La Sudestada: diálogos entre pretéritos e instantes

La secuencia que da inicio a La Sudestada, editado en Argentina por Hotel de las Ideas, presenta una contraposición entre dos pares de bailarines. El primero, de blanca vestimenta y sumado en una danza íntima que aúna a ambas figuras; el segundo, totalmente negro y enmascarado, se tranza en una coreografía marcada por el desapego con un punto final diametralmente opuesto al primero. Quizás por accidente o por causalidad, esta escena pone en evidencia una de las temáticas que atraviesan esta obra de Juan Sáenz Valiente: el vínculo irremediable entre pasado y presente. No como tiempo, sino conjugados en distintos elementos de las viñetas. Cada uno con sus anclas y determinaciones en la vida humana, siempre presentes y en constante pugna a través del relato.

Esta dicotomía temporal se da de manera más evidente con sus protagonistas. Primero, Jorge Villafañez en un presente perpetuo, viviendo el día a día de caso a caso, siempre con la respuesta justa en el momento indicado. El detective se mide por sus objetivos, en la medida en que una investigación salga bien, irá por otra, y así sucesivamente; el único pasatiempos que se le conoce es el fútbol con sus amigos, una tradición perpetuada a través del tiempo pero que siempre termina en la misma foto: la birra después del partido. De su pasado no hay rastro, aunque sus pesadillas podrían darnos una pista de su futuro: un devenir producto de la monotonía. El mantra que se repite ante la mínima señal de que la misión pueda ser comprometida también hace alusión a su prisión temporal: “Ya, rajá”. Aunque su auténtico presente solo podrá ser alcanzado al posar los ojos sobre la danza de su objetivo.

Del otro lado está Elvira Puente, atrapada por su historia familiar y usando su presente para escapar de un dolor producto de su árbol genealógico. A pesar de su actual profesión como coreógrafa, no puede evitar regresar a sus inicios como bailarina al intentar deshacerse de su dolor, el pasado como ancla del ahora. Ni siquiera su más preciado arte podrá ayudarla a erradicar la profunda angustia que la corroe por dentro, un encuentro con Ambos quedarán fundidos en un abrazo tan simbólico como literal hacia el final de la trama, cuando se verán congelados en la misma imagen pero en páginas distintas a la fuente del problema.

El fenómeno meteorológico de la sudestada podría funcionar también como catalizador natural de la alianza entre ambas partes, uniéndose a través de la catástrofe pero con una consecuencia armoniosa. Sin ella, Jorge podría haber seguido su trabajo como cualquier otro, atrapado por la monotonía de la sucesión interminable de instantes, simbolizado en sus sueños al ser devorado por su hábitat. Y Elvira seguiría sumida en su danza catártica, siguiendo con su tradición pero jamás pudiendo exorcizar del todo su pesar actual, finiquitado por el violento impacto de la naturaleza. Su encuentro, situado casi a la mitad del libro casi como quiebre narrativo y maximizado por la intensidad de los blancos y grises, funciona como ese cruce del Rubicón que comienza el proceso de sanación para ambos personajes. Incluso el momento en el que el detective atestigua el baile de la artista está retratado de tal manera que su reacción corta la página a la mitad, con la viñeta central acorralada y atravesada por los movimientos de ella.

La Buenos Aires de la historieta funciona como mesa de debate entre los tiempos señalados. A través de referencias fotográficas y algunas libertades artísticas, Sáenz Valiente crea una ciudad que se asemeja a la real en lo que respecta a esta convivencia entre lo moderno, o refinado; y lo antiguo, o gastado, que caracteriza a la capital argentina. Pero en vez de ser un punto de conflicto, como sucede con sus personajes, el escenario funciona con armonía, como una suerte de puesta en escena que denota una búsqueda por el realismo sin intención de quitarle los recovecos para que se filtre la ficción. Entre las viñetas, las transiciones y espacios en los que dialogan estas figuras retóricas nunca son mostrados como figuras opuestas sino como parte de un todo. Entre estos ejemplos se puede nombrar el traslado de Elvira, desde su departamento en un lujosísimo edificio, pasando por la estación de Retiro y hasta su chalet en el Delta; o el cementerio de Chacarita, cuya fachada y puesto de flores parecen congelados en el tiempo con un signo de los tiempos como lo es el cartel de su puesta en valor. Escenarios y secuencias mudas que dejan respirar tanto a los espacios como a la lectura con gran agilidad narrativa. Lo nuevo y lo viejo conviven en un mismo mapa urbano y conceptual.

Otro signo de los tiempos conjugados en esta historieta se encuentra presente en los cuerpos y accionar de sus personajes. Todos hermosos con sus imperfecciones a flor de piel, ya sean arrugas producto del paso de los años, una contextura corporal alejada de los cánones de belleza actuales, los rituales barriales en vías de extinción o las expresiones a medio camino entre el retrato y la caricatura. Cada uno de ellos cuenta una historia, ya sea explícita o implícita, que se condice con el presente que se da entre las viñetas. Y sin embargo, viven y resisten a pesar (y con) estas imperfecciones o costumbres al borde de la expiración, respiran en estos instantes de cuadros captados por el autor. Tanto los señores tomando mate en las puertas de su hogar, las canchitas de fútbol (a las que parecen solo acudir Jorge y sus amigos) y el personal de la remisería Esperanza.

Si uno habla de tiempos y cadencias, pasadas y actuales, irremediablemente terminaría hablando de su destino o, en términos temporales, su futuro. Y aunque el final de la historieta no habla explícitamente de lo que vendrá, sí deja en claro que el mismo no puede ser uno prometedor si los pretéritos no hacen las paces con el instante. Algo que se hace explícito en la coreografía final, en la que los bailarines de diferentes vestimentas salen al encuentro del otro, unos anclados por la tela que les da “forma” y otro siendo puro momento congelado en un salto en el aire, más libre que el resto y casi como un punto de llegada para los demás.

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