El invierno según Wazem y Aubin

Publicada originalmente como Sur la Neige en 2004 por Les Humanoïdes Associés y editada en inglés por la filial norteamericana Humanoids como Snow Day en 2017, la historieta cuenta la lucha de un sheriff al límite de sus capacidades enfrentándose a la corrupción en un pequeño pueblo norteamericano. Pierre Wazem y Antoine Aubin entregan su versión de este argumento clásico, haciendo un recuento donde lo importante son los detalles y los personajes en relación a su crudo entorno.

El pueblo ficticio de Fort Boseman, que por su nombre se puede suponer perteneciente al estado de Montana, comienza su rutina diaria. Abre el almacén, el diner y los autos, cuyos modelos se justifican como parte de un tiempo pasado, recorren breves distancias sobre la nieve. El manto blanco que cubre todo lo que toca le ofrece a las calles un aspecto indescriptible, como toneladas de un disfraz que no deja distinguir dónde estamos ni por qué. Solo una seña ofrece algo de detalle en las primeras páginas: una foto de Kennedy con el “1917-63” colgada en la comisaría, dando algo de contexto al tiempo en el que estamos y preparando al lector para cierto tipo de narrativa. Spencer es el sheriff asignado, un hombre de baja estatura, con lentes y un aspecto en general alejado de la representación clásica del héroe. No es ningún Gary Cooper, pero tendrá su propio High Noon cuando deba enfrentarse a toda una casta de criminales que reinan en el vecindario.

Wazem, tomando nota de todas las historias que influencian esta obra (en mayor parte westerns, rearmados con una identidad menos occidental y tocados por sensibilidades propias del autor), quizás haya tenido al Spencer Tracy -cuyo nombre también podría ser una referencia- de Bad Day At Black Rock (1955) como algo más cercano en tiempo y forma. El forastero mutilado y silencioso, que camina con el ritmo pausado del que sabe que llega, comparte cierta cadencia con el protagonista de Snow Day para manejarse en la vida. En el caso del sheriff, un vendaje cubre parte de su frente y una bandita atraviesa la parte superior de su nariz, heridas causadas por tres matones que encerró en el calabozo la noche anterior. Estos prisioneros, protegidos por el dueño de la fábrica para la que trabajan y por el propio alcalde, salen en libertad sin problemas y riéndose en la cara del único policía que no está metido en ese sistema de corrupción. A partir de ese momento, Spencer comienza una lucha de un solo hombre contra toda la estructura podrida de Fort Boseman.

Snow Day, más allá de que su sinopsis y elementos básicos indiquen el camino a una historia llena de acción (que hay, pero poco tiene que ver con tiros y peleas de alto voltaje), se centra en los momentos íntimos de los personajes. La sucesión de viñetas que detallan paso a paso las acciones, recurso que Aubin utiliza con genialidad en más de una ocasión, cuentan minuciosamente cada segundo que pasa en la historia. La historieta se desarrolla prácticamente en tiempo real a lo largo de un día, ubicada en un lugar cuyos habitantes se rinden ante la costumbre; donde un hombre, metódico y con un eje moral marcado, protagoniza lo que podría ser la peor jornada de su vida. Y si de profesiones y métodos se trata, Wazem y Aubin hacen lo posible para que cada pequeño instante de las labores y rutinas de las profesiones de Boseman sea relatado.

El guionista, también un artista integral, usa los silencios en las viñetas para generar páginas llenas de movimientos internos y expresiones adustas. Los gestos y las líneas de diálogo, que aparecen con seguridad cada vez que son llamadas a la acción, hablan de un trabajo de escritura hecho con sumo cuidado, sabiendo que cada parlamento necesita de una precisión total para no romper el esquema.

Aubin trabaja sobre este universo de lo implícito con otro enfoque: a veces llevando el “show, don’t tell” al extremo -los mencionados montajes de páginas silentes- y otras resolviendo en dos cuadros lo que en otras obras comería un par de hojas. No tiene el tipo de despliegue visual que puede apreciarse en sus Blake y Mortimer, pero sí una visión de total y absoluto control sobre lo que quiere contar. Los exteriores, blancos y eternos, son cortados únicamente por un par de detalles que completan el paisaje. Además del rigor con los que selecciona árboles, viviendas y edificios (marcando también la diferencia entre el sector fabril y el barrio de casas bajas), el dibujante juega con recursos que incluyen cambiar de estilo para contar un recuerdo borroso, llenar los interiores con líneas cruzadas y pintar con fondos negros dentro de la fábrica en la que sucede uno de los enfrentamientos finales.

El artista no intenta reinventar nada y muchas de las páginas están compuestas por seis robustas viñetas sin demasiadas florituras, haciéndole el juego perfecto al escritor en su búsqueda de lo simple. Volviendo a sus obras posteriores, se podría contrastar este trabajo con las intrincadas puestas de La Onda Septimus y aún así comprender que pertenecen a la misma persona por el estilo de encuadre dentro del panel. En Snow Day, más allá de percibirse la estructura de Wazem como guionista (cuyo sistema también puede verse replicado en ciertos tramos Koma, dibujados por el brillante Frederik Peeters), hay un sentido estético muy marcado y genuino que merece ser notado.

Como en cualquier historia que hable de un sitio o un clima específico, resultaría difícil no mencionar al entorno como un personaje más. Pero el invierno de Snow Day es solo una atmósfera inescapable que no comprende de corrupción, sistemas o seres humanos en general. Cada vez que Spencer se sube a su barredora para despejar los caminos llenos de nieve, comprende que no hay mucho que hacer ante eso. Cuando cruza miradas con un venado que lo observa desde la carretera -una página que puede tener tantas interpretaciones como lectores dispuestos a hacerlas-, el sheriff se siente extrañamente identificado con el animal, casi entendiendo que ninguno de los dos tiene un manejo real de lo que los rodea. Sobre el final, cuando ese mundo de dos cuadras y un par de amigos se levanta para hacerle frente a los villanos, la dupla autoral vuelve a armarse de pequeños gestos para resolver la historia de la manera más cálida posible. Una resolución que, fiel a lo que la precede, no pega demasiadas vueltas y se encarga de cortar el frío invierno en la vida de Spencer, aunque sea por unos minutos.

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