Humanizar a Nippur de Lagash

Indestructibles, insuperables y en consecuencia, a veces, unidimensionales. De esta forma, quizá algo vaga o reductora pero de alguna manera certera, se pueden categorizar a ciertos héroes y/o superhéroes: figuras que están por encima de la gente común y mediocre pero que solamente se caracterizan por esa virtud y no mucho más. Nombres que son sinónimo de victoria asegurada, de pilas de villanos vencidos a sus pies, absolutamente infalibles e incorruptibles. Sin embargo, este status quo que parece inalterable y sostenido por el paso del tiempo, suele romperse un poco porque el “signo de los tiempos” te lo pide o simplemente, el personaje mismo lo pide. Un ejemplo de afuera, el Dark Knight Returns. Uno de acá: “la saga del ojo” de Nippur.

A 11 años del debut del personaje emblema de la Editorial Columba, dentro del número 15 de Super Album D’artagnan (con fecha de junio de 1978) se publica “Laris, sobre el espejo del desierto”, escrito por el ya en ese entonces mítico Robin Wood, co-creador del personaje, y con dibujos de Carlos Leopardi. Mucha agua pasó por el puente construido durante la primera década, con un desfile de diversos pero talentosos dibujantes (su co-creador, Lucho Olivera, abandonó al errante varios años atrás), con un comic book propio, a la usanza norteamericana, que duró entre el ’72 y el ’74, y hasta supo tener un co-guionista, Ricardo Ferrari, quien asistiera a Robin por algún tiempo. Aún así, el personaje nunca dejó de ser ese titán musculoso, errático en sus pasos por los terrenos sumerios que vivía aventuras interesantes pero que aún así, por momentos, parecían repetidas en su estructura y que no parecían tener ningún tipo de repercusión o consecuencias a futuro. Para este momento, Nippur vivió 167 aventuras, y esta que se venía tenía como condición dejar fuertes consecuencias.

Solo quince páginas bastan para torcer el destino del Errante. Nippur se encuentra con una caravana nómade que trae consigo una misión empujada por cuestiones propias de la fe: trabajar una tierra muerta para darle vida. Un lugar donde el duro sumerio, siempre dispuesto a evitar el ablande, consigue un poco de paz interior gracias al amor de una huérfana ciega que acompaña a los viajantes. Los ayuda a evitar a los carroñeros que intentan atacarlos diversas veces, pero en el amor que lo ablanda (y que lo impide matar al cabecilla de los atacantes) encuentra el castigo: tras un paseo, la campiña es asediada y, con la guardia apenas baja, aquel que parecía inalcanzable para sus enemigos termina herido por una flecha que aterriza sobre la mano con la que trataba de protegerse y, aún así, alcanza a golpearle el ojo. Todo lo que había conseguido, lo perdió en un instante de debilidad.

En solo pocas páginas, el héroe se queda no solo sin un ojo, sino con algo que, quizás, pudo calmar la bestia interior, dándole la posibilidad a Nippur de no ser más una persona de proezas infalibles. Un mes después en la D’artagnan Extra Color, veríamos las consecuencias más directas en “El maravilloso monstruo”, donde no solo tiene que lidiar con la pérdida de un amor y de gente inocente, sino también con la pérdida de su propia vida. Por primera vez, el sumerio estaba al borde de la muerte y dispuesto a aceptar el destino, detenido únicamente al notar que junto a él estaba Mohar, el hermano de la muchacha de la cual se había enamorado el número pasado, también único sobreviviente la aldea. Todo indica un resurgir del héroe, sobre todo al llegar al zigurat de Sefaranim, un sacerdote deforme con la posibilidad de sanar al errante. Y nuevamente la tragedia.

Parecía improbable pero por primera vez, el héroe más infalible de la historieta argentina estaba derrotado por completo, un punto de inflexión que lo afectó de acá hasta el fin de sus publicaciones, ya en el primer lustro de los ’90, sobre todo porque Nippur aprendería del error no solo con mayor dureza y sin permitirse el “ablande”, sino también con algo que nunca tuvo, que fue el beneficio de la duda. No porque se lanzara descerebradamente a la acción sin medir consecuencias (la inteligencia también era uno de sus superpoderes) sino que ahora iría varias veces sobre sus pasos. Dejaría también, que la aventura le sea esquiva por momentos, convirtiéndose en un mero testigo, pero sabemos que no duraría por mucho tiempo.

De hecho, un mes después y también en la D’artagnan Extracolor, Nippur tiene un renacer tras los eventos de “La última cámara” para tener que hacerle frente a una imparable jauría de lobos. Pero el “Tuerto de Lagash” tuvo que frenar su vida antes de este renacimiento, digamos. La herida y la muerte del último amigo cosechado durante su accidente lo humaniza por primera vez, e incluso lo avejenta, en un gran hallazgo de Leopardi, quien con solo un par de líneas extra en el expresivo rostro del sumerio muestra a un héroe cansado, viejo y temeroso, que no encuentra excitación en lo que ocurra fuera de la cueva donde se esconde y hasta podemos presumir, pretendía terminar sus días, lejos del heroísmo y el mitológico culto que ya lo envolvía. Por supuesto que el héroe, antes de lo acontecido, ya fue testigo una y otra vez de muchas tragedias y traiciones, pero nunca lo habían tocado de tan cerca. Y en un momento donde tranquilamente pudo haber “sentado cabeza”, la “humanización” completa no fue buscada, sino obligada a fuerza de un flechazo.

Todo un logro de Robin Wood, quien tenía acostumbrado a sus legiones de fanáticos con su fuerte prosa descriptiva hasta el hartazgo, a veces tapando casi por completo un panel, dejando al dibujo en su mínima expresión, casi un pecado si vemos el nivel de dibujante que tuvo el guionista a su servicio. Aún así y con el exceso de texto, él nunca pecó de hacer lo que ocurría constantemente en el comic norteamericano, donde el texto era más un agregado redundante. No, los textos estaban cargados no solo de una fuerte descripción ultra sensorial de lo que pasaba en las tierras sumerias, sino una expansión de los sentimientos del Tuerto, más allá de lo que podía explicar en palabras. Wood, al menos en estas tres historias, nunca hizo una de más y concentra su prosa en dejarnos algo más que solo acción, algo que también funciona para humanizar al héroe, que todavía no se perdona el ataque en el desierto y la pérdida de aquellas personas que supo querer.

Leopardi por su lado, le toca manejar una narrativa híbrida entre las clásicas páginas de Columba, apretadas de cuadros y otras con un uso más recatado y tranquilo, donde aprovecha para lucirse mejor pese a las malas aplicaciones del color, tal vez uno de los problemas más habituales de la editorial y que solían arruinar muchos trabajos bien logrados. Pese a estas inclemencias, el dibujante no escatima en detalles, más cuando le toca realizar primeros planos de figuras desagradables, o cuando al inicio de “El maravilloso monstruo”, se hace cargo del delirio febril de Nippur con una soltura psicodélica. También diseña a un errante no solo más avejentado post-flechazo, sino también más salvaje, como se aprecia en su revival a final de la saga, que también presenta algunas imágenes bastante cruentas, propias de un enfrentamiento de vida o muerte. Tal vez no sea el dibujante más recordado dentro de los varios que tuvo el personaje, pero es innegable que su participación en un momento clave está más allá de las circunstancias.

Las consecuencias, claro, se sostendrían hasta el final pero nunca para debilitar al héroe, sino para fortalecerlo más allá de cualquier enfrentamiento armado que por supuesto volverá a tener. Pero al guerrero le toca alcanzar cierta madurez que lo termina bajando un poco más a tierra, más aún cuando años después, el guionista se encarga de darle un hijo, fruto de un amorío casi prohibido con una amazona. Un hijo que, conforme pasen otros años, comenzaría primero a pisarle los talones al padre para luego ganarle la carrera. Incluso le señalaría en la cara a su progenitor que el tiempo lo ablandó ante situaciones más extremas, ya en camino hacia la saga final para recuperar Lagash. Pero el adolescente jamás conoció cuál fue el camino recorrido hasta ese momento para el Incorruptible, como también se lo conoció a mediados de los ’70 a Nippur.

Mucho se habla (y para mal) de las historietas de Columba, señalándolas como lo más bajo y hasta acusándolas de ser meramente un ejercicio comercial en lugar de enaltecer un supuesto noveno arte. Sobre todo con la llegada de Ediciones Récord durante los ’70 y más aún con la Fierro en la década siguiente, que presentaban trabajos algo más sofisticados a diferencia de un arte más popular como buscaba tener la editorial del pajarito. Sin embargo, atrás de esos prejuicios se encuentran personas que se consideraban más obreras que artistas, pero que su servicio se prestaba a un entretenimiento que lejos estaba de ser una boludez pasatista. Adelante de la aventura más encarnizada, se encontraba una poética de lo más sensible, una poesía digna quizás de humanizar a cualquier héroe.

Fuente de los scans: Aquellos Comics.

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