La adultez según Osamu Tezuka (parte 10)

Ya en el crepúsculo de su carrera, lamentablemente sin que él mismo lo supiera, Osamu Tezuka redujo el número de obras en las que trabajaba de manera simultánea. A pesar de que fue una considerable disminución del volumen, casi la mitad, aún se trataba de un repertorio inmanejable para un historietista común y corriente. Sin embargo, esto le permitió canalizar con mayor solidez sus dotes artísticos en cuanto a aunar el tono de sus tramas con el de su estilo pictórico para lograr un matrimonio armónico entre la cruda narrativa del gekiga y un optimismo digno del shōnen. Midnight resulta ser algo bastante parecido a una despedida en esta suerte de epílogo para su carrera.

“La noche tiene una miríada de diferentes caras y solo hay una persona que las mira una a una. Su nombre es Midnight“, así empieza cada capítulo de este manga episódico basado en un taxidermista que trabaja a la luz de la luna. El manga se serializó en la Weekly Shōnen Champion entre mayo de 1986 y septiembre de 1987 con una breve pausa de un mes entre junio y julio del último año. El mangaka ya había jugado con los límites de la revista en anteriores serializaciones, con Alabaster por poner un ejemplo, pero en esta nueva oportunidad quiso decantarse por un formato más clásico y hasta incluso más cómodo para él: la historia corta. Ya más maduro y habiendo dejado atrás la década de mayor depresión latente en su obra, Tezuka trae a colación un personaje solitario de buen corazón, con un pasado oscuro que le trajo una tragedia por la que debió cambiar su vida completamente.

Shinya Mito (“noche” y “medio” en japonés) es un taxista que se gana la vida llevando clientes de aquí para allá durante la noche. Cabrón por naturaleza pero de alma bondadosa, el joven busca redención en su labor luego de un choque que dejó a su amada hospitalizada en estado vegetativo. Cada pasajero que transporta es un paso más cerca a la recuperación de su amada y un vistazo a los costados más oscuros que esconde la ciudad de Tokio. Quienes se sientan en la parte trasera del coche son en gran parte el eje de la narración, ya que ocultan un secreto o acarrean una aventura en la que el conductor deberá participar a lo largo de las páginas y en las que se tocarán diferentes temáticas bastante profundas. Aunque muchas de ellas ya hayan sido abordadas por el autor, el enfoque de la narración permite la exploración de las mismas a través de un nuevo ángulo y, quizás, hasta con una mejor resolución.

El gran acierto de Tezuka es no poner el foco principal de la trama en cómo Shinya resuelve cada caso con sus habilidades al volante o su viveza callejera, sino en los propios pasajeros. Cada uno de ellos acarrea un misterio o conflicto que se deja entrever a lo largo de los paneles, lo cual se traduce en mucha más carne alrededor del hueso para el lector al tocar una variedad de temas sociales, religiosos, étnicos y filosóficos en cada relato. Siempre existe un halo de suspenso al comienzo de cada viaje, a veces incluso salpicado de elementos paranormales para recordar que uno está leyendo una historieta, pero su resolución final jamás se despega de su objetivo por contar historias terrenales repletas de personajes caricaturizados pero sumamente humanos, aunque a veces haya casos en los que la lógica sea expulsada de la página.

Por otro lado, la destreza del piloto o los trucos al estilo Mach 5 de Meteoro que pueda tener la máquina que hace avanzar a cada historia son apenas un condimento divertido y pintoresco digno de la revista en la que se está publicando. Sin apartar los ojos de su objetivo, el joven ex-pandillero no permite que su trauma le robe la alegría o el humor, resultando en los clásicos momentos de comedia slapstick que caracterizan al autor y que terminan por definir y elevar a esta creación como un enlace entre el mundo de la tragedia y el humor.

Para su primer tomo, la serie parece que regurgitará una y otra vez la misma fórmula para presentar diferentes “casos” en cada episodio. Sin embargo, existe un quiebre en el capítulo 10 en el cual el protagonista es fagocitado por una de las creaciones más célebres del manga no kamisama: Black Jack. Sí, el emblemático cirujano es encontrado por el chofer para que trate a su pareja, para dar un poco de desarrollo la trama principal de la historieta. Es en este breve paréntesis, el protagonismo recae más en el médico que en el conductor, una suerte de pase de testimonio que termina confundiendo un poco al lector si es que está leyendo un comic del doctor o del taxidermista. Su ida y vuelta hasta cuenta con una mención del propio autor, del cual el especialista en salud es completamente consciente de que su habilidad solo es posible por su condición de personaje ficticio. Todo se resuelve con una estratagema clásica de Black, quien es el único capaz de entender qué estaba pasando realmente con su cerebro, logra engañar a Mito para que con su auto reavive la actividad neuronal de su amada.

El elenco secundario, además de adquirir protagonismo con sus conflictos, resuenan en el lector como un recorrido a lo largo de la obra de Tezuka. El Star System regresa una vez más, esta vez tanto como una técnica narrativa como un recurso para enganchar a sus fanáticos. Es así como a lo largo de cada recorrido del protagonista, se topa con personajes característicos del mangaka como versiones alternativas del Doctor Tenma de “Astro Boy”, Gohonmatsu Seki de “Swallowing the Earth”, el bigotudo Higeoyaji e incluso las versiones adultas de Astro y Uran homenajeando al propio profesor Ochanomizu, por nombrar unas pocas. El resultado da una sensación de último adiós hacia estos “intérpretes”, no por darles una resolución o final feliz a cada uno de ellos, sino en su implementación en un relato episódico en el que hace uso de sus estrellas más reconocidas. Aunque se trata de algo sumamente similar a lo que realizó con la serie del cirujano que aparece en este manga, en esta ocasión adquiere esta noción de despedida, quizás sin que el propio creador tenga la intención de hacerlo, al tratarse de un material realizado al final de su carrera.

A pesar de que comenzó su publicación en la segunda mitad de la década de los ochenta, Osamu Tezuka ya tenía preparado el concepto de Midnight desde hace algunos años. Aunque la idea original era un poco más estrafalaria, con un auto con poderes psíquicos, tuvo que esperar un par de años por dos motivos. El primero, para que no se pareciera demasiado al hit estadounidense “Knight Rider” con David Hasselhoff que logró bastante popularidad en Japón, y el segundo debido a una hepatitis aguda que sería la antesala al cáncer que terminó por matarlo. Ese tiempo de maridaje para el concepto, y de cercanía a la muerte, le permitió cranear un producto mucho más sólido en términos artísticos, sin la desmedida decantación por el artilugio del coche para resolver el problema.

Aún teniendo una trama central en el transcurso del relato, la cual avanza muy lentamente, la historieta se lee mejor de a unitarios y sin forzar un recorrido desenfrenado por sus páginas, lo que denota una maduración importante en su rol como narrador. Un teatro del manga donde el autor se digna a jugar con el conocimiento acumulado en años de trabajo desenfrenado, decepciones y triunfos. Es así como también se deslizan ciertas cuestiones autobiográficas, como un episodio basado en el complejo Tokiwa-sō que compartía con otros autores, pero sin que su ego entorpezca la narración. Esta serie resulta ser un hallazgo en la era crepuscular del manga no kamisama, donde se permite jugar con temáticas adultas sin despreciar o ningunear el humor y la estridencia que tanto lo caracterizó. Incluso en una época de madurez autoral pero con el espíritu aún joven para ver como rivales a futuras estrellas del medio como Katsuhiro Otomo y se forzaba a estar a su altura.

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