La adultez según Osamu Tezuka (Final)

Llega a su final esta extensa nota colaborativa dedicada a un período en particular del mítico Osamu Tezuka. Un lapso temporal donde vimos a uno de los historietistas más importantes del Siglo XX cambiar de pieles tanto a niveles narrativos como artísticos, dejando atrás ciertos conceptos shōnen que él mismo ayudó a fundar para generar obras tan elevadas como complejas, y que le hablaban a un público nuevo, completamente distinto. En el medio, también vimos a un artista sufrir por su obra a niveles insospechados, un dolor reflejado en las pilas y pilas de páginas dibujadas y que, en cierta manera, empujaron al Dios del manga hacia su trágico final.

En medio de ese período hiper fructífero que fue el inicio de la década del ’70, donde el maestro serializó muchas de sus obras hoy conocidas, se dio el gusto de participar en el semanario Weekly Shōnen Jump con historias unitarias de ciencia ficción. Fueron 18 relatos cortos (exceptuando tres, The Muse and Don , Mimigarasu y One Hundred Stories, que duraron tres y cuatro capítulos respectivamente) publicadas mensualmente, bajo el reciclado título Lion Books. En los albores del manga, Osamu Tezuka ya había hecho otras historias cortas bajo el mismo título también para Shueisha, que en 1971 le pidió al manga no kamisama que reviva dicha colección de historias que apuntaban lisa y llanamente a la ciencia ficción, un género en el que vimos con anterioridad como se movía con total ductilidad. La más destacadas de estas historias es la primera que abre esta nueva colección, publicada el 22 de marzo del 71: Adachi Ga Hara.

Tezuka plantea una curiosidad, y es contar una historia de terror sobrenatural en medio del espacio, aunque la primera se termina desdibujando a medida que avanza la aventura. Yukei llega a un planeta desolado con la misión de matar a una bruja escondida en dichos terrenos desconocidos. Tras un combate, la bruja le pide a Yukei que, antes de matarla, le cuente de dónde viene. Ahí, el mangaka aprovecha para llevarnos por medio de un flashback a otro tipo de historias, una más política, sobre dictaduras y compromiso con los ideales, todo en poco más de 50 páginas y dentro de un marco retro-futurista.

Nuevamente figuran los tópicos que más veces hemos nombrado en este apartado, pero lo curioso es cómo el artista acompaña estas sensaciones con el relato. Hay una historia de amor en medio de un contexto revolucionario, que queda interrumpida por un castigo particular, que es mandar a los insurrectos a un lugar donde no hay leyes ni dictaduras, eso por lo que tanto pelean: el espacio, un lugar tan solitario como alienante, dentro de una nave donde dormirían un sueño casi eterno. De golpe, estos castigados regresan a un país donde sus ideales triunfaron, pero es tanto el impacto del volver que no se dan cuenta que su modelo de revolución, al tomar el poder, se convirtió en una fuerza represiva similar a la que combatían. De golpe Yukei, que vuelve a la Tierra 60 años después de su exilio, se convierte en un asesino a sueldo para el gobierno.

Una historia angustiante y solitaria, demoledor reflejo de los sentimientos del querido Tezuka que para este momento estaba completamente abocado en su período “Seinen”, con historias más oscuras que ésta. Sin embargo, por ser un shōnen no es menos sino también es una muestra de lo que el maestro siempre fue capaz de hacer. Hablamos en su momento de Vampires, una obra publicada cinco años antes que mostraba un puente perfecto entre un “pasado” inocente y un “futuro” oscuro, algunas de las historias que conforman el Lion Books también actúan de la misma manera, incluso observando que el dibujo caricaturesco, esa clara influencia del dibujo animado sigue ahí, incluso dentro de una obra tensa que habla de dictaduras. De golpe, en pleno combate, a la bruja la nariz se le convierte en la de un chancho, cosas que dentro del contexto parecen estar de más, pero es (o era) el clásico gesto que nos indica que estamos leyendo al Dios del manga, y que no tenía reparos en dejar atrás sus dibujos más estilizados (para dar un ejemplo, Alabaster al momento de salir esta historia se seguía serializando), para volver unas cuantas veces, al estilo con que lo vimos llegar y poner la piedra iniciática de la historieta en Japón.

Acá termina este repaso no definitivo pero aún así necesario de un momento en la vida de un artista. Por fuera del manga ya, es notorio cuando aquellos dibujantes y/o guionistas que transitan diversas eras, se sienten estimulados por un entorno cambiante, y dicho cambio se aplica en su manera de pensar y trabajar sus obras. Algunos motivados por cuestiones sociopolíticas, otros simplemente porque descubrieron nuevas y foráneas maneras de hacer historieta, y otros simplemente escucharon a su corazón e hicieron lo que éste les demandó. Osamu Tezuka, probablemente, haya transitado por estas tres variantes a lo largo de sus últimas dos décadas de producción, probablemente las más salvajes que se hayan visto en todo el mundo. ¿Por qué creen, sino, que le dicen el Dios del manga? Larga vida al manga no kamisama.

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