia cadavérica de Holland. El timing y la inserción del humor, tanto a nivel guion como arte logran una sinergia bastante particular, sobre todo al tratarse de esta clase de personaje de DC.

El prestigio suele ser una de las virtudes con las que se asocian a las etapas más recomendadas y recordadas por los lectores de Swamp Thing. La promesa de que uno podrá terminar el capítulo final de un autor en específico, sea Moore, Veitch o Vaughan, con la certeza de que una relectura será no solo una cita obligada sino que también enaltecerá lo leído con aquellos detalles y revisionismos ausentes en un primer encuentro. El acierto de Diggle está no en la búsqueda por entrar a ese prístino panteón de sagas míticas sino en lograr ser eficiente con su trama así como también con sus personajes y giros. Esto logra su cometido al estar apoyado en una narración concisa, sin ser muy pretenciosa pero con sumo respeto por el legado, y con un claro enfoque hacia el entretenimiento. El resultado final es una efectiva puerta de entrada que deja un escenario más que idóneo para continuar leyendo esta saga a pesar de que el guionista británico no regrese al título.

El dúo solo duró estos seis números iniciales pero Enrique siguió unos cuantos capítulos más a lo largo del volumen. A pesar de que los guiones no estén a la altura del primer arco, se trata de una etapa con cuenta con un desfile de dibujantes sumamente talentosos como Richard Corben, Jock y Dean Ormston, a quienes se les suman John Totleben y Eric Powell para las tapas cuando las deja Breccia casi al final. Aunque el resto pueda no estar a la altura de las circunstancias, su principio es un claro ejemplo de cómo dejar la vara alta silbando bajo.

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